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Una pausa

"¿Para qué son los días? Me sobrecogió la transparencia esplendorosa de no tener ninguna respuesta".

2017/12/12

Por Andrea Mejía

Hace poco, y más o menos por azar, me encontré con una especie de aforismo escrito por un monje zen que vivió en el Japón convulsionado del siglo XV: “Es fácil entrar en el mundo del Buda. Es difícil entrar en el mundo del demonio”. Lo encontré justo en los días en que estaba cerrando mi seminario de este semestre, al que de manera pretenciosa llamé “Capitalismo y humanismo”, y le daba vueltas a todo lo que habíamos leído y conversado con los estudiantes; mi último seminario del año, quizá mi último seminario. Por un tiempo, al menos. Les decía a los chicos que juntos, tal vez, habíamos logrado señalar algunos espacios terriblemente ambiguos que pueden servir para el surgimiento y el ejercicio de la libertad, pero solo en la medida en que estos encadenan nuestras mentes. Ahí está su ambigüedad demoníaca, la peligrosa anarquía de un mundo para el que necesitamos una fortaleza interior casi milagrosa. Les insinué que siempre quedaba también la posibilidad de entregarse a viejas técnicas de liberación: el amor, la búsqueda de la verdad y de la belleza, técnicas de las que yo, si me preguntaban, preferiría quedarme cerca.

Pero entonces me encontré con el lema del monje: “Es fácil entrar en el mundo del Buda. Es difícil entrar en el mundo del demonio”. ¿Qué significa? No sé. Creo que es uno de esos enunciados en apariencia simples que hay que dejar actuar cerca de nosotros durante un tiempo para que vayan liberando poco a poco sus poderes. El monje que lo escribió no era ningún santo. Ikkyu Sojun se emborrachaba mucho y hacía mucho ruido. Era enérgico en sus afectos, estaba cargado de un odio incendiario por la superficialidad y la estupidez de sus monjes –colegas que se aferraban a los títulos y a las posiciones que habían alcanzado, intoxicados de sí mismos y de vanidad–. Combatió las formas rígidas que bloquean cualquier posibilidad de emoción desatada ante la propia existencia. Con su forma de vivir, Ikkyu ponía en evidencia la elocuencia insincera, desajustaba la precipitación de los juicios mecánicos. Practicó una meditación intensa, entregado a días incontables de soledad y de silencio. Pero de la montaña agreste bajaba a los burdeles. Se enamoró de una joven cantante ciega. Le escribió poemas dulces, limpios, tristes, barridos por el viento suave de la melancolía.

La indocilidad de Ikkyu era sabia y reflexiva. Supo que no seguir reglas es la condición para ejercer una virtud que no puede ser sino propia, pero que soltarlas supone la exigencia tremenda de una existencia realmente moral. Entregándose al no saber, al saber nada, hizo cabalgar su mente más allá de la senda estrecha del ascetismo, evitando también el abismo del hedonismo puro que, como dice Kant, hace que el significado de la vida caiga por debajo de cero.

Hay una historia que me conmovió mucho y que repetí entre lágrimas a mis más cercanos sin entender tampoco muy bien cuál era su significado. Este monje salvaje tenía un gorrión. Cuando el gorrión murió, él, golpeado por la pena, decidió rendirle honores fúnebres como si se tratara de un ser humano. Mientras el gorrión vivía, lo llamaba “Discípulo gorrión”. Cuando el gorrión murió, el monje le dio el nombre de “Buda gorrión”. Finalmente, lo entrega al bosque con el título de “El honrado por el bosque” y le escribe un poema luminoso.

El seminario acabó, me despedí en la mente de todos mis estudiantes a quienes he querido con el alma. Cobijada por el vacío del zen, pensaba mientras oía soplar el viento en los poemas del monje. ¿Para qué son los días? Me sobrecogió la transparencia esplendorosa de no tener ninguna respuesta. Ojalá un día yo pudiera aspirar al título amoroso de “discípulo gorrión”. Este monje y maestro había logrado comunicar, incluso gruñendo y a través de su risa, el movimiento de un mundo flotante y evanescente que ya no tiene por qué alarmarnos, un mundo que nos llama desde el vacío que habita en su corazón. Más allá del dolor, podemos amar las cosas que pasan sin dejar huella. En sus poemas se oye soplar el viento, sí. Y después, no se oye nada, o casi nada: el crujido apenas perceptible de las agujas de pino caídas que cubren los rastros de nuestra vida.

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