Humboldt nació en Berlín en 1769 y murió en esa misma ciudad, en 1859.

Alexander von Humboldt: el inventor de América

Ahora que la obra del polímata empieza a ser reevaluada, amerita recuperar el legado romántico de un hombre que, a medio camino entre la ciencia y la poesía, creó los cimientos literarios para hablar sobre la naturaleza en nuestro continente.

2016/11/22

Por Javier Fandiño* Bogotá

En la primera mitad del siglo XIX, cuando la ciencia era hermana de los viajes de exploración, Alexander von Humboldt fue el más reconocido de los naturalistas en ambos lados del Atlántico. Le dieron fama su extensa obra, sus descubrimientos, el prestigio de sus expediciones americanas pero también, y sobre todo, la posición singular que supo ocupar: la del científico y el romántico en medio de la naturaleza. Si como explorador científico encarnó los sueños de expansión colonial europea, como naturalista romántico y como poeta de la naturaleza dio sustento a la causa política de las independencias y a la reivindicación y a la refundación de lo americano.

Humboldt viajó por territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú entre 1799 y 1803. Pasó un año en México –de marzo de 1803 a marzo de 1804– y un par de meses en la costa este de Estados Unidos antes de volver a Europa en julio de 1804. La primera vez, entró a Suramérica por Cumaná, pasó por Caracas y se internó en la selva venezolana en búsqueda del canal del Casiquiare, la unión de las cuencas del Orinoco y del Amazonas; la segunda, unos meses después y tras una breve estancia en La Habana, entró por Cartagena, bajó por el río Magdalena hasta Honda, estuvo en Bogotá y de ahí bajó a Quito y a la costa peruana. Estas expediciones por el norte de Suramérica fueron el origen de una parte importante de su obra pero, sobre todo y si se quiere rastrear su influjo en el campo cultural latinoamericano del XIX, de una visión de conjunto y unos motivos, unas formas de representación de la naturaleza americana que habrían de convertirse en canónicas en las décadas siguientes.

Como lo ha señalado la crítica reciente, la obra de Humboldt sobre América es, también, una obra americana. Se vea como un diálogo de saberes o como un acto de apropiación, es un punto de encuentro entre el pensamiento europeo y los saberes americanos, los de las élites liberales criollas fundamentalmente pero, también, los saberes orales y silenciados de indígenas y campesinos. Puede pensarse como una alianza de posiciones: en la disputa narrativa sobre lo americano se requiere, desde el vacío, la autoridad simbólica del otro, su legitimidad, incluso sus imágenes, su retórica, para fundar lo propio. Humboldt fue, también, un lugar de autoridad, un hilo conductor por el que pasaron y se hicieron legítimos todos estos saberes.

Durante el primer siglo de independencia, las nuevas repúblicas latinoamericanas trataron de establecer sus territorios y darles un sentido y una unidad política. Esa necesidad se manifestó, por un lado, en una ansiedad geográfica: explorar, medir, trazar límites, cartografiar el espacio físico. Por otro lado y a la vez que se exploraba el espacio físico, era necesario poblar el espacio de sentidos nuevos y propios: crearlo, (re)fundarlo en términos discursivos; pero, también, escribirlo e inscribirlo en un discurso propio, nacional, americano. Digamos, en otras palabras, que tanto los conocimientos geográficos como las representaciones de los espacios naturales tuvieron alto valor político para las nuevas naciones. En este contexto de necesidad, las expediciones de Humboldt hicieron aportes muy importantes al conocimiento de los territorios (en Colombia traza la cartografía del río Magdalena; en Venezuela, la de la cuenca del Orinoco) pero, también y por otro lado, que su mirada dio a estos espacios, antiguas colonias españolas, una entidad geográfica propia, un valor y un lugar dentro de la idea de una geografía global. La mirada geográfica de Humboldt sacó al espacio americano de una posición subordinada y lo integró en un todo natural, en una naturaleza única y global.

