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La vanidad del orador

"El Procurador encarna el peor defecto de la mayoría de los abogados: la ilusión de sentirse importante, de distinguirse del vulgo, por medio del uso de la palabra".

Editorial 92

"El Procurador encarna el peor defecto de la mayoría de abogados: la ilusión de sentirse importante, de distinguirse del vulgo, por medio del uso de la palabra".

Por: Revista Arcadia

Publicado el: 2013-05-17

Hablar de las mujeres vende. Vende Cincuenta sombras de Grey, como vende un artículo sobre los misterios del orgasmo femenino. Vende la historia de la mujer que le pegó al marido, como vende la historia de la mujer a la que el marido le pegó.

De los hombres, en cambio, se habla poco. Y hay que ver todo lo que está por decir. Aquí solo se hablará de un rasgo, muy masculino a pesar del cliché que afirma lo contrario: la vanidad. Porque muchas mujeres son vanidosas; y algunos hombres no lo son.

Y es que el femenino gesto de mirarse al espejo no se aproxima ni remotamente a ese ampuloso ejercicio de egolatría que caracteriza a muchos hombres. Sobre todo a los hombres que están en el mundo del poder.

Basta ver al Procurador.

Es todo un espectáculo (un ratito). Oyéndolo, uno se da cuenta de que el Procurador no habla. Él diserta. Como probablemente tomó clases de oratoria, y soñó durante largas horas de práctica con ser vitoreado en plazas públicas por el pueblo enfebrecido, se nos quedó así. Se le olvida, por ejemplo, que está en un foro para debatir un tema y se pone histriónico, sin pudor de quedarse con el tiempo dispuesto para que debatan los demás. Fascinado con su propia voz, hace pausas estratégicas y repite la frase que, por las risas, deduce que causó un buen efecto. Para volver a sentir el placer del efecto. El triunfo.

El Procurador encarna el peor defecto de la mayoría de abogados: la ilusión de sentirse importante, de distinguirse del vulgo, por medio del uso de la palabra. De esos abogados a los que ya no les basta su título: ahora resulta que se autodenominan togados. (Y los periodistas, impresionados, adoptan el término).

Mucho se ha escrito sobre esa vana pasión por la (mal entendida) retórica. Sobre una inclinación que confunde el hablar bien con hablar mucho. Que pretende poseer un vocabulario culto, que acaba siendo cursi. No en vano vivimos en el país que pasará a la historia por haber acuñado el más feo e innecesario neologismo del idioma castellano: conversatorio. Con lo bonita que es la palabra conversación. O charla. Pero no. Nos parecen demasiado modestas las palabras de uso cotidiano, las bisílabas, las que usaba el maestro en el colegio para enseñarnos a escribir.

El Procurador no dice “necesitamos”. Dice “es menester”. El Procurador no se refiere a los crímenes de los guerrilleros contra la población civil. Habla de “los episodios que han lacerado el alma colombiana”. El Procurador no dice “yo”. Dice “el Procurador”, y se señala el pecho con un índice tieso.

A ese cansino exceso verbal no le importa qué se dice sino por cuánto tiempo se tiene –se posee– la palabra. Pura vanidad.

En su última intervención pública (ah, la moda de los foros. ¿Para qué sirven si no para oírse a sí mismos hablar ante un público, para relamerse en un ejercicio autoindulgente), el Procurador afirmaba: “Hoy aspiro a ser pedagógico”. Echado hacia atrás en un sillón de cuerina blanca, piernas cruzadas con elegante holgura, micrófono batiente en mano, era evidente su gusto por sí mismo. Tanto, que tras larguísimas y repetitivas citas de artículos e incisos y decretos, convencido de que su lenguaje era demasiado culto para la plebe –y no demagógico como efectivamente era–, se traducía a sí mismo: “Eso, en plata blanca, para que me entienda el ciudadano común y corriente, quiere decir…”, y repetía lo mismo. Cuando intentaba rebatir un argumento no decía “no estoy de acuerdo”. Decía “eso no expresa exactamente lo que en realidad es el espectro ante el cual estamos abocados”.

Esa vanidad, la vanidad del que no tolera que no le digan “doctor”, y que por lo tanto a todo el mundo le dice doctor, –“no, doctor Roy”, “no, doctor Eduardo”, punteaba a cada rato– ha sido la característica más destacada de la vida pública nacional. Una vida definida a imagen y semejanza de la vanitas masculina.

Donde mejor parece haber hallado un feliz acomodo esa patología del exceso es en el Ministerio Público. La Procuraduría, por ejemplo, tiene himno. Basta entrar al portal para encontrarlo transcrito, y en audio en versión instrumental, en versión vocal y en video. Aquí van un par estrofas en esforzados versos de arte mayor: “Te ofrecemos, Procuraduría / homenaje y mención sin igual, / tu existencia engrandece a Colombia /cual estrella con brillo inmortal (bis). Tú naciste al forjarse la patria / tú has crecido con ella a la par, / hoy te eriges cual faro en el cielo / con luz propia en justicia e igualdad (bis)”. Efectivamente, el himno engrandece a Colombia. Pero no como queremos. La infla de gula verbal, que es distinto. Como inflado está el país de leyes incomprensibles, de millones de folios de contratos, de Procurador.

(¿O acaso no está inflada una Procuraduría que graba videos institucionales para enseñar a los colombianos cómo convertirse en buenos ciudadanos? Sí. Hace dizque spots –porque claro, siguiendo la patología del exceso, duran media hora– diseñados para que aprendamos el significado de las palabras que transformarán nuestra conducta. La Procuraduría como “padrecito” que nos instruye en materia de vocabulario: Libertad, Responsabilidad, Tolerancia… El video está en YouTube).

Y llegamos al final. A la cúspide de la vanitas: el homenaje. El Procurador recorre el país para asistir a ellos. ¿Y qué hace allí? Dos cosas: oír discursos elogiosos sobre sí mismo y oírse a sí mismo pronunciarlos. Narciso ante su imagen en el agua: la más dulce metáfora del narcisismo homosexual. “Quiero hacer algo de mí mismo. Creo que se llama una estatua”, dijo un humorista. Ojalá le hagan una rápido. Son mudas.