Estudiantes del colegio Heladia Mejía de Bogotá hacen máscaras en una clase de arte que forma parte de una iniciativa nacional por la paz, el primero de agosto de 2016. Foto Guillermo Legaria / AFP.

Miedo

Este 24 de agosto, a las 6 de la tarde, en el parque de los Hippies, Calle 60 con carrera Séptima, en Bogotá, está convocada una marcha en apoyo al proceso de paz y al voto positivo del plebiscito. Llegó la hora de dejar el miedo a no estar de acuerdo, a disentir, a discutir, a intercambiar argumentos. Con miedo, la paz no será posible.

2016/08/23

Por Revista Arcadia

El miedo es una poderosa herramienta de disuasión. Para desfallecer antes de tiempo, para renunciar ante la adversidad, para refugiarse en las pequeñas seguridades cotidianas y evitar, a toda costa, enfrentar la vida, entender su complejidad, convivir con otros a pesar de que no se esté de acuerdo con ellos y animarse a la aventura, para eso se usa el miedo.

Hay quienes lo utilizan en los días que corren para hacer propaganda, para satanizar el cambio, para argüir que la situación empeorará si hay acuerdos entre contendores, para vender la idea falsa de que somos incapaces como sociedad y es mejor seguir aferrados a la costumbre de una violencia prolongada e inútil. Y quienes así lo hacen no solo están empeñando su presente, sino que están fraguando la desgracia de sus predecesores. El miedo es un corruptor como ninguno: quien lo provoca deteriora las relaciones, los sentimientos, las situaciones, la integridad y el Yo. El miedo se expande como una enfermedad, según lo ha estudiado el filósofo español José Antonio Marina.

El miedo es una de las condiciones para que nada cambie. Para cernir mantos de duda ante lo desconocido. Para tachar de bárbaros a quienes no son como nosotros. Ha ocurrido así en la historia de los pueblos que se han armado contra invasiones imaginarias, aun a riesgo de promover la eliminación del otro para seguir adelante. Han dicho que esos otros son una amenaza contra la integridad de ese nosotros mayestático que también ha cometido errores graves y que se yergue como guardián del bien y la moral aunque haya ejercido la violencia y sea parte del conflicto.

No siempre las sociedades están preparadas para asumir el costo de vencer el miedo como el viejo magistrado de Esperando a los bárbaros, la novela del premio nobel sudafricano J.M. Coetzee, que aunque pierde la batalla de convencer a los guerreros de su poblado de desistir de atacar a las tribus bárbaras nómadas, señalándoles que siempre han estado allí y han sido parte del territorio. El falso heroísmo y el miedo se imponen, y el magistrado, que aboga por la reflexión, la discusión de las ideas, la lucha contra los prejuicios y el intento de comprensión de los argumentos, termina encarcelado mientras la guerra continúa y unos y otros caen en los campos.

“Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio: nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierras del desierto y hemos construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso. Entre ellos hay ancianos que recuerdan lo que sus padres les contaban de cómo era este oasis hace años: un lugar sombreado junto al lago con abundantes pastos incluso en invierno. Esto es todavía lo que dicen de él, quizá todavía lo vean así, como si no se hubiera removido un grano de tierra ni se hubiera colocado un ladrillo sobre otro. No dudan de que en cualquier momento cargaremos nuestras carretas y volveremos a cualquiera que sea el lugar de donde vinimos, que nuestras edificaciones se convertirán en hogares de ratones y lagartijas, que sus animales pastarán en los fértiles campos que cultivaremos. […] Esto es lo que piensan. Que resistirán más que nosotros”, se lee en la novela.

¿No ha llegado la hora de vencer el miedo? ¿De atreverse a abandonar la zona de confort y actuar como sujetos sociales y pronunciarnos ante una guerra partidista que prefiere usar sus banderas e intereses sobre el bien común? Los ciudadanos debemos aprender a defender lo justo y lo valioso, a sobreponernos al temor, a entender que el verdadero sentido de la valentía no es otro que asumir el riesgo de cambiar nosotros mismos. Ejercer la valentía, como quería Sócrates, ante la adversidad presente y no sobre el peligro futuro, pues el valor es la ciencia de saber lo que se debe temer y lo que no se debe temer.

Durante estos meses se han divulgado decenas de tesis falsas, se ha buscado decir que de llegar a un consenso social les abriremos la puerta a los bárbaros para que acaben con lo poco que hemos construido. La pregunta que nos hacemos es si el miedo seguirá siendo un argumento válido, si seguiremos siendo el conejillo de Indias de una serie de pruebas que buscan el contagio emocional para debilitar nuestro espíritu crítico o la responsabilidad que nos atañe como habitantes de este territorio.

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