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Música para escorpiones

La mañana del 11 de noviembre de 2011 la poderosa maquinaria mediática de Julio Sánchez Cristo logró que en menos de cinco horas, el gobierno, obediente, interviniera Sayco.

2013/08/16

Por Revista Arcadia

Las emisoras de radio comerciales en Colombia y el mundo entero saben muy bien cuál es su tarea: lograr los mayores índices de audiencia para poder mantener o incrementar los precios de la pauta publicitaria, y obtener así los mejores resultados económicos para la empresa a la que pertenecen. La verdad es que no hay que darle muchas vueltas al asunto. Si una canción está de moda, es precisamente porque en la radio se escucha con frecuencia. ¿O es al revés? Poco importa; el asunto de fondo se mantiene constante: es una cuestión de dinero.

Precisamente porque la cuestión de fondo es el beneficio económico, las emisoras comerciales intentan satisfacer los gustos mayoritarios (cosa que siempre implicará nivelar por lo bajo), y nadie espera que una emisora comercial abra un espacio para, por ejemplo, la música culta. Sería ingenuo esperar que en la misma emisora en la que suenan Peter Manjarrés o Los diablitos, podamos oír las difíciles composiciones de Alfred Schnittke o de Sofía Gubaidulina. O a los Arctic Monkeys. Aceptamos que hay músicas que tienen un público minoritario, o de nicho, y que la misión misma de las emisoras comerciales no incluye la posibilidad de escucharlas.

Para ello, hay en Colombia otras emisoras: las universitarias. Espacios en su mayor parte subvencionados por las universidades a las que pertenecen, para presentar a los estudiantes y al público general otras músicas. Y otra manera, no comercial, de hacer radio. Sus ratings de audiencia no compiten con los de las emisoras comerciales, porque precisamente están ahí para satisfacer la curiosidad y la sensibilidad de un público minoritario. Para que los oyentes tengamos la posibilidad (y el privilegio) de no tener que someternos a la tiranía del reggaetón de Kevin Flores.

Las emisoras universitarias están agrupadas, desde hace diez años, en una red que vela por sus intereses. Esa red tiene 45 emisoras afiliadas, y en su página web se lee con claridad la misión de este tipo de emisoras: “las emisoras educativas universitarias tienen a su cargo la transmisión de programas de interés cultural, sin ninguna finalidad de lucro, con el objeto, entre otros, de difundir la cultura, la ciencia y la educación, de estimular el flujo de investigaciones y de información científica y tecnológica aplicada al desarrollo, de apoyar el proyecto educativo nacional y servir de canal para la generación de una sociedad mejor informada y educada”.

Precisamente porque se distingue tan claramente de la radio comercial, porque abre la posibilidad de experimentación con nuevos formatos radiales, porque su misión es eminentemente educativa, y porque su labor no está dictada por la necesidad del beneficio económico, la radio universitaria en Colombia está exenta del pago del derechos de autor. O eso se creía. O eso dice la Ley 23 de 1982, que rige los derechos de autor en Colombia.

El problema es que a Sayco no le gusta esa ley. En su cuestionada trayectoria, Sayco ha demandado dos veces a la Emisora cultural de la Universidad de Antioquia, por no pagarle lo que Sayco considera que le debe. Las dos veces, Sayco ha perdido la demanda.

No contenta con los fallos del juez, increíblemente, Sayco ha decidido demandar una tercera vez. Ante las argumentaciones de “cosa juzgada” de los asombrados abogados que representan a la emisora universitaria, en el juzgado se alega que “lo que está cobrando Sayco son unos periodos diferentes a los discutidos en el proceso anterior.” Dan ganas de reír. Y de llorar.

La red de emisoras universitarias lleva un juicioso registro de los pagos que han tenido que hacer a Sayco sus emisoras afiliadas: las variaciones en los cobros (tomando como referencia la emisora que menos paga) llegan a un 548%. Nadie parece capaz de explicar el por qué de esas enormes variaciones en los montos cobrados. Quizás la explicación no sea otra que la nefasta costumbre colombiana del SEM: “según el marrano”. Pruebas tiene esta revista de que en el pasado se negociaban los cobros. y de que se podía ir a rogar para que le bajaran por favor el monto. Y de que las súplicas funcionaban, dependiendo de quién fuera a pedir y cómo. ¿Un secretario de cultura al que Sayco le acababa de informar que para poder hacer un evento de ciudad tenía que desembolsar una cifra astronómica? Quizás. ¿Un promotor de conciertos al que le cobraban el aforo completo aunque no se hubiera vendido? Depende. Las cosas nunca eran claras.

La mañana del 11 de noviembre de 2011 la poderosa maquinaria mediática de Julio Sánchez Cristo logró que en menos de cinco horas, el gobierno, obediente, interviniera Sayco. Pero en la misma emisora La W se preguntaban hace menos de dos meses, ante la renuncia de Andrés Espinosa a su cargo de gerente de la entidad, si a pesar de toda su campaña de denuncia, nada había cambiado en la organización.

Como las emisoras universitarias no tienen ánimo de lucro, cifras como los 8 o 10 millones de pesos que puede llegar a cobrarles Sayco anualmente a cada una ponen en peligro su misma existencia. Sí, esas son las cifras que mueve (felizmente) el mundo de la cultura. Si hay una ley que exime a las emisoras universitarias del pago de derechos de autor, ¿qué le cuesta a Sayco respetarla? Si ha perdido dos veces su demanda contra la emisora del Universidad de Antioquia, ¿por qué no acata el fallo? y por último, en aras de la claridad y la transparencia que tanto publicitan ahora en su página web, Sayco debe explicar la oscilación de los montos de sus cobros a estas emisoras. Sería irónico que fuera la misma Sayco la responsable del cierre de las emisoras educativas en las que se escucha la mejor música del país.

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