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Las cicatrices: Berlín y Modiano

La caminata es de un kilómetro y medio. Al bajar en la estación de la Bernauer Straße de inmediato el visitante se encuentra parado en el punto límite entre las dos ciudades. De un lado está Berlín oriental, del otro, el lado occidental.

2014/09/23

Por Revista Arcadia

Al voltear la mirada sobre una de las paredes laterales de uno de los edificios que hoy se alzan del lado oriental, se descubre un inmenso esténcil basado en una fotografía de varios hombres subidos encima de la muralla, sonriendo, como si estuvieran viendo el amanecer por primera vez. Sostienen una cerveza en sus manos mientras otras manos, de las cuales no se adivinan sus rostros, perforan la piedra que había dividido a una ciudad de manera absurda: en la mañana del 13 de agosto de 1961, en el lado soviético de la Berlín ocupada, comenzó a alzarse un muro de ladrillos como una forma de demarcar el territorio de la amenaza fascista según los comunistas. Habían pasado dieciséis años desde la derrota alemana y la guerra fría se había instalado: las dos potencias creyeron que era el momento de dividir el mundo. Berlín nunca sería la misma desde entonces.


La estación de metro que lleva el nombre de la calle, una de muchas que fue el escenario de la división, fue tapiada unos meses después. Los trenes rigurosamente olvidados. Quien camina por el prado que hoy ha reemplazado la gravilla que antes se cernía sobre un espacio vacío –había, en realidad, dos muros: uno de cada lado, y en el medio una zona de control con garitas y soldados y perros y reflectores–.siente la energía de una memoria que no ha desaparecido. Si se baja la mirada se descubren señales sobre la hierba: la demarcación de los túneles que fueron cavados para escapar de un lado al otro; los nombres de algunos de los más de doscientos muertos que cayeron intentando encontrarse del otro lado con sus padres, madres, abuelos y amigos. Entre ellos, cuarenta y seis niños y adolescentes. La memoria, por lo tanto, como la herida abierta que confronta y hace que el espectador, el caminante, el ciudadano o cualquiera de las categorías posibles para quienes recorren ese espacio puedan habitar, también, la muerte.

Berlín está llena de lugares así. De la estructura del Museo Judío creada por Daniel Libeskind –que también es un homenaje al vacío, a la proscripción arquitectónica– a los 19.000 mt2 creados por Peter Eisenman en los que se pusieron 2.711 losas de hormigón inclinadas como un laberinto de la pérdida. Esa casi siempre es la potencia que resulta del arte: la posibilidad de darle un lugar a la derrota, a la ausencia. Berlín está llena de cicatrices que quieren hacerse evidentes, que no se esconden con la vergüenza del verdugo, que se exhiben para que nadie olvide. Hace veinticinco años, el 9 de noviembre de 1989, el temor fue desterrado. Cayó el muro.

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Patrick Modiano ganó el pasado 9 de octubre el Premio Nobel de Literatura. Sus novelas y cuentos se han obstinado en insistir en el dolor producido por la ocupación nazi en Francia a partir de 1941. Modiano ha habitado las calles con su propia memoria –que no cuenta con muestras evidentes de dicha ocupación y de la vergüenza que supuso para quienes defendían la libertad–: ha hecho verdaderos memoriales apelando a historias mínimas, a secretos olvidados por su propia estirpe; ha escrito la historia de los suyos y la de sus próximos, tratando de entender la geografía de París. Modiano es un premio Nobel pertinente como ninguno para Europa, pero también para el mundo. Quienes lo hayan leído podrán dar fe de que se trata de un escritor con un estilo propio, que ha sido capaz de hacer parecer simple lo más complejo. Desde La trilogía de la ocupación, hasta Para que no te pierdas en el barrio –que pronto será publicada en español– la suya ha sido una búsqueda entre fantasmas. Como ocurren cuando el caminante llega a la esplanada de la Bernauer Straße y descubre una estructura rectangular, de acero oxidado, en donde en una serie de nichos se ven los rostros de los muertos de un pasado común; como cuando se emprende la caminata por uno de los ejes del museo de Libeskind y se llega al jardín del exilio y después a la torre del Holocausto; como cuando los niños berlineses juegan a saltar encima de los cubos en el monumento de Eisenman. La memoria como algo con lo que tenemos que convivir, que debemos reivindicar: hacer visible el empeño de la cultura por insistir que la vida que nos queda por delante, aquí y ahora, necesita de bibliografías, de exposiciones, de debates, de arte, de libros, de fotografías, de álbumes... de testigos como los osarios que Beatriz González ha construido en el Cementerio Central y en medio de los cuales muchos deberíamos comenzar a caminar.

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