El I Festival Internacional de Música de Bogotá fue espectacular

Sí hay cama pa’ tanta gente

Arcadia celebra la excepcional gestión del Festival Bogotá es Beethoven.

2013/04/12

Por Revista Arcadia

La noche que Andrei Farkas llegó al hall del Julio Mario con un letrero colgado al cuello, mucha gente le tomó fotografías y las subió a Facebook. Una de ellas circuló tanto que obtuvo 1.600 likes en menos de una hora. La foto fue tomada el 30 de marzo a las 8 de la noche. Farkas, un húngaro que vive en Bogotá hace años, dueño de algunos restaurantes en Usaquén, había llegado temprano a pararse en la puerta del teatro de Suba. Su letrero decía: “Compro 2 boletas para las Sinfonías 1 y 9”. Aquella noche la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría, bajo la dirección de Janos Kovaks, interpretaría las sinfonías n.º 1 y n.º 9 de Beethoven, en el cierre del Festival Bogotá es Beethoven. Y hacía más de dos meses que no había una sola boleta para la venta. Un letrero en la taquilla parecía responderle a Farkas: “Todos los conciertos están agotados”.

Un año antes, María Claudia Parias se montaba en un avión rumbo a Seul, a donde llegó para presentar la candidatura de Bogotá ante la UNESCO para formar parte de la Red de Ciudades Creativas de la Música. Hasta entonces, solo había cuatro en el mundo y todas estaban en Europa: Sevilla, Glasgow, Ghent y Bolonia. Como los títulos no se reparten tan fácilmente como quizás se pudiera creer –no hay dinero de por medio–, no era evidente ganar la nominación. Se competía, por ejemplo, con Sapporo, la ciudad japonesa en la que se fabrican algunos de los instrumentos más preciados del mundo. Pero Bogotá ganó. Y ganó gracias a la clara directriz de la pasada Alcaldía de Bogotá y gracias al buen trabajo de Invest in Bogotá, una agencia público-privada para la promoción de la marca Ciudad.

Es raro: esas nominaciones traen consigo más compromisos que premios. Uno se gana un calificativo, “Bogotá, ciudad creativa de la música”, ¿y luego qué? Pues ahí estuvo Ramiro Osorio para inventarse un Festival Internacional de Música. Pero ¿otro festival? ¿Cómo así? ¿Uno con 56 eventos en cuatro días? ¿En Semana Santa en Bogotá? ¿Y solo de música clásica? ¿Si hay público para tanto evento? ¿Con el infierno que es el transporte en la ciudad? ¿Con lo que le gusta a la gente quedarse en su casa viendo televisión? ¿Será que ese señor se enloqueció? Pero si aquí hace frío. Si no hay plata. Si la pereza…

Y sí. Como hubiera dicho Fanny Mikey, fueron 56 conciertos, 420 artistas y 11 escenarios. Tres en el Julio Mario (el Teatro Mayor, el Teatro Estudio y la Biblioteca misma), la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el Jorge Eliécer Gaitán, los centros comunitarios de La Victoria y Servitá, y las otras tres megabibliotecas: Tintal, Tunal y Virgilio Barco. Al final, Tuboleta.com reportó una venta del 91 por ciento de la boletería disponible, que equivale a 23.000 boletas.

Y las cosas pasaron bien: los conciertos comenzaron puntuales, fueron maravillosos, y los teatros estaban a reventar. Ante este festival hay que quitarse el sombrero.

¿Cómo lograron que el evento funcionara tan bien? Primero, porque tenían a Sandra Meluk al frente de la gestión de la programación. Una mujer de una energía explosiva, incansable y tranquila a la vez. Es la gran estrella tras bambalinas de este evento. Y claro, el mérito de Osorio por haberla contratado. Segundo, una campaña publicitaria incluyente y amable, que invitaba a jóvenes punketas, a mariachis y a taxistas. Si bien un poco cursi a ratos en sus guiones para video, en su concepto gráfico sí fue un hit.

Un hit en los estratos altos y medios. ¿Y en los bajos? ¿En los centros comunitarios de Servitá y La Victoria, qué tal les fue? Allí el reto era duro. La música clásica es ajena. La sensibilidad es otra, como otra es la herencia musical.

En el suroriente de Bogotá, arriba del barrio Veinte de Julio, en el barrio La Colmena, en la localidad de San Cristóbal, exactamente en la calle 36M Sur con carrera 2 Este, queda el Centro Comunitario La Victoria. El edificio impresiona: tiene piscina olímpica (prístina), canchas deportivas y un auditorio para trescientas personas. La directora del centro, Lucinda López, no hizo la tarea con tanto juicio como se le había encomendado. Dejó la boletería que se le había entregado en los mostradores de la biblioteca. La gente apenas si la miró. Cuando llegó el cuarteto de la Orquesta Simón Bolívar para el primero de los tres conciertos que tendrían lugar allí, no había público. Ni siquiera estaba la directora. Pero como la organización del evento fue impecable, el enviado de esta revista vio a un directivo del Teatro Julio Mario allí, acompañando a la orquesta. ¿Qué hizo ante el impasse? Tenía apenas una hora. Y se fue a la calle, a las tiendas, al hospital, a los parques, animando a los transeúntes con un insólito “pase y vea, que no se arrepentirá”, que voceó sin pudor. Lo acompañaron los acomodadores y la gente de primeros auxilios. Al tercer día la voz se había corrido por el barrio. La gente llegó con sus hijos. El auditorio se llenó. Aplaudió entre movimientos (el último tuit del melómano y periodista Camilo Durán antes de su muerte fue: “Nunca he logrado entender por qué en los conciertos de música clásica no se puede aplaudir entre dos movimientos”) y también al final, de pie. Hubo encores. Qué fácil fue. Bastó un entusiasta empujón.

Digan ustedes, lectores, ¿no les parece emocionante?, ¿no los hace aunque sea un poco, un poquito felices la información contenida en este editorial? Hay otra ciudad. Ahora solo falta que el inmenso esfuerzo y entusiasmo de las iniciativas individuales se convierta en política pública. Y es a eso a lo que hay que apuntar.

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