Editorial revista Arcadia No. 120 sobre los festivales literarios en el país.

Más que cifras sobre lectura

Septiembre se ha establecido como el mes literario. Ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y otras más, hacen parte de esta grán oferta literaria que hoy se expande por Colombia.

2015/09/16

Por Editorial Arcadia

Desde hace algunos años, varias ciudades de Colombia han decidido concentrar la actividad literaria en septiembre. Tanto Bogotá como Medellín realizan eventos de primer nivel, con invitados internacionales, y la oferta, todo hay que decirlo, no es poca. El pasado 26 de agosto se inauguró el Festival Visiones de México, del Fondo de Cultura Económica, uno de los más extensos en su duración, que reunió durante tres semanas a escritores, poetas, músicos y una gran exposición bibliográfica en la plazoleta del Centro Cultural García Márquez, en el barrio La Candelaria. Una semana más tarde, el Gimnasio Moderno inauguró su festival Las Líneas de su Mano, al que asistieron 30 poetas de todo el ámbito hispanoamericano: se realizaron conversaciones diarias en la Biblioteca Los Fundadores con la asistencia de cientos de estudiantes de colegios de la ciudad. El evento se abrió con un homenaje a Chus Visor, fundador de la editorial Visor, un sello que ha sido definitivo para la poesía en América Latina.

La buena noticia es que Cali se sumó a la oferta con el Festival Oiga, Mire, Lea, que llevó escritores tanto a la Biblioteca Departamental de la ciudad como a Palmira y Tuluá, devolviendo la mirada sobre una ciudad que cada día parece revivir de un pasado crítico. De nuevo en Bogotá, el 7 de septiembre, la Asociación de Amigos del Instituto Caro y Cuervo presentó la cuarta edición del Festival de la Palabra, centrado en un tema bastante apetitoso: “El lenguaje en su laberinto”. El encuentro comenzó con una charla entre Javier Moro y Enrique Serrano, en el que se debatió cómo la novela histórica puede –o no– acoger usos lingüísticos de otras épocas para hacerse más verosímil.

El pasado 11 se abrió la Fiesta del Libro de Medellín, a la que asistieron más de 50 escritores, en una feria que está demostrando que se puede convertir en uno de los epicentros del libro en América Latina. Fuera de esto, ese mismo fin de semana se celebró en Bogotá el Festival de Cultura y Libro Popular en la Biblioteca Gabriel García Márquez, del Tunal; el siguiente, una pequeña muestra de librerías independientes en el marco de Jazz al Parque y el sábado y domingo 26 y 27 de septiembre se celebrará Lectura bajo los Árboles, a cargo de Idartes, en el Parque Nacional, de Bogotá.

Que exista una oferta literaria de estas dimensiones, sumada a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, al Hay Festival de Cartagena, al Carnaval de las Artes de Barranquilla, al Festival Luis Vidales de Calarcá, a las ferias regionales de Cúcuta, Armenia, Manizales, Pasto y Bucaramanga, habla bien de la salud del libro y la lectura en Colombia. Quizá los apocalípticos seguirán insistiendo en que no se trata de hacer eventos, sino de que la gente lea, pero que haya oferta alrededor de la palabra es un buen indicador de que hay entusiasmo por la literatura y los libros en el país.

En el festival caleño Oiga, Mire, Lea, la ministra de Cultura, Mariana Garcés, insistió en que la meta de este gobierno es elevar las cifras de lectura cuando termine el periodo de Juan Manuel Santos, en agosto de 2018. Si hoy, mal contado, un colombiano lee algo así como un libro al año, el gobierno nacional está convencido de que se puede crecer a tres libros por colombiano en los tres años que restan de gobierno. La cifra, que es ambiciosa, no podría darse sin varias apuestas que están sucediendo en el país desde hace muchos años y que muchas veces son ignoradas: el impulso del Plan Nacional de Lectura y Escritura, que durante la primera administración Santos compró y dotó con 18 millones de ejemplares a las bibliotecas colombianas; los planes distritales de cultura de ciudades como Bogotá y Medellín; el renacimiento de una actividad que parecía desterrada de Cali –la Feria Internacional del Libro que se celebrará el próximo octubre–; los premios y estímulos a escritores a nivel nacional, regional y urbano; la apertura de librerías independientes; los programas de formación de lectura; la participación de ciertos medios de comunicación que están convencidos de que viven, también, de la lectura.

Más allá de las cifras, Colombia parece haber encontrado un terreno fértil, aunque lleno de contradicciones que habrá que ir resolviendo por el camino. Es urgente la puesta en marcha de un verdadero plan digital –menos tabletas, más contenidos–; de un programa que sea capaz de tejer una red, desde la Oficina del Libro del Ministerio de Cultura, entre todos esos eventos para que dialoguen y aprovechen su simultaneidad para compartir contenidos; una verdadera política de internacionalización de la literatura colombiana; una sinergia con las Secretarías de Cultura de las demás ciudades colombianas para que se aprovechen las experiencias exitosas; un apoyo irrestricto de la industria que ofrezca condiciones para que en Colombia se pueda acceder a libros menos costosos; en fin, una serie de medidas que, quizás, permitan aspirar a que el promedio crezca. Por ahora, el campo parece estar sembrado.

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