Sigamos gritando

Dentro de la contienda electoral que acabó de vivir el país quedó faltando, una vez más, la cultura. "¿Creen en verdad los dos candidatos que sin el acervo y la memoria, sin la idea de un mundo del que hemos tenido noticias gracias al arte, la literatura, el cine, el documental, la música, la historia, la filosofía etcétera, se podrá construir un país equitativo, reflexivo y capaz de confrontarse con sus heridas para salir adelante? "

2014/06/20

Por Revista Arcadia

Más allá del resultado de las elecciones del pasado domingo –este editorial se escribe antes de conocer quién es hoy el nuevo presidente de Colombia para el periodo 2014-2018– una vez más la cultura ha sido la gran ausente en los debates públicos. Ajena y soslayada en los grandes discursos, la cultura sigue siendo asociada en nuestro país con el entretenimiento como si en verdad creyéramos, como sociedad, que se trata de un tema que no es consustancial a nuestros problemas sino más bien accesorio.

Una vez más el debate político se ha centrado en la situación de crispación y violencia que vivimos desde hace sesenta años, o desde siempre, según se mire la historia contemporánea de Colombia. De nuevo, nuestros contemporáneos creen que llegará el día de la cultura cuando alcancemos la paz. Una vez más nos encontramos con generalidades que hubieran podido ser escritas para un plan de gobierno de un colegio pero no para el de un país que, se supone, quiere alcanzar la modernidad (y decimos que se supone porque así lo parece). ¿Creen en verdad los dos candidatos que sin el acervo y la memoria, sin la idea de un mundo del que hemos tenido noticias gracias al arte, la literatura, el cine, el documental, la música, la historia, la filosofía etcétera, se podrá construir un país equitativo, reflexivo y capaz de confrontarse con sus heridas para salir adelante?

Ante una revisión de los dos programas de gobierno de los candidatos, la conclusión no puede ser más sombría: vivimos en una sociedad que cree que la cultura es una de las partes que conforman la izada de bandera, o quizá las horas muertas después de la jornada escolar. Dice el programa de Óscar Iván Zuluaga lo siguiente: “Solamente el 59,4% de los hogares colombianos leen con niños y niñas menores de 5 años”, ese es el diagnóstico para comenzar su programa de cultura que tiene, exactamente, 783 palabras, menos de una cuartilla, incluyendo tres tablas estadísticas que nos dejan con la boca abierta: una de lectura en los últimos doce meses, una de asistencia a cine y otra de asistencia a espacios culturales. Eso es todo. Después viene una andanada de generalidades que muestran, sobre todo, desprecio por la cultura. “Al Ministerio de Cultura lo convertiremos en un motor de emprendimiento creativo, difusión y protección del patrimonio folclórico, histórico y ancestral del país, al igual que el orientador de la política pública para el deporte”. (¿Sabe el equipo de Óscar Iván Zuluaga que el deporte se independizó hace cuatro años de MinCultura?¿O es un anuncio de que, de nuevo, las ministras ocupadas con la ampliación del Museo Nacional o de la infraestructura de una Biblioteca en Mitú serán las designadas para llamar a Nairo cuando gane otro Giro mientras asisten a los Juegos Panamericanos del Caribe?) ¿Alguien entiende de qué se trata ese trabalenguas mal redactado, de relleno, como si nadie fuera a leerlo? ¿Estará llamado este hipotético ministerio a ser la sección de organización de ferias y fiestas para promover los valores de la patria? De ahí en adelante el panorama no puede ser peor: puras ideas vagas con palabras y palabras que no quieren decir nada. Juzguen ustedes los nombres de los programas: Museos de clase mundial, Orquestas para la paz, Festivales y carnavales para la identidad colectiva (sic)…

En cuanto al diagnóstico del aún presidente de los colombianos, se limita a hacer un resumen ejecutivo de sus logros de estos cuatro años, pero no mucho más. Es cierto que los indicadores sirven para señalar cosas, pero la verdad, ante un escenario como el que vive Colombia, y ante el cual Santos ha mostrado una voluntad algo más moderna, no podemos seguir cayendo en exponer la cultura como se la muestra en su programa de gobierno: unas niñas vestidas de pilanderas le sonríen al candidato… una vez más la izada de bandera (y el problema, por supuesto, no es de las pilanderas). Los indicadores están disponibles para quienes quieran consultarlos: bibliotecas, centros culturales, dotación del Plan de Música, etc, pero de fondo, nada. De políticas culturales, poco: es un informe sin alma que no atraviesa al país de la paz, y no por culpa de su ministerio, por supuesto, sino de quienes han diseñado el programa de gobierno.

No es este el editorial para juzgar el plan de un gobierno que acaba, o que entra en recesión, según quién haya ganado la elección. Pero sí para que nos preguntemos si creemos que la cultura es una entidad lejana, que nada tiene que ver con nosotros, que se merece que su presentación, campaña tras campaña, sea una especie de receta o de gran lugar común. La cultura, más allá de lo extenso de su definición –desde la antropología o desde las artes clásicas, qué importa—debe dejar de ser la vocacional o la asignatura pendiente para convertirse en un verdadero asunto por parte de quienes gobiernan o gobernarán este país. No es una nadería, no es una tontería para sacar pecho cuando los eventos funcionan, o se inauguran bibliotecas, o se la confunde con la educación, o se muere un gran escritor: la cultura es la posibilidad cierta de encontrar territorios lúcidos –u oscuros—en medio de la incertidumbre, comprobar que nuestro pasado ha estado plagado de los mismos errores de este eterno presente, constatar que nuestra palabra ha nombrado el mundo, que las imágenes de lo que somos existen desde hace mucho tiempo, que las metáforas de las que podemos servirnos están a disposición de todos. La cultura es mucho más que un embeleco de unos cuantos, y eso, queridos excandidatos, no ha sido entendido por ustedes. Ojalá lo entiendan. Conmoverse es más importante que gritar.

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