Alexander von Humboldt, Naturalista y explorador alemán.

Alexander von Humboldt: el profeta verde

A comienzos del siglo XIX, cuando Occidente emprendía su proyecto de conquistar la naturaleza, el polímata prusiano alzó su voz de protesta. Advirtió, antes que nadie, sobre las catastróficas consecuencias de destruir el medio ambiente.

2017/01/24

Por Andrea Wulf* Londres

Durante los últimos diez años he investigado, escrito, publicado y dado clases sobre Alexander von Humboldt, un científico y explorador visionario que cambió la manera en que entendemos a la naturaleza. Nacido en 1769 en el seno de una familia aristocrática de Prusia, Humboldt fue un aventurero descarado y arriesgó su vida muchas veces mientras exploraba América Latina durante cinco años, desde 1799, en un viaje que marcó su vida y que lo convirtió en una leyenda alrededor del mundo.

Una de las revelaciones más sorprendentes que encontré cuando estaba investigando mi libro La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt fue que Humboldt es el padre olvidado del ambientalismo. Hace más de 200 años, descubrió los devastadores efectos ambientales que causan los monocultivos, la irrigación y la deforestación. Al tiempo que un feliz mundo le arrancaba campos a la naturaleza salvaje y se devoraba bosques enteros en busca de combustible y madera, Humboldt fue el primer científico que habló, en 1800, sobre el dañino cambio climático inducido por humanos.

Como historiadora, creo que investigar el pasado nos puede propiciar un mejor entendimiento de qué está pasando hoy y ojalá incluso una lección sobre el futuro. Todos mis libros tratan, de una manera u otra, de la siempre cambiante relación entre los humanos y la naturaleza, y me impresiona ver que el próximo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, niega el cambio climático. Una vez dijo que el calentamiento global era una farsa inventada por los chinos “con el fin de hacer que la fabricación de bienes en Estados Unidos no fuera competitiva”. Y aunque después dijo que eso era un chiste, hoy todavía ridiculiza las realidades del calentamiento global y declaró que iba a “cancelar el Acuerdo de París y detener todos los pagos de impuestos estadounidenses a los programas de calentamiento global de la ONU”. Puede que esto no sea tan sencillo como Trump espera, pero es una advertencia escueta sobre las futuras políticas ambientalistas de Estados Unidos.

El año pasado, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura advirtió que si seguimos explotando nuestros suelos sin piedad, solo tendríamos 60 años más de agricultura a nivel mundial; las temperaturas están incrementando, las selvas están desapareciendo, el hielo del ártico está disminuyendo y los niveles del mar están subiendo. Nuestro futuro sin duda parece ser sombrío. Pero miremos la historia a ver si hay algo que podemos aprender y así entender este enredo en el que hoy nos encontramos.

Cuando Alexander von Humboldt explicó que la naturaleza era una red de la vida –un organismo viviente en el que todo estaba conectado, desde el insecto más diminuto hasta la montaña más alta, desde un hombre hasta una mota de musgo– le dio la espalda a esa perspectiva centrada en el ser humano que había gobernado el enfoque de la humanidad hacia la naturaleza durante milenios: de Aristóteles, quien había escrito que “la naturaleza ha hecho a todas las cosas específicamente por el bien del hombre”, al botánico Carl Linnaeus, que había hecho eco de esa misma idea más de 2.000 años después, en 1749, cuando insistió en que “todas las cosas son hechas por el bien del hombre”. Se había dado por sentado desde tiempo atrás que Dios les había dado a los humanos el mando sobre la naturaleza. Después de todo, ¿acaso la Biblia no había dicho que el hombre debería ser provechoso?: “Llenad la tierra y sojuzgadla, ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”? En el siglo XVII, el filósofo británico Francis Bacon había declarado que “el mundo se hizo para el hombre” mientras que el filósofo francés René Descartes había argumentado que los animales eran efectivamente autómatas –complejos, quizá, pero incapaces de razonar y por ende inferiores a los hombres–. Los humanos, había escrito Descartes, eran “los amos y poseedores de la naturaleza”.

