Crédito: Marty Sohl.

'Amores trágicos', la historia del rey de Creta

Dirigida por James Levine, esta ópera seria de Mozart se estrena el 25 de marzo. Una oportunidad para deleitarse con un mito griego sobre el amor, la suerte y el destino. ¿Quién fue Idomeneo?

2017/03/24

Por Roberto Palacio* Bogotá

La historia de Idomeneo, rey de Creta, revive un tema clásico que deleitaba a las audiencias en los antiguos teatros griegos: el conflicto entre aquello que uno se compromete a cumplir (la ley de la ciudad, lo que se jura) y las leyes naturales. El argumento no es novedoso, es el mismo que se desarrolla en Medea, Edipo, Antígona. La situación trágica es aquella en la que ninguno de los dos polos puede redimir al héroe; ni la ley natural que implora por salvar a los hijos –demos por caso–, ni la palabra de un hombre a un dios.

Esto último, justamente, es la forma que toma la tragedia en la historia de Idomeneno.

Idomeneo, uno de los guerreros más respetados de la Guerra de Troya según los relatos homéricos, derriba hombres sin misericordia con su lanza, como a Alcátoo, a quien le atraviesa el pecho con un ímpetu tal que el verdugo debe sacar el asta aún palpitante por los latidos del corazón. Con actos como este, Idomeneo se baña de gloria ayudado por Poseidón. Pero los dioses no conceden sin pedir a cambio; al regresar a Creta, Idomeneo se ve atrapado en una tormenta estrepitosa. Si es salvado, le jura a Poseidón, sacrificará al primer ser humano que encuentre. La suerte y el destino le reparan que al llegar a las playas de Creta este sea su propio hijo, Idamante. El núcleo de la tragedia no es como se podría suponer hoy, la estupidez de una palabra dada a la ligera. En el mito griego, Idomeneo, como Abraham en el mito judío, lucha con la promesa dada al dios; no quiere matar a uno de su propia sangre.

Idamante, por su lado, habiendo llegado a Creta, no se encuentra en el momento de merecer la muerte. Se ha enamorado de una troyana capturada como prisionera, Ilia, hija de Príamo, cuyo mundo y dinastía han sido arrasados por los griegos. Ella corresponde a su amor. Electra, hija del héroe de Troya Agamenón, por su lado, ha decidido también enamorarse perdidamente de Idamante.

Nada de esto ha resuelto el dilema de Idomeneo que busca salvar a su hijo de la ira de Poseidón. Lo manda entonces a Grecia con Electra. Pero el Dios no se quedará sin su sacrificio: el destino pone de frente a padre e hijo de nuevo, ya que Idamante no puede partir gracias al ataque de una serpiente marina, personificación del mismo Poseidón. Al igual que en el relato bíblico en el cual Dios detiene la mano del patriarca nonagenario a última hora, Idomeneo es detenido por Ilia, que ofrece su vida por la de su amado. Poseidón acepta no llevar a cabo el sacrificio a cambio de la paradójica petición de que Ilia sea la reina de Creta.

Todo en este final rememora ese amor radical amparado por la muerte, que el mundo antiguo calificó de heroico y, el de finales del XVIII, de deliciosamente romántico: Dido en la Eneida, de Virgilio, se acuesta sobre una espada por el amor de Eneas que regresa a su tierra y la olvida, como lo escenifica el músico Henry Purcell en 1682; Cleopatra, ya no en obra alguna sino en la vida patente y sonante, se propicia la mordedura mortal de una serpiente en el seno por amor a Marco Antonio. El siglo XVIII amó estas historias por lo que vio en ellas de intriga, amor imposible y lucha. La historia de Idomeneo debió ser escogida por el libretista italiano Giambattista Varesco por su capacidad de gustar a ese público: Ilia ama y odia a Idamante por ser su verdugo y su sueño, Idomeneo quiere y no quiere matar a su hijo. Electra odia a Ilia, pero quiere la felicidad de Idamante, etc. La intriga, el amor bipartito entre la libertad y un orden primigenio, la pasión y el honor son temas que deleitaban al público del Siglo de las Luces, especialmente afecto a llorar conmovido en alegre disposición; a observar el espectáculo de la vida que se deparaba en los escenarios. Era el clímax del siglo anterior, el XVII, trastocado por lo inevitable: tragedia, cambio, vitalidad y deceso en una sola obra que se abre y se cierra en tres horas.

Idomeneo, como Mozart mismo, es eso: el comienzo de una nueva época en la que la vivacidad natural del barroco se ve conmovida por la tragedia. El siglo XVIII tuvo que acudir al mundo antiguo para recordar ese sacudir de la existencia y posibilitar la trama trágica.

A pesar de ser esta una ópera seria, escrita para el festival de Múnich, hay mucho de Mozart en ella: la obsesión del mundo oriental en un extraño choque amatorio con el occidental, una pasión que Mozart había recogido en el Rondeau a la Turca, en su ópera El rapto en el Serrallo, de la que el emperador austriaco José II dijo que tenía ‘demasiadas notas’. Ilia, una troyana y una oriental entronizada en el sitio de uno de los jerarcas del mundo griego, como si hoy una mujer islámica fuese erigida presidenta de la Florida.

Pido disculpas a los que guarden escrúpulos que no les permiten poner los temas clásicos en palabras contemporáneas o a concebir un presidente independiente en la Florida. Sin duda, es una sobre-simplificación exuberante. Pero la trama de la ópera Idomeneo no pareciera diferir radicalmente de la que se encuentra en la telenovela contemporánea, o en la tragedia de familias mafiosas en antagonismo, El Padrino, Los Soprano. Vaya uno a saber si el público de Múnich a comienzos de 1781 absorbió a Idomeneo con el mismo gusto con el que hoy nos echamos para atrás a dejar que nuestras historias de cuchillos, padrinos, amores vengados y sangre nos hagan metástasis en la piel. Una cosa es segura; que Idomeneo fuera una obra escrita al estilo italiano no solo se refiere a la forma de las arias.

La trivialización en juego con la seriedad tienen su equivalente en la música de Idomeneo, entre ligera y grave, entre vivaz y trágica; un diálogo agitado, salpicado por lirismos que con el paso del tiempo hemos deplorado por ridículos en todos los compositores de la época, menos en Mozart, que tiene una forma de seguirnos hablando. No soy musicólogo, pero esa forma está amparada, en gran medida, por la amplitud que permiten sus interpretaciones. Al que le parezca ligera la música de Mozart escuche la interpretación de Wilhelm Kempff del segundo movimiento del Concierto para piano n.o 23 KV 488.

Idomeneo hoy admite versiones tanto contemporáneas como clásicas. La del Teatro Comunale di Bologna 2010 pareciera una que tiene elementos para la era digital. He visto una de la Scala de Milán en donde Idamante es protagonizado por una mujer. Siempre me ha parecido que la música más bella de las óperas son las oberturas. El compositor pareciera tener en mente las palabras; como tal, las estrofas son melódicas con la sonoridad del diálogo que se avecina. La apertura de Idomeneo de Mozart no es la excepción; robusta como las sinfonías del compositor, pero aventurera, dispuesta a la tremenda historia que se abre tras ella.

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