Manifestacion del 10 de Agosto 2016 en contra de las supuestas cartillas de educación sexual. Crédito: Esteban Vega La-Rotta / SEMANA.

¿País homófobo?

En Colombia los temas alusivos a las mujeres y a los derechos de la comunidad LGBTI parecen condenados a ocupar espacios marginales dentro de la discusión pública, impidiendo el avance real de un país que, en este momento, necesita salidas con más imaginación que apelen a la inclusión.

2016/10/26

Por Revista Arcadia

Los argumentos mendaces de la mayoría de los políticos y líderes partidarios del no sobre el acuerdo de La Habana han puesto en evidencia la homofobia y la beligerancia en contra del enfoque de género en Colombia. Como lo ha dicho el abogado Rodrigo Uprimny: “El costo de lograr un consenso nacional sobre la paz no puede ser silenciar y perpetuar la discriminación contra mujeres y población LGBTI”. Y lo ha aclarado, en una columna que es un llamado a la razón, el propio jefe de la delegación de negociadores de La Habana, Humberto de la Calle, citando la página 10 del acuerdo: “Igualdad y enfoque de género: reconocimiento de las mujeres como ciudadanas autónomas, sujetos de derecho que, independientemente de su estado civil, relación familiar o comunitaria, tienen acceso en condiciones de igualdad con respecto a los hombres a la propiedad de la tierra y proyectos productivos, opciones de financiamiento, infraestructura, servicios técnicos y formación, entre otros; atendiendo las condiciones sociales e institucionales que han impedido a las mujeres acceder a activos productivos y bienes públicos y sociales. Este reconocimiento implica la adopción de medidas... teniendo en cuenta las necesidades específicas y condiciones diferenciales de las mujeres, de acuerdo con su ciclo vital, afectaciones y necesidades”.

Uno se pregunta qué hay en el acuerdo que atente contra la idea de familia que tienen algunos colombianos, la punta de lanza de los casi dos millones de cristianos, y del exprocurador Alejandro Ordóñez, quienes amparados en una pseudoteoría llamada ideología de género —citada repetidamente por Ordóñez en declaraciones públicas: “la ideología de género” está encriptada en los acuerdos y [esta] pretende redefinir los valores de familia y el concepto mismo de esta, por lo que el gobierno debe revisar muy bien los conceptos que ha utilizado en el documento”— abogan por purgar lo acordado en La Habana a siquiera mencionar a poblaciones marginadas históricamente en Colombia que han vivido, como lo dice el mismo De la Calle, en un gueto cultural, en menoscabo de los derechos fundamentales de toda persona.

Ocurre que en Colombia los temas alusivos a las mujeres y a los derechos de la comunidad LGBTI parecen condenados a ocupar espacios marginales dentro de la discusión pública, impidiendo el avance real de un país que, en este momento, necesita salidas con más imaginación que apelen a la inclusión, a la protección de las víctimas, y no a seguir alentando los prejuicios que se sumen tras el velo de todos los miedos que hemos cargado durante siglos.

Las mentiras que se han repetido con incansable tozudez han alcanzado a millones de colombianos. Lo preocupante es que, como lo asegura el informe Afectaciones y violencias a la población LGBTI, de la organización Colombia Diversa, en el marco del conflicto la tolerancia y el respeto por la diferencia son inexistentes tanto en las ciudades como en las zonas de conflicto. Allí han sido desplazadas por grupos armados y bandas criminales miles de mujeres y personas LGBTI, que han sido amenazadas o asesinadas. El mismo informe muestra cómo los prejuicios lanzados por una clase dirigente dispuesta a defender solo sus propias convicciones se convierten en un arma de legitimación para que, desde las instituciones mismas del Estado, miles de funcionarios se sientan con el derecho de revictimizar a estas comunidades, demorando los trámites o no aplicando la atención con un enfoque diferencial, como se consagra en la Ley de Víctimas, hoy vigente.

Si el “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” excluye a esta comunidad, y a las mujeres que han padecido el conflicto como víctimas merecedoras de protección, estaremos nuevamente abocados a vivir en un permanente estado de discriminación, muertes violentas, suicidios, en fin, a un escenario más “apocalíptico” de lo que creemos y del que estaríamos dispuestos a aceptar como sociedad. Colombia no les puede dar la espalda a quienes deberían ser hoy más reconocidos que nunca.

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Arcadia le da un hasta luego a su columnista de arte, Lucas Ospina, quien decidió tomarse un espacio para dedicarse a sus obras y a su trabajo como docente. Ospina escribió en estas páginas durante seis años y le damos las gracias por hacer parte de esta historia. Le damos la bienvenida a nuestro nuevo columnista, Mario Jursich.

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