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El final de todas las cosas

¿Por qué esperamos el fin del mundo? Una columna de Andrea Mejía.

2017/04/22

Por Andrea Mejía

El final que imagino para las cosas es el final de la novela de Mishima, El pabellón de oro, en la que un joven aprendiz de monje, doblegado y atormentado por la belleza de un templo de oro, lo hace arder. Fósforos, paja apilada, y ya está. El templo en llamas. Las sombras del fuego se habían tomado mucho antes los sueños y la mente del monjecillo. Ahora ve el incendio desde una colina. Pájaros rojos surcan el cielo. En el aire revolotean “partículas de lo que parecían residuos de fuego”. Es una especie de iluminación final en la que al joven monje se le revela que quiere vivir. Está concentrado. Su propia visión lo eleva. Es un incendiario encantado.

Como él hay muchos. La imagen de una ciudad ardiendo es un motivo que se repite en cabezas que quedan para siempre iluminadas. Lefeu, el personaje de Lefeu o la demolición, un libro de Jean Améry, viendo las luces de París desde las márgenes del bosque en la noche, imagina la ciudad ahogándose en un mar de llamas. “Que arda mi desgracia y se extinga en el fuego”.

Cuando era niño, Herzog vio arder su ciudad natal en Baviera desde las colinas. 1945. Las ciudades alemanas estaban siendo bombardeadas con ferocidad por los aliados. Hechizado por esta visión, Herzog deja flotar esta frase al principio de uno de sus documentales: “El colapso del universo estelar ocurrirá, como la creación, en una gran belleza. Blaise Pascal”. Me gustan mucho las citas que Herzog elige como epígrafes para sus películas. Solo que esto nunca lo dijo Pascal. Herzog inventó la cita, letra por letra. ¿Y por qué no? Mejor citas inventadas por necesidad y placer que repetidas por tedio. Lo que sí dijo Pascal fue eso tan conocido de “el silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”. En el fondo es lo mismo. El documental Lecciones de oscuridad recoge imágenes de los fuegos que en 1991 ardieron en Kuwait durante ocho meses. Grandes columnas de humo se alzaron al cielo. Como nubes vivientes. Como manadas de animales huyendo de la Tierra. Se hicieron cargo multinacionales del mundo entero. Las fuerzas de la ingeniería humana, heroicas y diligentes, se dedicaron a apagar los fuegos encendidos por Sadam Husein, villano y pirómano. Había que devolver las cosas a sus cauces productivos. Sí, la destrucción es un escándalo para la razón. Pero a la violencia de Dios, una vez desatada, poco le importa que millones de dólares se esfumen en el aire dejando tras de sí solo una estela negruzca con olor a petróleo.

¿Por qué esperamos el fin del mundo? Hay un texto de Kant que es para admirar y temblar, “El fin de todas las cosas”. Lo leí hace poco, tras una extraña noche en la que se desataron incendios en Paraguay y se desbordaron tres ríos en el Putumayo que arrastraron vidas como si fueran piedras. El fin del mundo es percibido a la vez como castigo y redención por la ausencia de sentido. Pero el fondo afectivo del apocalipsis es sobre todo la esperanza de una nueva creación tras el aniquilamiento. La dicha se separará de la desdicha, justamente porque es el final del tiempo.

Daniel, el bíblico intérprete del humo de los sueños del faraón, es también una prefiguración del monje de Mishima. En él corren ríos de fuego. Sucumbe a sus propias visiones. No las comprende y se arroba en ellas. Su rapto es estético, no moral.

Quién sabe por qué esperamos el fin del mundo, y por qué esperamos que llegue por el fuego. A lo mejor porque el fin de todas las cosas es el umbral de una existencia moral. Eso creía Kant. O a lo mejor es porque en la destrucción por el fuego la belleza tienta toda su suerte. Un día estaremos ahí, viendo los templos de oro arder. Hipnotizados por el fuego, completamente separados de cualquier forma de acto, solo veremos. La realidad en toda su intensidad estará concentrada en una única visión y sabremos entonces lo que es la experiencia más allá de la vida. Las conclusiones de la devastación pueden ser morales o estéticas. Pero lo que sucederá en verdad con el crepitar de altos fuegos es que todas las conclusiones se desprenderán, una a una, como las estrellas en los tiempos del fin, de las bóvedas celestes de nuestros cráneos.

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