Portada Arcadia No. 80

¿Lo irrelevante?

2012/05/29

Por Revista Arcadia.

En tiempos de penuria, pocas cosas parecen más irrelevantes que eso que se suele llamar la alta cultura. Las crisis económicas, las guerras, los climas políticos crispados, los atentados terroristas, el horror del secuestro, hacen que la visita a una exposición en un museo o en una galería de arte, la lectura de una gran novela o el sentarse a ver una buena película parezcan, si acaso, gestos destinados a evadir la miseria de la realidad.

La alta cultura parece estar reservada para tiempos de tranquilidad y de bonanza. De hecho, los grandes momentos de esplendor cultural han estado ligados a épocas de bienestar económico y relativa paz social. No en vano el Renacimiento se da en tiempos de los Medicis, y no en vano el terrible y trágico siglo XX ruso no pudo legarnos mucho más que un puñado de tristísimos poemas.

Nada puede Don Quijote contra la mano negra. No parece quedar lugar para un verso de León de Greiff cuando estalla una bomba y vuelve pedazos a un ser humano. Poco poder pueden tener el arte o la literatura frente al absurdo de la barbarie. ¿Qué sentido le queda a la potente belleza de un lienzo de Luis Caballero o a la sobrecogedora armonía de una cantata de Bach frente a la noticia de que un político que creíamos víctima de la guerrilla pudo haber participado en el secuestro y asesinato de sus propios compañeros.

La respuesta inmediata es: ninguno. Ni el arte ni la música ni la literatura tienen poder alguno frente a los actos de barbarie. La ambición de poder, la corrupción, la maldad y la ira, el deseo de venganza, la vanidad y la envidia, el delirio de grandeza que lleva a los hombres a cometer los actos más atroces jamás imaginados, anidan en el corazón humano y difícilmente los productos del espíritu pueden tener el poder de aplacarlos.

Y sin embargo, la respuesta pausada es que sí, sí que pueden. Lo que pasa es que lo pueden de manera tan lenta e invisible, tan misteriosa, tan en silencio, que sus réditos no los puede reclamar ningún político. La inmediatez, el sello de nuestro tiempo, es el mayor enemigo de toda esperanza sensata de futuro. Tan inmediato es el estallido de una bomba como la necesidad de que la noticia esté en la Red como las exigencias de resultados en política o como la urgencia de arrojar cada vez más beneficios económicos de las empresas. Todo es urgente, todo es inmediato. No parece haber peor enemigo de los tiempos modernos que la lentitud, pero el arte es lento.

En ese clima de urgencia absurda en el que vivimos, la cultura puede poco. Casi nada. Apenas si logra cumplir un papel de solitario refugio para un puñado de gente curiosa y más o menos bien educada. Y por eso es mirada con tanta sospecha. Por eso es tan fácil y cómodo pensar que es irrelevante.

Pero si la educación fuera una prioridad para nuestros gobiernos (y es que no lo es ni siquiera para los opositores del Gobierno), y se creyera importante darle una perspectiva humanística, la cultura dejaría de ser un triste objeto de sospecha y pasaría a convertirse en una poderosa herramienta colectiva contra la barbarie.

El mismo Teodor Adorno, el poeta que dijo que escribir poesía después de Auschwitz era imposible, manifestó una década después: “La sociedad actual se basa en la persecución del propio interés en detrimento de los intereses de los demás. Los hombres, sin excepción alguna, se sienten hoy demasiado poco amados, porque todos aman demasiado poco. La incapacidad de identificación fue sin duda la condición psicológica más importante para que pudiese suceder algo como Auschwitz entre hombres en cierta medida bien educados e inofensivos”.

Y pocas cosas nos permiten una mayor capacidad de identificación, de empatía con otro ser humano, que la literatura y, con un largo etcétera, el arte. La religión ha intentado hacerlo y su patético fracaso ha sido más que evidente. La literatura, en específico, es quizás la única vía para vivir en la carne del otro. Para entender al otro. Para intentar ser el otro. Para ser conmovido por lo otro. Y es por eso una herramienta tan poderosa para construir sociedad.

Nunca dejarán de estallar bombas. Nunca desaparecerán la ambición, la vanidad o la codicia. Pero es un hecho irrefutable que en sociedades más igualitarias y más educadas, estallan menos bombas, se roba menos y es poco viable que los actos de barbarie que el hombre imagina se conviertan en brutales realidades.

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