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Otras pantallas

Durante casi dos décadas, Colombia ha podido ver el crecimiento exponencial de sus producciones cinematográficas.

2015/03/27

Durante casi dos décadas, Colombia ha podido ver el crecimiento exponencial de sus producciones cinematográficas. A partir de 2003, cuando se expidió la Ley del Cine, se han producido, mal contadas, unas 150 películas (hasta 2014). En la era de Focine (1978-1990), se hicieron 45. Es evidente que la inversión y la apuesta decidida del Estado, a través del Fondo de Desarrollo Cinematográfico (fdc), ha sido fundamental para que en nuestro país se hagan más películas aunque la discusión sobre la calidad está por verse.

Este año se entregaron estímulos por 330 millones de pesos a 18 festivales –lo que no es mucho, pero es algo– como Vartex, una muestra de cine experimental o el V Festival de Cine de los Montes de María. En total, el fdc entregará este año 11.190 millones de pesos: 4.330 para ficción –escritura de guion, producción y posproducción de largometrajes–; 1.100 para documental, divididos entre escritura de corto, largometraje y festivales dedicados al género; 1.660 para animación; dos estímulos por 1.900 millones de pesos para la producción y promoción de dos largometrajes, y 300 millones de pesos más para un componente llamado “formación”.

En la pasada edición del Festival de Cine de Cartagena, esta revista, en alianza con la Cámara de Comercio de Bogotá y el Bogotá Audiovisual Market (bam) realizó un debate llamado “Cinco retos y cinco oportunidades de la distribución alternativa de cine” en el que participaron Cuauthémoc Cárdenas, director del Festival de Cine de Morelia; Pere Roca, director del máster de gestión audiovisual del Media Bussiness School de Barcelona; Diego Ramírez, socio y productor colombiano de 64-A films, y Ricardo Giraldo, director de Cinema 23, una plataforma que pretende crear una red de trabajadores del cine en América Latina y España a través de estrategias como los Cuadernos de Cine, una publicación monográfica de carácter bimestral, y los premios Fénix, que se celebraron en México el año pasado.

La pregunta que impulsaba dicho debate no era la cantidad de películas que se producen en Colombia, sino dónde se iban a ver. Este año, según cifras de Proimágenes, se estrenarán 64 películas entre documentales y ficciones. ¿Dónde se verán? ¿Quién las verá? Si nos atenemos a las cifras, el año pasado las salas de cine tuvieron una asistencia de 46 millones de personas. De estas, solo el 5 % fueron a ver películas colombianas (unos 2,2 millones de espectadores). Y si se hacen cuentas alegres, ignorando por supuesto que los milagros existen, este 2015 arrancó con la cifra récord de asistencia a una película colombiana, por Uno al año no hace daño, de Dago García, que alcanzó, en apenas un mes y medio, 1,5 millones de espectadores. Quedan, siendo optimistas, pocos espectadores para muchas películas.

Lo que apareció en el debate, más allá de discutir con las salas comerciales de cine –que en palabras de Cárdenas son un negocio, y se comportan como tal– fueron algunas ideas que quizás nos ayuden a darnos cuenta de que la manera de ver cine cambió, y que las únicas opciones no son las salas:

Responsabilidad: Es importante que todos los agentes que participan en la cadena se pregunten no solo por el contenido de su historia, sino dónde podrá exhibirse. Es significativo inquirir cuál es el número de productos que un mercado puede digerir. En México se estrenaron el año pasado unas cien películas: el 99% de la taquilla se la llevaron solo dos.

Educación:
Es fundamental que comencemos a preguntarnos, como sociedad, si no le hemos dado un lugar de segunda al cine. ¿Se ve cine en los colegios? ¿Se promueve la educación a través de la imagen? ¿Hay ideas para hacer, por ejemplo, un Plan Nacional de Exhibición de Cine que llegue con buenas ideas como las maletas del cine colombiano a casas de cultura, bibliotecas, etcétera?

Mirada:
Deben existir productos minoritarios. No importa que haya películas de 27.000 espectadores –cifra que consiguió Todos tus muertos, de Carlos Moreno– si la película fue pensada así. Pero las esperanzas deben ser equivalentes a la audiencia a la que se dirige.

Formación:
Deben invertirse más recursos en promover festivales, espacios alternativos de exhibición, publicaciones y debates públicos en los cuales la agenda no solo la ocupe el entretenimiento sino la reflexión sobre el cine que se está haciendo.

Mercado: Ruedas de negocios como el bam son fundamentales para confrontar al mercado nacional con miradas internacionales. No somos el ombligo del mundo. Hay que diversificar los mercados: desde las pantallas de los aviones hasta los festivales, pasando por la televisión.

Aunque generales, estas cinco conclusiones sirvieron para insistir en que una industria como el cine en nuestro país tiene muchas más posibilidades. No se trata solo de pensar, casi con obstinación, en las salas comerciales. Quizás haya que reenfocar la mirada para comprender que pueden hacerse otro tipo de películas, para otro tipo de públicos, que sin ser medidas solo por espectadores pueden encontrar su lugar. El mundo cambió: el cable está ahí; los canales públicos como Señal Colombia ganan premios; la televisión pública debe ser un exhibidor de gran potencial; internet existe. El cine cambió. Quizás es hora de que las reflexiones sobre el séptimo arte también cambien.

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