Bolívar ha dicho que Humboldt descubrió América. Convengamos, mejor, que llenó un vacío, un espacio por definir, que esbozó en sus mediciones, en sus clasificaciones, en sus cartografías parciales pero, sobre todo, en sus descripciones emotivas y dramáticas de la naturaleza, una de las primeras imágenes de conjunto del continente suramericano. Bajo la mirada de Humboldt, la naturaleza es un todo, una totalidad. Un todo como sistema natural integrado (cuyas fuerzas quiere develar) y un todo, una totalidad en la que el hombre se reconoce y con la que puede entrar en comunión. Bajo esa mirada, la naturaleza americana se articula en paisajes anímicos, se poetiza, se hace drama y se convierte en lugar de experiencia para el hombre. “La naturaleza, donde quiera que esté” nos dice en Cosmos, “le habla al hombre en una voz que es familiar a su alma”. Humboldt es ese hombre: en los últimos años la academia ha rescatado su nombre como uno de los orígenes del ambientalismo. Su biógrafa Andrea Wulf irá más lejos y dirá que Humboldt inventó la naturaleza, nuestra concepción de naturaleza: esa naturaleza que no puede reducirse al resultado de la aproximación científica y que requiere de la imaginación, de los sentimientos, para ser comprendida. Descubridor de América, inventor de la naturaleza, digamos también y para alimentar la lista, que en Humboldt ?por este camino de ciencia y contemplación romántica? se (re)funda la naturaleza americana.

Humboldt operó como punto de partida, como lugar fundacional de un proceso colectivo (nacional, americanista) que se valió del espacio natural para la invención de lo propio. Su discurso tenía la autoridad y la legitimidad del discurso científico y la carga emocional y romántica propicia para nacionalismos y americanismos. A partir de él, de sus representaciones, se abre un itinerario de paisajes morales, nacionales, fundacionales que recorrerá las letras y el campo cultural del siglo XIX latinoamericano. Por este camino, el espacio, la naturaleza americana, se constituyeron en las respuestas más fértiles a la pregunta inevitable de las nuevas repúblicas, a los necesarios e ineludibles ¿qué somos?, ¿quiénes somos?

A través de escritores, intelectuales, pintores (como nos ha hecho ver Beatriz González, como podemos ver en las láminas de la Comisión Corográfica), la naturaleza de Humboldt será la naturaleza del continente en el XIX. En 1826, Andrés Bello publicó en Londres El repertorio americano, una revista dirigida a “todo americano ilustrado” y dedicada a defender las causas americanas. En todos los números se publicarán textos de Humboldt sobre la naturaleza americana que Bello ha escogido y traducido. En el primer número, junto a la silva “La agricultura de la zona tórrida”, saldrá un fragmento del viaje de Humboldt por el Orinoco. En la estrofa de Bello, momento fundacional de la literatura americanista, están buena parte de los motivos de la naturaleza americana de Humboldt: una alabanza a la abundancia y a la diversidad de la naturaleza americana, la idea del espacio natural americano como espacio vacío, disponible; la disposición del espacio americano como en Cuadros de la naturaleza en la triada montañas, llanuras y selvas. Todos estos motivos, estas imágenes acuñadas por Humboldt, serán para Bello en el poema el origen de un sueño, de un proyecto de una América agraria.

