Álvaro Uribe desposita su voto en el plebiscito del 2 de octubre. Mauricio Alvarado / El Espectador

El hipócrita

Al cabo de meses de abogar por el no, y minutos después de haber votado por el sí, o de haber anulado su voto para no comprometerse, Álvaro Uribe estaba proclamando que en el plebiscito habría fraude. ¿Lo decía por su propio voto múltiple? Y doce horas más tarde, cuando se conoció el triunfo del no, estaba por el contrario reclamando el resultado como limpio y como propio suyo.

2016/10/26

Por Antonio Caballero

Vemos aquí al expresidente y senador Álvaro Uribe en su advocación de atildadito niño de colegio, bien peinadito y recién abotonadito por su mamá, exhibiendo para la foto la boca fruncidita de satisfacción del deber cumplido (solo le falta sacar la lengüita rosada por la comisura) mientras cumple con el deber ciudadano de depositar su voto en la urna sagrada de la democracia. Es su carita de yo-no-fuí, tan huidiza como su mirada, tan difícil para los caricaturistas. Parece un monaguillito de terrón de azúcar para adornar un ponqué de boda. Parece el mismísimo niño acólito san Tarsicio mártir, que defendió hasta la muerte la hostia eucarística: su voto por el no. Me vienen a la memoria unos versitos:

“Sé de memoria / toda la historia,/ literatura, / canto y pintura. / Hablo el francés, / hablo el inglés: / Oui, yes.”

Unos versitos que, en mi propia niñez de colegio, describían al niño más repelente de la clase: el lambón, el acusetas, el hipócrita.

Sí, ya sé que “en aras de la reconciliación nacional” los partidarios del en el referendo del otro día no debemos decir lo que pensamos de los promotores de la tramposa campaña del no. Ya sé que debemos abrazarlos, y pedirles (u ofrecerles) perdón: son nuestros hermanos separados. Pero me parece que ese fingimiento me equipararía en doblez con ellos, que proclamaban estar votando por la paz cuando votaban contra los acuerdos de paz. Me equipararía con Uribe, el hipócrita. Y no quiero.

Miren pues aquí al más empecinado promotor de la sucia campaña del no depositando su papeleta de votación en la urna del plebiscito. Está plegándola con prolijo cuidado, con el bolígrafo de marcarla todavía cogido entre dos dedos, después de haberse encerrado un momento en el refugio de cartón que defiende el secreto del voto. La papeleta se ve limpia, virgen, sin ninguna marca. Es una foto publicada en El Espectador (página 8, lunes 3 de octubre), lo cual excluye la posibilidad de que sea un montaje engañoso como los que proliferaron en la campaña uribista. Lo llamativo de la fotografía es que, tal vez por equivocación, o más probablemente —detrás de su carita de yo-no-fui— por deliberado y maligno regodeo en su propia trampa, Uribe está plegándola al revés: mostrando ante el enjambre de fotógrafos que no ha marcado la casilla del no. ¿Marcó en cambio la del ? Habría que preguntárselo. Y diría, según su costumbre: “Siguiente pregunta”. ¿No marcó ninguna de las dos, depositando un voto nulo? Creo que eso es lo más probable: lo más acorde con su personalidad de perverso polimorfo, semejante a la de un bebé: el bebé del diablo. O mejor, pues el expresidente Uribe no puede ya a su edad cargada de culpas reclamar la irresponsabilidad inocente de un bebé, lo más acorde con su personalidad de inveterado hipócrita. De lo que el diccionario define como quien finge sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene.

Por eso al cabo de meses de abogar por el no, y minutos después de haber votado por el , o de haber anulado astutamente su voto para no comprometerse, Uribe estaba proclamando que en el plebiscito habría fraude. ¿Lo decía por su propio voto múltiple? Y doce horas más tarde, cuando se conoció el triunfo del no, estaba por el contrario reclamando el resultado como limpio y como propio suyo.

Los niños repelentes de la clase, los lambones con los profesores, los acusetas de sus compañeros, los falsos, los hipócritas, los que ponen carita de yo-no-fui cuando hacen trampa en los exámenes, a menudo terminan desenmascarados, como Álvaro Uribe ahora. No es verdad que fueran los mejores: era un fraude. Así, por ejemplo, acabamos de descubrir que el expresidente no sabe ortografía. Tomo de lo que escribe en Twitter su opinión de que la justicia transicional propuesta en los acuerdos de La Habana tendría “facultades exhorbitantes” (con hache intercalada: y hay que insistir dos veces para que el computador acepte esa hache al copiar la frase). En otro tiempo, el hoy pretencioso senador y entonces pretencioso niño repelente hubiera escrito vaca con be de burro.

Aunque tal vez no lo hubiera hecho por ignorancia. Sino con la intención de engañar.

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