Arcadia 108

Un secreto desdén

Ha llegado la hora de que quienes nos interesamos por abrir el mundo a través de la literatura reconozcamos el valor de personajes como Chigüiro que, de seguro, es tan conocido por cientos de nuestros niños como el coronel Aureliano Buendía lo es entre los lectores adultos.

2014/09/23

Por Revista Arcadia

El Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil 2014 entregado a Ivar Da Coll por la editorial sm y la prestigiosa fil de Guadalajara, el pasado 8 de septiembre, es un reconocimiento a un sector de la literatura colombiana que ha sido mirado con algo de desdén por la literatura de adultos. Da Coll ha sido un ilustrador que ha hecho una carrera constante durante casi 30 años y que ha mostrado, como pocos, la idea de cómo la infancia no es el territorio de la inocencia sino de las preguntas fundamentales.

Por la especificidad de sus tratamientos, por insistir silenciosamente en sus carreras, decenas de escritores e ilustradores del mundo siguen siendo desconocidos por los medios y por el grueso de los lectores que, siendo cultos, sienten una especie de paternalismo por un oficio noble y arriesgado que ha cambiado mentalidades entre millones de lectores que tuvieron la suerte de asomarse en su infancia o en su madurez –no son solo libros “para niños”–a los tremendos trazos de Tomi Ungerer, creador de hermosos libros como Los tres bandidos; de Arnold Lobel, autor de El tío elefante, uno de los más tristes cuentos de los que se tenga noticia; de Astrid Lindgren, autora de Pippi medias largas; del clásico Roald Dahl, más conocido entre el gran público gracias a las adaptaciones de Tim Burton, o de Gianni Rodari, cuyos Cuentos por teléfono deberían ser de lectura obligatoria en los colegios colombianos para entender que no todas las relaciones deben obedecer a los patrones establecidos.

Ivar Da Coll es, por cuenta de este premio, la cabeza de un trabajo tozudo que comenzó en Colombia hace décadas con la puesta en marcha de colecciones infantiles en editoriales de mediano y gran tamaño, como Carlos Valencia Editores o Norma. Eran los años ochenta y un grupo de entusiastas quiso que nuestros lectores también contaran con libros escritos e ilustrados en el país para que los niños de entonces pudieran reconocerse, abismarse a los universos míticos o urbanos, y pensar que las historias de los clásicos ya mencionados también podían suceder aquí.

Gracias a dicho empeño, miles de niños crecieron leyendo los buenos libros de autores e ilustradores como Alekos, Olga Cuéllar, Esperanza Vallejo, Triunfo Arciniegas, María Fornaguera, Yolanda Reyes, Irene Vasco o Luis Liévano, editados por gente que conocía y había estudiado el oficio de hacer libros para niños, asunto que tiene una especialidad y una especificidad únicas. La creación y la puesta en marcha de esos dos proyectos editoriales, sumadas a la edición que de allí en adelante emprenderían personas como María Osorio, Silvia Castrillón, Cristina Puerta, Adriana Martínez, María del Sol Peralta o María Fernanda Paz Castillo, por solo mencionar algunos nombres de distintas generaciones, encuentran hoy un reconocimiento que todos deberíamos celebrar, pues si alguna potencia editorial tiene la Colombia de hoy es la de la edición infantil y juvenil.

En el mercado se encuentran decenas de buenas colecciones como las de Océano, Babel Libros, Fondo de Cultura Económica, Alfaguara o la mencionada Norma –cada vez con menos persistencia– que publican y editan anualmente a autores e ilustradores que consiguen premios, intercambian contenidos con otros países, participan en ferias internacionales y piensan y creen que los lectores de hoy serán definitivos para la construcción de un futuro más crítico y reflexivo. Esto, sumado a las políticas públicas como las compras del Ministerio de Cultura que en el pasado cuatrienio alcanzaron la cifra récord de nueve millones de libros para pequeños; o políticas como Libro al Viento, de Idartes; las estrategias de promoción de lectura de instituciones como Fundalectura; los salones especializados en la Feria del Libro de Bogotá; los eventos de carácter más juvenil y adulto como el próximo Entreviñetas; las invitaciones internacionales como la que se le hizo a Colombia al Salón del Libro Infantil y Juvenil en Río de Janeiro, son solo algunos ejemplos de por qué es necesario pensar a la literatura para niños y jóvenes con seriedad.

Ha llegado la hora de que quienes nos interesamos por abrir el mundo a través de la literatura reconozcamos el valor de personajes como Chigüiro que, de seguro, es tan conocido por cientos de nuestros niños como el coronel Aureliano Buendía lo es entre los lectores adultos. Sentir que se puede hablar, a través de estos libros, de temas que parecen aún proscritos en la educación actual del país es quizá darle una oportunidad a que seamos realmente diversos y tolerantes: que el miedo a lo desconocido no nos haga dueños de verdades que arrasan y terminan arruinando vidas.

*

Arcadia se solidariza con los familiares y amigos de Roberto Franco, politólogo, investigador y uno de los pioneros en las pesquisas sobre temas de indígenas y medio ambiente en Colombia desde la academia. Franco, fallecido el domingo 7 de septiembre, fue una voz siempre lúcida para las ciencias sociales en el país.

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