Si Humboldt pensaba la geografía como “escribir la tierra”, el argentino Domingo Faustino Sarmiento y buena parte de las letras del XIX, se apoyaron en sus representaciones del mundo natural para escribir “la nación”. Sarmiento, después de citar a Humboldt en el epígrafe del segundo capítulo del Facundo, describe la pampa con emoción dramática y recomienda la poesía como la mejor forma, la única, de representar la naturaleza americana: existe “un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país”, dirá Sarmiento. Es la naturaleza estetizada, el vínculo entre poesía y naturaleza que han sido establecidos por el naturalista alemán. El Esteban Echeverría de La cautiva, el Manuel Ancízar de La peregrinación de Alpha, fuertemente influido en el tono por Los viajes equinocciales de Humboldt (como su jefe, Codazzi que lo cita con frecuencia y cuya idea de corografía es muy cercana a la idea del paisaje en Humboldt) se acogen a una mirada, a unas representaciones establecidas que terminan en buena medida convirtiéndose en reales. Acaso la historia de Humboldt sea la de un clásico olvidado: lo leemos indirectamente, en otros, en sus influencias.

Humboldt ha sido, ya lo hemos dicho, una mirada. Y esa mirada está también, como drama, como paisaje anímico, tras las representaciones más violentas, más radicales de la relación del hombre con la naturaleza en Latinoamérica. La naturaleza de José Eustasio Rivera o de Tomás González, a la vez maravillosas y trágicas, llenas de horror, de enfermedad, en las que convive lo que nace y canta la vida con lo que muere, lo que perece, lo que se pudre, son hijas, también, de los paisajes anímicos, de la naturaleza sublime del Humboldt romántico. La llanura como espacio de libertad, como espacio disponible para el hombre; la selva malsana e impenetrable, donde el hombre blanco se extravía en la expedición de Humboldt por el Orinoco, preceden también, como representaciones, a las geografías anímicas y morales de Arturo Cova, a la llanura y a la selva de La vorágine. “Dónde está la poesía de los retiros”, canta con amargura Arturo Cova, antes de internarse en la más majestuosa y más espantosa de las selvas de la literatura, en nuestro propio corazón de nuestras tinieblas. En el fondo de nuestras imágenes naturales está Humboldt, como una estética, como unas coordenadas fundacionales; el resto lo hemos hecho nosotros, “el hombre civilizado”, dice Cova en La vorágine, “el paladín de la destrucción”.

Humboldt también es una posición, una distancia, una mirada desde fuera de la naturaleza, la del lugar del observador. Es el lugar de la civilización occidental, organizada para explotar la naturaleza pero es, también y si no lo reducimos a unos “ojos imperiales”, el lugar de la mirada romántica que estetiza la naturaleza y que necesita de la distancia para que emerja el paisaje, el paisaje es distancia, distancia ociosa dirá Raymond Williams. Es el lugar del que emerge el vínculo entre poesía, ciencia y naturaleza, y en esa línea Humboldt será, también, predecesor de Henry David Thoreau, de la sensibilidad y el pensamiento ecologista. Ese lugar híbrido, ese punto de encuentro fue el del hombre de ciencia y el romántico, el de un hombre que tuvo por pasión y por meta entender las fuerzas que regían esa unidad majestuosa, ese orden natural, ese cosmos en el que quiso vivir. En ese lugar surgió una mirada fundadora, una mirada que abrió los caminos de las representaciones propias de la naturaleza americana.

Vale anotar, para terminar, que ahora, en los últimos 20 años y después de estar casi un siglo en el olvido, la figura de Humboldt ha vuelto a salir a la luz de la mano de una ola de trabajos e investigaciones sobre su obra y vida. El caso más reciente es el de una biografía premiada y aclamada: La invención de la naturaleza, de Andrea Wulf, quien estará en el próximo Hay Festival en Cartagena. Aquí, en Colombia, se proyecta para mediados del próximo año el lanzamiento de una obra en cuatro tomos, Humboldtiana Neogranadina del profesor Alberto Gómez Gutiérrez. Los cuatro volúmenes recogen la obra de Humboldt en la Nueva Granada, estudios específicos sobre Humboldt en la Nueva Granada (Margarita Serje, Mauricio Nieto, Jorge Arias de Greiff, entre otros) y, como curiosidad, entre inéditos y perdidos, recuperan una pequeña autobiografía de Humboldt escrita en Bogotá.

*Profesor de literatura.

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