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Portada Arcadia No. 82

Editorial No. 82

El colombiano se compromete maniacamente pero cumple depresivamente.

Por: Revista Arcadia.

Publicado el: 2012-07-19

Muchos respetados columnistas de prensa han pedido al medio de comunicación para el que escriben que inhabilite los comentarios de los lectores debido a la cantidad de insultos y notas ofensivas que reciben. Y es cierto que hay una singular virulencia y una agresividad muy primitiva en la mayoría de los comentarios de lectores, amparados en un desagradable anonimato. Se ha hablado muchísimo al respecto, desde hace ya años, y no son pocos los columnistas que le han dedicado al tema, agraviados y dolidos, sus columnas.

De lo que casi no se habla es de la contracara de esta curiosa subcultura nacional del vituperio enmascarado que ha encontrado tierra fértil en Internet. Y la contracara no es otra que nuestra desmesurada propensión al elogio. A darlos y recibirlos.

En pocos países se elogia tanto y con tanta facilidad como en Colombia. En pocos países se dedican tantos emotivos ditirambos, tantas loas y piropos. En pocos se utilizan con tanta frecuencia los hiperbólicos tratamientos de “Maestro”, “Doctor”, “Honorable”, “Profesor”...

Pero de eso no se queja nadie nunca. Damos las gracias solo por educación, porque en el fondo estamos absolutamente convencidos de que lo merecemos. Es más, nunca un elogio nos parece lo suficientemente justo, nunca lo suficientemente exacto. Siempre es demasiado tibio, siempre se queda corto. Nunca nadie pone en duda la verdad de un elogio. Por eso son tan efectivos.

A primera vista, la conclusión de semejante gusto por el elogio podría ser la de un ego colectivo bien puesto. Seguro. Fuerte. Y eso parece bueno. Pero, consultado sobre este tema, un psiquiatra alemán que lleva años viviendo en Colombia asegura que esa propensión tan atípica al elogio tiene que ver con una profunda sensación de minusvalía. Se elogia cortesanamente para ganarse el favor del rey. Se elogia porque se quiere ser elogiado. Se elogia porque en Colombia se privilegia el gesto sobre la acción. Y no solo se privilegia, sino que gesto y acción parecen no ser ni siquiera parientes cercanos. La acción no sigue al gesto sino que lo contradice.

Cuando exponen algunos aritstas de más alcurnia que importancia, son tan abrumadoramente elogiados que quedan convencidos de que son geniales. Y eso mismo les pasa a muchas personas ricas o poderosas que llegan al país. Les encanta Colombia porque aquí su ego florece más que un rosal sabanero. El marqués de la Cadena, excónsul de España, nunca se sentirá en otro país tan feliz como lo fue en Colombia. Los presidentes de bancos españoles encuentran sus muy cuidadas fotografías publicadas a doble página en las revistas, practicando su deporte favorito. Eso no les pasa en sus países. Pero aquí somos elogiadores profesionales del poder.

Dentro del país, la sociedad se divide en guetos cerradísimos. Los militares no salen de su burbuja militar. Porque afuera de sus guetos nadie les rinde la pleitesía que les rinden sus soldados. Se refugian en la ilusión de importancia que les otorga el elogio de su diminuto gueto. Pero lo mismo pasa con los artistas, con los escritores, con los periodistas. Si se sale del gueto, la gente no sabe quién es uno. Y no se satisface la enorme necesidad de reconocimiento que tenemos. Muchos dirán que la pasión por el elogio que profesamos es parte de la condición humana, del amor propio en el que se sustenta una personalidad sana. Pero no. Son muchas las sociedades que son más cautelosas y púdicas con los elogios. Las hay, incluso, en las que es visto con incómoda sospecha. Y en el otro extremo (igual de mentiroso, pero ellos sí lo saben) del espectro, en algunos países orientales es de buena educación denigrar públicamente de la gente cercana: “Les presento a mi fea esposa y a mi necia hija”, decía un académico japonés a sus colegas occidentales en una universidad a la que acababa de llegar.

Hace poco, un editor español retiró sus libros del mercado colombiano porque pensó que su distribuidor lo estaba engañando. Mientras que los libreros le decían vía correo electrónico que sus libros eran magníficos (lo que es cierto) y agregaban, a manera de elogio, que se estaban vendiendo estupendamente (porque ese día habían vendido uno), el distribuidor le liquidaba la venta de una cifra insignificante de ejemplares. El español no sabía que en Colombia el gusto por el gesto y la hipérbole (decir que se están vendiendo muy bien) tiene tan poco que ver con la acción (que se vendan bien). El editor acabó acusando de ladrón al distribuidor (un hombre serio) y amenazó con demandarlo.

El psiquiatra alemán lo dice de otra manera: “El colombiano se compromete maniacamente pero cumple depresivamente”. El gesto fascina tanto que la acción se considera un inconveniente menor.