Fotograma de la película Dead Poets Society.

La salud mental de los maestros

El sistema educativo parece tener un fallo que pocos están dispuestos a asumir. Si a eso se suma que los maestros han sido llamados a ser los depositarios de eso que se ha dado en llamar la “pedagogía para la paz”, el cuadro no parece alentador. Los factores de riesgo psíquico asociados al trabajo docente son muchos.

2016/03/23

Por Revista Arcadia

El fantasma de la enfermedad mental recorre las aulas de miles de maestros y rectores en Colombia. En la localidad de Kennedy, en Bogotá, por ejemplo, cada dos días un maestro solicita incapacidad por ansiedad, miedo, angustia, entre otros problemas, que no entran en la lógica de los tratamientos de las EPS, que se niegan a incapacitar por problemas psicológicos y que dilatan la posibilidad de remitir a un especialista a quien consulte por estas causas.

Aunque muchos quieran desconocerlo, hoy se libra una batalla en los colegios públicos y privados del país con la idea de padecer trastornos calificados como “de personalidad”. Los maestros, los encargados de orientar a millones de niños y jóvenes, están agotados y sienten que la responsabilidad no puede ser exclusiva de ellos. Se preguntan por qué el Estado y la familia no asumen su cuota en una situación que ya ha sido materia de informes e investigaciones, como las realizadas por la Universidad de los Andes, en 2005; la Universidad del Cauca, en 2010, o la Fundación Luis Amigó, en Medellín.

El sistema educativo parece tener un fallo que pocos están dispuestos a asumir. Si a eso se suma que los maestros han sido llamados a ser los depositarios de eso que se ha dado en llamar la “pedagogía para la paz”, el cuadro no parece alentador. Los factores de riesgo psíquico asociados al trabajo docente son muchos. Aunque dicha labor se considera una actividad sin riesgo aparente, las reiteradas consultas por dolencias de cuello, espalda, gastritis, hipertensión y dolor de espalda por estrés son muy frecuentes. Así se lo dijeron doce rectores de diversos colegios de Bogotá a Arcadia, en una reunión privada que buscaba conocer la realidad de las personas que trabajan en la escuela en una coyuntura como la actual, cuando la educación escolar es la llave que puede aunar el camino para promover, a mediano plazo, un cambio en una sociedad dividida.

El estrés que sufren los rectores de los colegios públicos en Colombia es una bomba de tiempo. Ellos deben solucionar problemas con los maestros, los padres y los estudiantes, responder derechos de petición, ocuparse de labores administrativas y un largo etcétera que se parece a la condena de Sísifo. La amenaza constante de que les abran procesos disciplinarios por no responder a las cientos de peticiones y quejas es latente. Todos los rectores entrevistados por Arcadia coinciden en que de no hacerse nada, de no plantear una verdadera atención en temas de salud mental, el desastre puede ser inminente. Uno de ellos, por ejemplo, tuvo que asistir hace unos meses a un careo con un padrastro violador. La denuncia le ha costado: hoy no se siente seguro de caminar por su barrio, de tomar el bus en la esquina de siempre, de trabajar. Varios también dijeron que de seguir esta situación abandonarán sus puestos, porque se sienten amenazados. Señalados y advertidos de que su trabajo no es ideal, de que los estudiantes se tomarán el colegio, de que los jíbaros rondan sus instituciones y de que, como en cualquier conglomerado humano, las envidias, el rencor y el miedo son moneda corriente.

En los testimonios recogidos, todos hablaban de un malestar psicosocial que nadie está atendiendo. En ninguna Secretaría de Educación, ni en los discursos de los sucesivos ministros y ministras del ramo se menciona la salud mental. Parece que en un país violento, con profundas desigualdades sociales, con polarizaciones brutales, entre muchos otros, nos abstuviéramos de reconocer que no hemos sabido atender necesidades intangibles que ya pasan factura.

Una maestra fue la encargada de buscar a esta revista para denunciar la situación en la que se debaten día tras día. Después de una larga mañana de trabajo, de escuchar testimonios en verdad ominosos, queda la sensación de que son muchos los frentes en los que tendremos que trabajar los colombianos si queremos un país más reflexivo y sereno en el cual quepamos todos. Por ahora, no hay planes para atender a los rectores o maestros, pues la preocupación se ha centrado en la cobertura; en indicadores que dicen que en Bogotá, por solo poner un ejemplo, hay casi una inserción total a la escolaridad, pero nadie está tocando el tema de su calidad. Hombres y mujeres cansados como los que visitaron Arcadia están al borde de sus capacidades.

Este solo es un nuevo mensaje de alerta para que la educación en Colombia se piense de nuevo.

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