BUSCAR:

No puede ser

Arcadia 87

Editorial No.87

Este editorial se pregunta: ¿Por qué todavía en Colombia no nos acabamos de creer que la cultura es una pieza clave del progreso?

Por: Revista Arcadia

Publicado el: 2012-12-18

A las cuatro de la tarde del sábado 8 de diciembre las 1.635 sillas del auditorio del León de Greiff estaban ocupadas. Los asistentes estaban todos a la espera del bombástico inicio del Carmina Burana. La Orquesta Filarmónica de Bogotá en pleno, el Coro de la Ópera de Colombia y el coro infantil Crescendo alistaban su entrada al escenario. Lo mismo hacían su director Enrique Diemeke, la soprano venezolana Mariana Ortiz, el contratenor argentino Damián Ramírez y el barítono español Antonio Torres. Un documental contaba la historia de la Orquesta, que celebraba esa tarde, con la monumental y enérgica cantata de Carl Orff, sus cuarenta y cinco años de vida.

Los intérpretes tomaron su lugar y afinaron sus instrumentos. Pero sucedió algo inesperado. El violinista José Arroyo, presidente del sindicato de trabajadores de la Orquesta, tomó el micrófono y en un emotivo discurso elogió la labor de la directora, María Claudia Parias, y lamentó su renuncia. Y pidió al público enviar por Twitter mensajes al Alcalde para que no la aceptara.

El discurso dejaba en el aire la sensación de que Parias renunciaba, a su pesar, por presiones que parecían provenir desde dentro de la institución. ¿Cómo era posible que una gestora que logró lo imposible –subsanar los enormes líos laborales y jurídicos que heredó hace cinco años–, abandonara su puesto? ¿Por qué se marchaba una profesional que llevó a la Orquesta hasta los Grammy, que logró la dificilísima concordia necesaria para que una orquesta pueda tocar, que llenó cada mes de música sinfónica los parques del sur de la ciudad, que tuvo la audacia de ponerla a interpretar a compositores tan complejos como Sofía Gubaidulina en la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el barrio Olaya, abarrotada de público? ¿Qué pasó?

La orquesta se presentaba en su casa, el León de Greiff. En los últimos cinco años el auditorio ha cambiado dramáticamente. Hace cinco años, ese mismo auditorio, una de las joyas arquitectónicas de Colombia, estaba tugurizado. El sótano sufría inundaciones permanentes. Las salas de ensayo eran depósitos de basuras. Las instalaciones eléctricas no funcionaban, los camerinos estaban destruídos (¡había camas donde debían guardarse los instrumentos!) y las caracolas acústicas, diseñadas para insonorizar el recinto, habían sido burdamente adaptadas como oficinas. El auditorio que debía ser un espacio privilegiado para la música, era utilizado para seminarios y cursos libres, y estaba cerrado al conservatorio de música de la propia universidad. Así lo encontró Belén Sáez de Ibarra cuando la nombraron directora de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional. Y Sáez de Ibarra se dio a la tarea de repararlo. Cambió el entretecho –una compleja obra de ingeniería–, instaló un sistema eléctrico nuevo, clausuró las habitaciones mal utilizadas, puso al día el sistema de drenaje de aguas, actualizó los equipos de luz y sonido, cambió los sistemas de incendio que no funcionaban (horror), le hizo mantenimiento a la tramoya, y le devolvió la dignidad a un edificio que es patrimonio arquitectónico de la nación.

En estos cinco años, mientras Parias se enfrentaba al reto titánico de desfazer los entuertos jurídicos heredados, Sáez de Ibarra logró volver el auditorio un escenario con vocación de formación y producción de contenidos artísticos. Lo sacó de su absurdo aislamiento y estableció relaciones institucionales con todo el sector musical del país, y logró convertirlo en la casa del sistema coral y de orquestas en Colombia.

Mientras María Claudia Parias grababa Mestizajes, un proyecto musical que unió a la Orquesta con los mejores cantantes de la música popular nacional, Belén Sáez curaba las exposiciones de arte más impactantes que ha tenido el Museo de Arte Moderno de la Universidad en su historia: Clemencia Echeverri, José Alejandro Restrepo, Luiz Camitzer, Hanna Collins, Ryoji Ikeda, Miguel Ángel Rojas, han presentado en el museo retrospectivas comisionadas por Sáez que han abierto la Universidad a la ciudad. Con exposiciones como La memoria del otro o Distopías el museo se insertó de manera ejemplar en el panorama internacional del arte contemporáneo. Pero hoy, ad portas de la exposición más significativa del arte nacional, Sáez se encuentra a punto de renunciar. ¿Qué pasó? ¿Por qué dos de las más serias gestoras culturales del país no pueden trabajar en paz? ¿Por qué no tienen el apoyo institucional que merecen?

Ah. Ahí están: las intrigas. Los juegos de poder. La política. Los celos. La humana mezquindad, la humana vanidad que nos carcome. Que nadie brille con luz propia. Que a nadie se le ocurra no ser acomplejado. Que nadie deje de ser el humildito burócrata lameculos que requiere el poder. Es la lucha entre el provinciano y reaccionario apego a un pequeño poder, y una visión progresista y audaz, que quiere trabajar por el sector cultural con profesionalismo. A los afectos al poder (y al joder) siempre les ha dado miedo el conocimiento. Y saben que es mejor remplazarlo cuanto antes por mentes aquiescentes y doblegadas.

En el caso de Parias, desde anónimos difamatorios hasta amenazas telefónicas. En el caso de Sáez, el infierno de las zancadillas diarias, los bloqueos y el boicot. Este editorial se pregunta: ¿dónde está el respaldo institucional que debe tener la buena gestión cultural? ¿Por qué es tan difícil entender que los procesos culturales inciden de manera directa en la formación de la ciudadanía? ¿Por qué todavía en Colombia no nos acabamos de creer que la cultura es una pieza clave del progreso? A Antonio Caballero le preguntaron una vez qué diferencia al hombre de los animales. “El arte”, respondió. En el caso de María Claudia Parias, el Distrito, al parecer, ya perdió. En el caso de Belén Sáez de Ibarra, el rector de la Universidad Nacional y la Ministra de Educación aún están a tiempo de evitar un descalabro.