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El premio y la feria

¿Qué quiere decir que una misma editorial tenga entre los finalistas de la más reciente edición del Premio Nacional de Novela cuatro títulos de cinco? ¿Qué quiere decir que entre los cinco títulos se hayan incluido dos libros del mismo autor, uno de ficción y otro de no ficción?

2014/05/23

Por Revista Arcadia

¿Qué quiere decir que una misma editorial tenga entre los finalistas de la más reciente edición del Premio Nacional de Novela cuatro títulos de cinco? ¿Qué quiere decir que entre los cinco títulos se hayan incluido dos libros del mismo autor, uno de ficción y otro de no ficción? La historia es la siguiente.

Una idea, bastante interesante por cierto, rondaba hacía tiempos al Ministerio de Cultura: ante la evidente avalancha de manuscritos que se presentaban al Premio Nacional de Novela –cuya calidad no era la deseada– se optó por hacer una criba en donde pudiera premiarse la calidad antes que la urgencia. Por ello, se decidió que en esta nueva versión del premio concursaran libros publicados en los dos últimos años, lo cual era un reconocimiento no solo a los autores sino a los editores que habían apostado por nuevos y viejos nombres. Hasta ahí todo estaba bien. No obstante, la selección presentaba un problema mayúsculo: ¿quién o quiénes podían conocer la producción literaria colombiana de una manera metódica al punto de dar un panorama cierto de lo publicado incluyendo a editoriales grandes, medianas, pequeñas, universitarias, de provincia, y un largo etcétera? La decisión fue algo salomónica –y no en un sentido positivo– y se lanzó, desde la Dirección del Libro del Ministerio, un correo a cincuenta profesionales de la industria del libro –editores, críticos, gestores culturales– para que en una suerte de bingo propusieran nombres y argumentos para llegar a un número de novelas que luego serían seleccionadas por un jurado final compuesto por cinco personas reconocidas, apreciadas e inteligentes, como lo son la crítica literaria Margarita Valencia, el editor Conrado Zuluaga, el poeta Elkin Obregón, y los escritores Marco Schwartz y Martín Kohan. Digamos que allí estuvo el primer escollo: ¿por qué no se le pidió a las editoriales –con ciertas reglas de juego– que postularan ellas mismas uno o dos títulos cada una y así componer, si se quiere, una selección menos arbitraria? El jurado recibió lo que a bien tuvieron mandar personas de buena voluntad, pero que, precisamente, no eran editores, uno de los filtros responsables de que se publiquen los libros en Colombia. Si el premio es a novela publicada, los editores debieron tener alguna responsabilidad en la selección.

El segundo asunto, algo espinoso, vino cuando se conoció el veredicto del jurado. Cuatro libros de la casa Alfaguara y uno de Tusquets: Temporal, La carroza de Bolívar, El incendio de abril, Casablanca la bella y El cuervo blanco. Cuatro autores reconocidos y de probada calidad: Tomás González, Evelio Rosero, Miguel Torres y Fernando Vallejo. Cada quien tendrá su juicio y mirada sobre la virtud de los libros presentados y eso, nos parece, no está en discusión. Sin lugar a dudas, desde nuestra mirada, ninguno de los títulos representa lo mejor de los autores en cuestión, pero, insistimos, ese es otro problema. Lo que sí resultó algo extraño fue que se incluyera, en la decisión final, El cuervo blanco, una biografía de Rufino José Cuervo que, bajo el pretexto de una prosa literaria, fue puesta allí como novela. La discusión sobre los géneros tiene tanto de largo como de ancho. No pretendemos sentar una verdad sobre lo que es y no es una novela hoy. Pero quedan muchas preguntas en el aire. Y muchas omisiones. Al final alguien puede alzar los hombros para responder que Alfaguara –que no tiene ninguna responsabilidad en la elección– es la única casa editorial del país que está publicando cosas que valen la pena. O esa es la estela de duda que queda en el ambiente. En junio se conocerá al ganador del premio pero sería aconsejable que en ediciones futuras las cosas se hicieran con tiempo.

*

Acaba de terminar la vigésimo séptima versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá y una vez más habría que aplaudir el trabajo decidido de la Cámara Colombiana del Libro que, desde hace cinco ediciones, ha logrado hacer plausible algo que echábamos de menos los lectores desde hace tiempo: la presencia inequívoca de escritores de diversos países que nos dieran ideas de quiénes somos, cómo nos ve el mundo y cuál es la realidad de sus lugares de procedencia. Eso, más el compromiso del país invitado de honor, Perú, que asumió, a su manera, una presencia que será recordada por sus contenidos y su –algo oscuro– pabellón.

Varios lunares, sin embargo, siguen empañando el conjunto de la Feria. El primero de ellos es la evidente falta de preparación del recinto: aunque estamos seguros de que no hay mala voluntad, Corferias debe asumir que la FILBo ya superó cualquier expectativa y debe estar dispuesta, año tras año, para recibir las casi quinientas mil personas que la visitaron en el 2014. Un plan de movilidad, una campaña para que la gente use corredores peatonales, la puesta en marcha de una campaña que desmotive el uso del carro, o la propuesta de usar parqueaderos en zonas de menos impacto son, sin duda, urgentes. Una remozada general a los salones, al pavimento mismo que se inunda, a las instalaciones, no estaría nada mal. Una conciencia mayor de quién es su público y cuáles alternativas puede ofrecerle para su esparcimiento –más cafés, más lugares de descanso en los pabellones, etc.– son ya transcendentales.

El otro reto que se le impone a la Feria es su verdadera internacionalización: el trabajo está hecho con agentes, scouts, escritores nacionales e internacionales, editores y el conjunto de una industria que nos mira con seriedad. Sin embargo, la oferta editorial internacional es pobrísima. Es necesario que editoriales extranjeras, embajadas, institutos, entre otros, se sumen a la Feria para que su internacionalización sea real. Y el tercer lunar es quizá cierta desorganización de criterio en los pabellones mismos. Aunque hay espacio para universidades, las editoriales comerciales parecen copar todos los espacios de entrada en los principales pabellones y el mapa de la feria es muy desigual.

La Feria está donde muchos queríamos que estuviera, pero las buenas cosas siempre hay que mejorarlas. Felicitaciones.

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