¿El final de la función?

Las palabras

Mucho ruido hizo en el mundo hispánico la nueva edición del diccionario de la Real Academia Española. Se escribieron columnas de opinión lamentando la desaparición de algunas palabras y otras fueron bienvenidas con ciertas prevenciones. No obstante, el pasado 5 de noviembre un grupo de gitanos recibió especial atención mediática por cuenta de una definición que, hasta ese momento, había sido pasada por alto por la mayoría.

2014/11/19

Por Revista Arcadia

 

Una protesta convocada por la Asociación Gitanas Feministas por la Diversidad tuvo lugar frente al edificio de la Real Academia Española, entre las 11:00 de la mañana y la 1:00 de la tarde, para protestar contra la quinta acepción para la palabra “gitano” incluida en el diccionario, que se refiere a alguien que “con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto”. Ante la protesta de la asociación de excluir la acepción y enmendar el error, la rae se sostuvo en mantener la palabra dentro del diccionario diciendo que “manifiesta su máximo respeto y consideración hacia la comunidad gitana y todos y cada uno de sus miembros”, pero “no puede declinar su compromiso, mantenido desde hace tres siglos, de ofrecer al conjunto de nuestra comunidad lingüística el repertorio más fiel que sea posible de las palabras que los hispanohablantes usan libre y espontáneamente en todas sus acepciones”. La asociación ha acudido al tribunal internacional de Estrasburgo pidiendo que se exija la exclusión de una definición a todas luces, para ellos y para la defensora de pueblo española, Soledad Becerril, discriminatoria.

Aunque para muchos las palabras guardan una historia y una memoria que se debe conservar, una vez más parece que las minorías son tratadas con cierto desprecio ante sus críticas. Desde hace tres siglos, dice la Academia, pero uno podría decir que desde hace más el pueblo gitano ha sido víctima de la persecución y la proscripción desde los tiempos en que llegaron al trono los reyes católicos y persiguieron e hicieron redadas en contra de los gitanos.

La RAE se reunió a puerta cerrada y transmitió, a través de su secretario, Darío Villanueva, que el próximo año, quizá, se incluirán palabras con alarmas –palabras rojas o proscritas– para alertar a los lectores de que se trata de términos prejuiciosos si se usan de tal o cual forma. Un poco a la manera en que aún, en el flamante diccionario, hoy se hace con la palabra judío en su quinta acepción agregándole la abreviatura despect. (para despectivo): “Dicho de una persona: Avariciosa o usurera”. La decisión no deja de producir sonrojo si se llega a cumplir, pues más que abrir una discusión sobre los cambios que ha tenido la lengua para referirse a grupos étnicos de una manera ofensiva, estatiza cualquier debate: “Esta ha sido nuestra manera de llamar las cosas y no tenemos por qué olvidar que así ha sido antes…”.

De alguna manera, la Academia muestra, una vez más, que es una institución anquilosada en el tiempo y refractaria a los cambios sociales. Más allá de lo políticamente correcto, uno podría decir que su posición ha abortado cualquier posibilidad de entender que, en efecto, la lengua cambia, evoluciona y es un reflejo de la sociedad y que dicha sociedad es diversa y plural y tiene derecho a protestar por consideraciones como las de los gitanos. La posición supuestamente imparcial de considerar que el diccionario debe ser un repositorio de las diversas acepciones que han tenido a lo largo de la historia, no hace más que ensombrecer lo que debería estar claro a estas alturas: que la lengua se transforma, y que el diccionario, como autoridad, no puede ser el reflejo de la ideología y la moral de unos pocos, sino el lugar en el que, con mayor grado de precisión, se debe ejercer el pluralismo y la tolerancia.

Marta Nussbaum, filósofa feminista, dice en El cultivo de la humanidad, uno de sus más brillantes libros, que hay tres ideas centrales en una educación que aspire a entender las diferencias y la diversidad del mundo en que vivimos. Recuperando a Séneca y a Sócrates, Nussbaum habla de la necesidad de contar, en todo proceso del conocimiento, con un examen crítico de uno mismo para de allí poder entender el ideal del ciudadano del mundo, además de espoliar la imaginación narrativa. Uno piensa entonces en los millones de estudiantes alrededor del mundo que quizá algún día se topen con una definición como la de gitano, y en lugar de entender que se trata de uno de los más antiguos pueblos nómadas de la tierra, cuya cultura ha trascendido hasta establecerse como ejemplo, también, de lo hispánico, sigan pensando que se trata de ladronzuelos de baja estofa que se encuentran hambrientos en las bocas del metro de Madrid.

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