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La noche del Museo

Hace un año, para todo el mundo era una noticia confirmada que el Museo Nacional de Colombia se quedaría sin directora al terminar el 2014, pues María Victoria de Robayo cumpliría 65 años, la edad de retiro forzoso para los funcionarios públicos.

2015/05/22

Hace un año, para todo el mundo era una noticia confirmada que el Museo Nacional de Colombia se quedaría sin directora al terminar el 2014, pues María Victoria de Robayo cumpliría 65 años, la edad de retiro forzoso para los funcionarios públicos. En ese momento, mucho se especuló sobre la suerte del Museo Nacional, acaso uno de los patrimonios más relevantes con los que cuenta el país, no solo por el significado de la que fue la prisión del Panóptico, que albergó cerca de 5.000 presos durante la Guerra de los Mil Días, sino por las colecciones y objetos que allí se encuentran desde que, en 1948, se inauguró allí el más grande centro cultural de la época.

Digamos que era la crónica de una vacante anunciada y por ello no deja de sorprender que hoy, pasados cinco meses del año –este editorial se escribe el 15 de mayo– el museo esté, literalmente, a la deriva. Aunque no se puede desconocer la voluntad de Ana María Cortés, directora encargada, es doloroso para el país que desde el Ministerio de Cultura ocurra –como pasó durante un año con el Instituto Caro y Cuervo– que una de sus instituciones más prestigiosas se encuentre sin quien la represente y no pueda decidir, de manera autónoma y con criterio, cuál será el rumbo de un museo que, para no ir muy atrás, comenzó el siglo xxi de la mano de Elvira Cuervo de Jaramillo, con un ambicioso plan que lo internacionalizó y lo puso en la cabeza de los colombianos.

Quienes conocen el museo dicen que se encuentra supeditado a la centralidad del ministerio y que perdió, desde hace tiempo, su autonomía conceptual. Dos de las curadurías –arte e historia– están en manos de personas capaces, pero una de ellas, Julián Serna, se irá pronto del cargo. Las preguntas que rondan a la institución son muchas. Y las respuestas, pocas. Si uno hiciera un recorrido de adentro hacia afuera, iría encontrando lo siguiente:

1. Para empezar, habría que preguntarse por qué no se ha podido ampliar el museo. Hay quien dice que debe abandonarse el capricho de adquirir o pujar por el lote ocupado por el Colegio Mayor de Cundinamarca. El museo debe descentralizarse. Bogotá tiene 20 localidades y sería pertinente pensar cómo integrarlo a la ciudad. Otros sostienen que la ampliación es posible en lotes cercanos. El tema lleva 15 años sin resolverse por líos legales, pero debería haber un plan para un museo que tiene centenas de objetos, y libros, guardados en bodegas.

2. Sobre la nueva sala Memoria y Nación, unos dicen que tiene muchas virtudes, pero se quedó como un prólogo de un museo que no existe. Quien vaya, además, se hará preguntas de fondo, como dónde están representados los gais, por solo nombrar una de las minorías pasadas por alto en la curaduría.

3. ¿Cuándo, entonces, se inaugurarán las nuevas salas? Después de una consulta, Arcadia pudo comprobar que el cronograma está atrasado. Si este año se inaugurá la segunda sala serán necesarios 17 años más, para las restantes, a razón de una por año.

4. El museo sufre de un exceso de lo políticamente correcto. Las exposiciones de los últimos años han sido algo sin sabor. Otras han cumplido el guion de “la política cultural” pero, en general, quien vaya un domingo al museo se encontrará con un cascarón algo triste, desangelado, que no invita a entrar. Uno sí extraña los días en que los pendones de Picasso, los Guerreros de Terracota o la misma colección Rau –que se exhibió en el Banco de la República– colgaban de las paredes y algo se remecía. Igualmente, el museo llevó a cabo numerosas curadurías sobre arte colombiano que lo pusieron en el centro de la discusión histórica, biográfica y artística, con investigaciones impulsadas por la propia institución. Incluso, hace unos cinco años, en medio de la discusión sobre la manera de celebrar el Bicentenario, se podía palpar la energía de un museo que se ponía públicamente en debate.

5. Muchos coinciden en que el museo está profundamente desconectado del país. Aunque durante años alcanzó cierta modernidad, no se están preguntando en el ministerio a quién está interpelando ese lugar.

6. Han pasado 15 años desde el último gran plan estratégico para el museo. En términos de programación hay que pensarlo todo de nuevo de acuerdo con los tiempos que corren.

7. El museo no tiene un buen centro de documentación. ¿Habrá espacio para consignar la memoria de lo que ha sido el proyecto de nación? ¿Habrá espacio para recibir donaciones? ¿Habrá espacio para generar un centro de documentación artística acorde con las exigencias de la investigación histórica y crítica en arte?

8. Otra de las críticas es la desconexión de la institución con el mundo contemporáneo, que no es otra cosa que interpelar la realidad para construir con ella un nuevo proyecto de museo, como se hizo a comienzos del siglo xxi incorporando objetos y discursos que se debatieron públicamente.

9. Las salas, las instalaciones y hasta las fichas técnicas están en franca desactualización.

10. Y, finalmente, si se cierra el museo, ¿a alguien le dolería? Al parecer no. ¿Es justo que el museo no tenga quién lo dirija y defienda?

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