La amenazada

Una vez más aparece una señal de alarma entre nosotros. Si hace ocho años fue la hjck,y hace cuatro lo fue la revista Número, hoy, la amenazada —para usar la imagen de un porno reality— es El Malpensante.

2014/07/24

Por Revista Arcadia

Las revistas culturales en Colombia han dependido de aventuras personales antes que de apoyos públicos que entiendan el valor de poner a circular el pensamiento. Aunque es fácil criticar por todo al Estado, y echarles la culpa a los privados de las propias desgracias, una vez más se pone de presente que la palabra “existir” para una publicación cultural es una antinomia. La paradoja consiste en creerla necesaria pero considerar que debe ser tan competitiva como si se tratara de una mercancía. Y eso es imposible por decenas de razones, entre ellas que el arte, la literatura, el cine o el teatro no son productos de consumo con fecha de perecimiento sino, al contrario, un sustrato esencial que, a lo largo del tiempo, construye la mentalidad de una sociedad. Si uno quisiera explicar el rendimiento de un medio cultural, tendría que hacerlo a largo plazo o en perspectiva: mirar hacia atrás y comprender que ha sido gracias a ellos que hemos tenido la posibilidad de clasificar, valorar, conocer y ensanchar nuestros gustos o disgustos.

Una vez más aparece una señal de alarma entre nosotros. Si hace ocho años fue la hjck, la emisora más importante en la Colombia de la segunda década del siglo xx, la que cerró a causa de la mercantilización total de las frecuencias radiales en nuestro país; hace cuatro lo fue la revista Número, una publicación sostenida a pulso por dos de sus fundadores, Ana Cristina Mejía y Guillermo González, hoy, la amenazada —para usar la imagen de un porno reality— es El Malpensante. La revista atraviesa una crisis que no puede alegrar a nadie: cansados de tocar puertas y de recibir por toda respuesta un mohín de desprecio por la cultura —no en todos los casos, pero sí en la mayoría—, el grupo se lanzó a buscar el apoyo en los lectores, sustento moral de una publicación que ha sido clave en la construcción de pensamiento en las últimas dos décadas.

El aviso no puede más que poner en juego la función que tiene y ha tenido el periodismo cultural entre nosotros. Con matices, diferencias, enfoques distintos y lo que se quiera, revistas como Número; el Magazín Dominical de El Espectador, cerrado a mediados de los años noventa; Gaceta, seria publicación de Colcultura de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa; Eco, revista surgida en los años sesenta; Mito, quizá la madre de todas las anteriores, creada en 1955 por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel, han sido creadoras e impulsoras de ideas que han construido, también, este país.

Colombia no sería la misma sin las denuncias de Mito, que introdujo el periodismo narrativo con crónicas terribles sobre la situación del agro colombiano; o sin dos de las más notables obras de Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, publicadas por primera vez allí; o sin las traducciones y la mirada de Nicolás Suescún y los ensayos lúcidos de Juan Gustavo Cobo Borda, en Eco; o sin el examen sociocultural de Número que miró de cerca los debates nacionales —legalización de drogas, violencia urbana— o sin la mirada ensayística y más anglosajona del propio Malpensante. Y no lo sería porque la buena salud de un país se mide en sus publicaciones culturales, en la capacidad de ejercer el oficio de la crítica y la escritura para decir y entender la realidad.

Nos enfrentamos de nuevo a la crudeza de aquel eslogan brillante de la hjck que hizo época: el periodismo cultural hace parte de la inmensa minoría. No habría que esperar, entonces, que ante los anuncios y la alarma que ha lanzado Andrés Hoyos, su fundador, y el equipo de la revista, sea demasiado tarde, como siempre, para pronunciarnos.

El espectro cultural colombiano es minúsculo e insuficiente para que quienes trabajamos día a día informando, escribiendo, creando o divulgando la cultura sigamos pensando en los valores propios antes que en los colectivos. A un país le hace bien y lo moderniza que existan revistas de diversos talantes, que se discuta y se ventilen puntos de vista a través de ellos, que se publiquen ideas del mundo que rebasen la actualidad política o judicial. Hay que entender que la controversia y la diferencia son sanas, y que lo peor para el periodismo y la producción cultural es el unanimismo. Ojalá quienes tienen el poder para apoyar empresas de este calibre se decidan pensando en que una apuesta por un medio cultural es una apuesta a largo plazo: no da ganancias inmediatas, pero seguro siembra ideas que serán fundamentales para el futuro de un país.

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