El editorial de la edición 121 cuestiona la decisión de Colciencias de quitarle apoyo a los doctorados en humanidades.

No se puede vivir de la cultura

¿Necesitamos más ciencias exactas y medibles? Carolina Rivera, investigadora del Observatorio de Ciencia y Tecnología dice que "es más rentable trabajar en energías alternativas que en mecanismos de diálogo en una vereda de un municipio recóndito”.

2015/10/23

Por Revista Arcadia

Carolina Rivera, investigadora del Observatorio de Ciencia y Tecnología, declaró el pasado domingo 11 de octubre al diario El Espectador lo siguiente: “No se trata de decir que unas áreas son mejores que otras. Desde la literatura académica y sistemas de países industrializados sí hay evidencia de que áreas como ingenierías y ciencias básicas tienen mayor potencial de fortalecer el crecimiento económico. Las ciencias sociales actúan, por lo general, sobre problemas más locales. Es más rentable trabajar en energías alternativas que en mecanismos de diálogo en una vereda de un municipio recóndito”. Su declaración apareció en el marco de un artículo de Pablo Correa y Steven Navarrete titulado “¿El fin de las humanidades?”, en el que los dos periodistas recogían una polémica desatada por la convocatoria 727 de Colciencias, que, palabras más, palabras menos, les quitó el apoyo a los programas de doctorado en Humanidades del país. La misma investigadora les dijo a los periodistas que muchas universidades preferían dichos énfasis pues resultaban menos costosos y eran más fáciles de crear. La evidencia es contundente: en Colombia hay 82 programas de doctorado en Ciencias Humanas frente a 46 en Ciencias Naturales y Exactas y 44 de Ingeniería.

Las declaraciones de una investigadora como Rivera se unen al viejo coro que predica que necesitamos más ciencias exactas y medibles que argumentos peregrinos que acudan a la sociología, la historia, la literatura o las artes, por mencionar solo algunas de las llamadas Ciencias Humanas, pues el país está saturado de “carretudos” que viven del cuento y hay pocos científicos de verdad, verdad. Todo lo cual indica que los argumentos para fortalecer el estudio de Ciencias Exactas se hace, como suele ocurrir en el país con mucha frecuencia, castigando a alguien para premiar al de al lado. No hay, pues, argumentos distintos que ciertos estudios que demuestran, según el razonamiento de Rivera, que produce más dinero y desarrollo el estudio de las energías alternativas, que en mecanismos de diálogo en una región recóndita. Aunque no dice cuál región recóndita, podría estar hablando de este país, que para muchos lo es. Y aunque nadie duda de la importancia de pensar en el desarrollo de las ciencias para construir un país más equitativo en lo ambiental, traer a cuento el diálogo como un valor insustancial, en los tiempos que corren, es, cuando menos, improcedente. Y lo es porque Colombia necesita con urgencia mecanismos que construyan puentes. Puentes que quizás han quedado a medio hacer por ingenieros inescrupulosos a quienes se les caen edificios ante los atónitos ojos de todos, pero que solo las humanidades son capaces de tender. Eso no necesita de estudios académicos de otros lugares. Coinciden miles de personas en afirmar que nuestros recursos culturales “son fundamentales para nuestro entendimiento mutuo y pacífica convivencia”, como lo escribió Umberto Eco, en el mismo diario, unas páginas después, en su columna de opinión.

A Colciencias parece estar ocurriéndole lo mismo que a los protagonistas de una célebre campaña de publicidad de un banco. Su estrategia, que persigue un fin estimable, parece fuera de lugar. Nada más inoportuno que enfrentar hoy dos posiciones que no tienen por qué ser contrarias. No se trata de enviar el mensaje de que es imposible que las matemáticas, la física, la química, la genética, la ingeniería o la medicina sean incompatibles con la historia y la filosofía, sino de aprender que un mundo sin cualquiera de ellas sería muchísimo más pobre en todos los sentidos. Si es verdad que el Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación está listo para afrontar el posconflicto, tendría que tener conciencia de que no es emulando al ministro de Educación japonés, Hakuban Shimomura, quien ya logró el cierre de 26 facultades de Humanidades en su país con el argumento de que hay que formar gente capaz de “servir en áreas que llenen mejor las necesidades de la sociedad”; o al ministro italiano Giulio Tremonti, quien afirmó hace unas décadas que “no se puede vivir de la cultura”. Un país serio no forma científicos para desechar literatos y antropólogos.

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