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La metamorfosis del espíritu

Reseña de '29 cartas: autobiografía en silencio' de Julio Paredes.

2016/10/26

Por Catalina Holguín

Dentro del género de las novelas de apocalipsis, muchas son las formas en las que el mundo pierde su contorno familiar. Sale a flote la violencia, la competencia extrema: escenarios de destrucción que ponen en duda todo lo que damos por sentado. Pienso en La carretera, de Cormac McCarthy, o El país de las últimas cosas, de Paul Auster, donde la sociedad se reinventa drásticamente en medio de paisajes estallados y códigos morales improvisados y brutales. Todos cambian porque el mundo ya es otro. En la novela epistolar del escritor colombiano Julio Paredes, 29 cartas: autobiografía en silencio, el apocalipsis es individual, íntimo. El protagonista y autor de la cartas se llama J., un lingüista experto en idiomas en vías de extinción. Sin previo aviso ni motivo aparente, J. sufre un colapso mental catastrófico que le borra toda la memoria y hasta la noción de su propia identidad. La convalecencia de tres años lo obliga a volver a aprender quién es, a partir de la voz y la memoria que los otros guardan de él.

En una sucesión de 29 cartas dirigidas a Inés —una mujer con la que tuvo alguna relación y de quien solo guarda una carta— J. va reconstruyendo su presente y un posible futuro. Con cada carta avanza tentativamente en el redescubrimiento de su identidad o, como él dice, en “el aprendizaje de esta nueva ficción”. El rescate ocurre en medio de la más absoluta cotidianidad: J. sigue viviendo en su casa, pero su antigua biblioteca lo amenaza con un significado inalcanzable; su hija Constanza sigue acompañándolo, pero él ya ni siquiera recuerda el peso de su cuerpo cuando nació; su novia Mónica no lo ha dejado, pero el descubrimiento de que el amor es una ficción mutua asfixia la relación; y su hermana, con quien nunca tuvo mucha cercanía, lo cuida pacientemente durante los tres años de su extraña convalecencia. Las cartas son también el registro de alguien que mira su vida propia y todo cuanto la define con la extrañeza de un recién llegado a un lugar ya viejo. La fantasía de verse a uno mismo así es muy tentadora. Quizá por este motivo, las cartas son melancólicas pero también esperanzadoras e inusitadamente bellas.

Al igual que Inés, la biblioteca es otra protagonista silenciosa de esta novela. Frente a las infinitas estanterías incrustadas en la casa —“la presencia diaria más poderosa y evidente de mi vida anterior”— J. se choca con un aspecto de su personalidad que nadie le puede ayudar a reconstruir. La biblioteca es muda: “Sé que se trata de la única experiencia sobre la que nadie más me podría ofrecer un indicio próximo a lo que pude sondear y obtener ahí. De todos los demás actos, costumbres, faltas o interrogantes pasados, puedo echar mano de algún testigo más o menos cercano”. La biblioteca, en cambio, así como el conjunto de lecturas y pensamientos ocultos en un cajón inaccesible para J., se convierten en un lastre permanente.

En esta novela, Paredes pone la precisión del lenguaje y la energía del cuento corto al servicio de una novela epistolar de una sola vía —ya que Inés nunca contesta las cartas— muy conmovedora. Con cada carta, J. se acerca a una nueva definición de sí mismo, pero a la vez, desfila al borde del desvanecimiento. La naturaleza efímera de su identidad toma forma en una serie de nubes, fotografiadas disciplinadamente a lo largo del año que dura su correspondencia con Inés. Las nubes son los mejores retratos de su mente a la deriva. Estas fotos acompañan las cartas, lo mismo que una serie de imágenes de una biblioteca, de sombras y resplandores, de relojes parados en el tiempo, estanques de agua oscura, ángulos de ventanas o dibujos misteriosos que revelan el estado de ánimo o el tema de cada carta. En un homenaje directo al escritor alemán W. G. Sebald, Paredes usa las fotos para añadir un aura fantasmal a un texto finamente construido que se balancea entre la ficción y la realidad. A diferencia de Sebald, en esta novela la ruina y la destrucción están adentro de uno, no en el mundo exterior.

Las imágenes también hacen parte de un juego donde se mezcla la identidad de J. con la del autor. Leí una primera versión de este manuscrito hace dos años. Estaba incompleto —quizá llegaba hasta la carta número 15— y a cada carta la acompañaban fotos que son destellos de la vida real de Julio: la biblioteca laberíntica, las esquinas y ventanas de las casas donde ha vivido, los objetos de sombras prolongadas, los grabados. Además de las imágenes, reconocí varios hitos del paisaje mental de Julio y de sus lecturas recurrentes, todo transformado bajo el manto de la ficción. Y sentí en esa primera lectura que finalmente, después de una época complicada, Julio había logrado usar el artificio del extrañamiento propio para salir al otro lado de él mismo. Entendí que su volumen de cuentos, Artículos propios, publicado en 2011, podía ser leído como un ensayo inicial, pero incompleto, de la liberación que anuncia 29 cartas. Me conmovió, como amiga, encontrarlo transformado y pleno en su escritura. Me alegra, como lectora, saber que otros podrán encontrarse con un libro honesto y diáfano.

29 cartas: autobiografía en silencio | Julio Paredes | Babel libros | 146 páginas | $24.000

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