En portada: Alice Munro

La nueva colombianización

"así como a Roma le importaba un comino lo que sucediera en la remota provincia de Judea, son muchos los colombianos que desdeñan, con una arrogancia insólita, a la región".

2013/10/17

Por Revista Arcadia

Aunque en la mayoría de los mapas aparezcan como “Las islas del Maíz”, en la vida real nadie las conoce por ese nombre. Corn Island y Little Corn Island son dos islitas paradisíacas que están a setenta kilómetros de la costa Caribe de Nicaragua. Su población, al igual que la de toda la costa norte de Nicaragua (y de Honduras, de Guatemala y Belice) es garífuna. Son, en su mayoría, negros e indígenas y hablan, casi todos, en inglés. Por eso los nombres de muchos de sus pueblos y ciudades no tienen ni asomo de influencia del castellano: basta mencionar la ciudad costera de Bluefields en Nicaragua, o Livingston en Guatemala, o los exóticos nombres indígenas de los ríos que van a dar al Caribe nicaragüense –Walpasksa, Prinzapolca y Layasiksa, por ejemplo–, para dejar en claro que los vínculos culturales con el continente del sur son muy débiles en la zona. Los garífuna han estado durante siglos mucho más cerca de Nueva Orleans que de Quito.

Pero las cosas están cambiando, y no precisamente por las decisiones de la Haya. Son cambios más silenciosos, más paulatinos, mucho más interesantes.

En el comedor de la casa de doña Dannet (que solo se encuentra si el viajero logra divisar el pequeño letrero que reza: “Dannet’s: specializes in seafood, breakfast, lunch and dinner”) nadie atiende. La terraza de la casa donde funciona el restaurante está vacía. Son las ocho de la noche y la familia entera está arremolinada en la sala, frente al televisor. En la pantalla, la imagen de Andrés Parra en su papel de Pablo Escobar los tiene hipnotizados. La telenovela El patrón del mal paraliza la isla como paraliza a todo el país. Pero la influencia colombiana no solo llega vía televisión. En cada bar de Corn Island los altoparlantes gritan sin cesar que “yo solo quiero pegar en la radio para ganarme el primer millón”. Bacilos, Los Diablitos, Shakira y Fonseca inundan con sus canciones las emisoras locales.

Lo mismo sucede en El Salvador, en Honduras, en Costa Rica, en Guatemala y en Panamá. Y en Ecuador y en Venezuela, y en muchas islas del Caribe: Colombia es reconocida, asumida y vivida como el imperio cultural. Con raras excepciones (la telenovela venezolana La mujer perfecta, de Leonardo Padrón) todo lo que se ve en Centroamérica es colombiano: las producciones de A mano limpia, Pobres Rico, Chica vampiro, Casa de reinas y La quiero a morir, por poner unos cuantos ejemplos, inundan las planillas de programación. Pero si bien la batuta de esta involuntaria invasión la lleva la empresa privada, hay que reconocer que el Estado lleva años haciendo una inversión más o menos constante en la región. Fue en el gobierno de Uribe cuando Colombia, con Paula Marcela Moreno a la cabeza, se fue a la Feria del Libro de Guadalajara con una artillería cultural enorme y no solo de escritores. Cada día se presentaba un grupo musical nuevo: desde Bomba Estéreo hasta Velandia y La Tigra, la apuesta por una música joven e inteligente, alejada del tropipop, se tomó la ciudad. Y a partir de ahí, la expansión de estos nuevos grupos no ha parado. En los últimos años Colombia ha sido tres veces invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Centroamérica, de la Feria Internacional del Libro de La Habana y de la Feria del Libro de Quito, por mencionar unos cuantos eventos al azar. Y después de cada evento queda una estela de libros y nombres de autores del país que comienzan a circular por esos misteriosos canales del boca a boca que escapan a las reglas del mercadeo.

Lo más sorprendente de esta expansión cultural en la región es que México ha sido, tradicionalmente, el gran exportador de identidad a Centroamérica. La trompeta del mariachi ha resonado de manera contundente en la región porque es bien sabido que las eternas décadas de dictadura del PRI lograron la consolidación de una identidad nacional mexicana. Por eso mismo es más asombroso aún que Colombia tenga ahora más presencia que México.

Y todos en la región lo saben de sobra. Todos menos, al parecer, los mismos colombianos. Porque así como a Roma le importaba un comino lo que sucediera en la remota provincia de Judea, son muchos los colombianos que desdeñan, con una arrogancia insólita, a la región. En todos los aspectos: basta pensar en el esfuerzo que le cuesta al embajador de Ecuador que periódicos como El Tiempo le publiquen sus cartas de protesta ante el tratamiento que el diario da al presidente Correa. Basta preguntarse qué saben las élites colombianas sobre Venezuela y su cultura, más allá del fenómeno mediático de Chávez y su sucesor.

Y claro que es una buena noticia que se le esté dando un nuevo significado a lo que antes fuera una expresión estigmatizada y temible –“la colombianización de un país”–, y que ese nuevo significado provenga de la fortaleza de su cultura de masas y de su cultura popular. Pero es necesario que en Colombia estemos a la altura de los tiempos. Obsesionados por intentar dejar de ser percibidos como una republiqueta narcotizada por el Primer Mundo, hemos replicado con nuestros vecinos el mismo desdén que intentamos combatir.

No está de más recordar que para Roma misma era inconcebible, en su momento de mayor esplendor, pensar que el rey de Roma pudiera ser judío. Y ya ven ustedes cuán equivocados estaban. Se podría comenzar por buscar en el mapa dónde quedan las Corn Islands, y echarle un vistazo en Wikipedia a la entrada que reza: garífuna.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.