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Las fotos

Habitación de Richard P. Langenbrunner, soldado fallecido de la armada norteamericana.

Editorial No. 89

En la editorial no. 89, Arcadia reflexiona sobre las formas en las que periodistas y políticos comunican las vidas perdidas en el marco de una guerra.

Por: Revista Arcadia

Publicado el: 2013-02-19

En una reciente entrevista concedida al diario argentino Clarín, Kathy Ryan, editora gráfica de la revista dominical del New York Times cuenta esta historia: “Teníamos que hablar de los soldados muertos en Afganistán. Y al fotoperiodista se le ocurrió retratar las habitaciones vacías en las casas de aquellos muertos en combate. El equipo logró que en aquellas fotos sin personas apareciera el alma y la tragedia de aquellas vidas perdidas. Eran habitaciones de adolescentes y sus padres las habían dejado intactas como un templo dedicado al hijo perdido que no olvidaban. Allí estaban el póster de su ídolo del rock junto a fotos de su familia. Cuando las editábamos casi nos pusimos a llorar. Y si una foto es emocionante, será eterna”.

El 1 de febrero del 2013, a las 2.10 de la tarde, el ex presidente Álvaro Uribe publicó un tuit que rezaba “Policías de la Patria asesinados”, y adjuntaba una fotografía de los cuerpos de los dos policías recién asesinados en la Guajira: la foto está tomada a pocos metros de distancia. Quizás dos o tres. Ambos cuerpos están bocabajo, las caras contra el asfalto, en un charco de sangre; el uno hundido en la cuneta de la carretera, el otro a su lado, con los brazos abiertos como un cristo sin cruz.

La distancia entre estas dos imágenes es enorme. La una es uno de los mejores ejemplos del ejercicio del periodismo, y la otra es uno de los mejores ejemplos del ejercicio del populismo.

En la una, la ausencia se convierte en una ausencia viva. El ser humano que allí estaba es evocado de una manera poderosa en cada detalle. El conejo de peluche de la soldado Karina Lau sigue sobre la cama. Las medallas del colegio siguen colgadas en la pared. La cama impecablemente tendida. La silla. Las fotos enmarcadas en la biblioteca. Una colección de muñequitos. Si uno quisiera, podría intentar imaginar esa vida. El lector es interrogado por el sentido de la guerra. De la muerte violenta de una joven recién salida de la adolescencia.

En la otra, los dos cuerpos muertos producen horror y rechazo. Repulsión. Escalofrío. Parece que nunca hubieran estado vivos. Congelados en esa imagen de muerte, hundidos en los charcos de sangre, los dos soldados son seres deshumanizados, instrumentos para un mensaje que se sabe de antemano: meros recursos visuales, estrategias. La imagen grita muerte. Y a quien la envía solo le importa la estridencia de la sangre para ilustrar su mensaje de una manera efectista y efectiva.

Lo que importa de la segunda fotografía es su clasismo. El ex presidente Uribe nunca hubiera enviado una foto de una persona asesinada (por la inseguridad, por los grupos por fuera de la ley, por cualquiera de sus banderas anti gobierno) si esa persona hubiera sido de una clase acomodada. Alguien rico. Alguien conocido. El hijo de algún amigo. Eso es lo que deshumaniza los cuerpos en la imagen. No sabemos su edad. De dónde son. Es como si la imagen misma negara que hubieran estado vivos alguna vez. En medio del horror de la imagen, se convierten en muertes abstractas. Intrascendentes. Un acto de violencia más en un país que todos sabemos violento.

El populismo político equivale al amarillismo periodístico. Es la antítesis del periodismo. Al amarillismo no le importa la verdad. Solo vender (ejemplares, ideas, campañas) para beneficio propio. Y el periodismo, aunque cada vez parezca más absurda la idea, sigue siendo un oficio, una vocación. El periodismo no vende cosas para beneficio propio. Sí intenta contar. Poner en común. Narrar. Ofrecer puntos de vista. Convencer. Recordar las cosas que unen –o debieran unir– a un grupo alrededor de una idea de sociedad. 

Twitter no convierte a todo el mundo en periodista, como se ha dicho. Ni siquiera en periodista amateur. Es simplemente una gran pizarra virtual en la que cada cual expone a otros sus intenciones y, más allá, su carácter, y en la que, en el fondo, el político gana espacio y el periodista lo pierde, porque el anuncio –a eso se reduce– siempre será banal. Y al político le conviene lo banal. Esa es su arena. 

Además, casi imposible imaginarse a Uribe enviando una foto de cuarto vacío.