En el siglo XVIII, ideas sobre la perfectibilidad de la naturaleza dominaron el pensamiento occidental. Se creía que la humanidad perfeccionaría a la naturaleza por medio de la cultivación, el “mejoramiento” era el mantra. Campos ordenados, bosques despejados y aldeas aseadas convirtieron a la naturaleza salvaje en paisajes placenteros y productivos. El primitivo bosque del Nuevo Mundo, por el contrario, era un “aullido salvaje” que había que conquistar. Había que ordenar el caos, y había que transformar el mal en bien. En 1748, el pensador francés Montesquieu había escrito que la humanidad había “hecho a la tierra más apropiada para su morada”, más habitable con sus manos y herramientas. Huertos copados de frutas, pulcros jardines de vegetales y prados apacentados por el ganado eran el ideal de la naturaleza en ese entonces. Fue un modelo que dominó el mundo occidental por mucho tiempo. Casi un siglo después de la aseveración de Montesquieu, el historiador francés Alexis de Tocqueville pensó, durante una visita a Estados Unidos en 1833, que era “la idea de la destrucción” –el hacha del hombre en la naturaleza salvaje americana– que le daba al paisaje su “conmovedora belleza”.

Algunos pensadores norteamericanos incluso llegaron a argumentar que el clima había cambiado para bien desde la llegada de los primeros colonos. Con cada árbol que se cortaba del bosque virginal, insistían, el aire se volvía más saludable y ameno. La falta de evidencia no les impidió predicar sus teorías. Uno de ellos, Hugh Williamson, un médico y político de Carolina del Norte, publicó un artículo en 1770 en el que celebraba el despeje de enormes franjas de bosque; algo que, aseguraba, se hacía para beneficiar el clima. Otros creían que talando bosques lograrían incrementar los vientos, algo que a su vez permitiría que el aire fluyera más libre por los campos. Las pocas voces preocupadas permanecieron restringidas a cartas privadas y a conversaciones. La mayoría estaba de acuerdo con que “dominar la naturaleza salvaje” era la “base para futura utilidad ”.

El hombre que probablemente hizo más para difundir este punto de vista fue el naturalista francés Georges Louis Leclerc, conde de Buffon. A mediados del siglo XVIII Buffon describió al bosque primitivo como un lugar horroroso lleno de árboles decrépitos, hojas podridas, plantas parasíticas, charcos de agua estancada e insectos venenosos. La naturaleza salvaje, aseguraba, era deforme. Y aunque Buffon murió un año antes de la Revolución francesa, sus opiniones sobre el Nuevo Mundo continuaron influenciando a la opinión pública. La belleza se equiparaba a la utilidad, y cada hectárea que se le arrebataba a la naturaleza salvaje era una victoria del hombre civilizado sobre la naturaleza incivilizada. ¡Era la “naturaleza cultivada”, había escrito Buffon, la que era “hermosa”!

Humboldt, sin embargo, advirtió que debíamos entender cómo funcionaban las fuerzas de la naturaleza, cómo se conectaban los distintos hilos. La humanidad, advirtió, tenía el poder de destruir el medio ambiente y las consecuencias serían catastróficas. Fue el primero que explicó las funciones fundamentales que tenían los bosques para el ecosistema y el clima: la habilidad de los árboles de almacenar agua y enriquecer la atmósfera con humedad, la manera en que protegen la tierra y su efecto de refrigeración. Humboldt insistió en que los efectos de la intervención humana ya eran “incalculables”, y que se convertirían en catastróficos si la gente continuaba perturbando el mundo con tanta “brutalidad”.

Durante sus viajes por América Latina, Humboldt vio de primera mano cómo la humanidad desestabilizaba el balance de la naturaleza. Adentrado en la selva del Orinoco, por ejemplo, observó cómo en algún remoto pueblo de misión unos monjes españoles iluminaban sus iglesias destartaladas con aceite cosechado de huevos de tortuga. Como consecuencia, la población local de tortugas había sido reducida sustancialmente. Cada año las tortugas ponían sus huevos a lo largo de la playa del río, pero en vez de dejar algunos para empollar a una próxima generación, los misionarios coleccionaban tantos que cada año sus números disminuyeron, como le afirmaron a Humboldt los indígenas.

Una y otra vez, los pensamientos de Humboldt regresaban a la naturaleza como una compleja red de vida, pero también al lugar del hombre dentro de ella. En el río Apure [en Venezuela], había visto la devastación causada por unos españoles que habían intentado controlar las inundaciones anuales construyendo una represa. En el altiplano de Ciudad de México, Humboldt había observado cómo un lago que alimentaba el sistema de riego local se había reducido a un charco superficial, dejando áridos a los valles de abajo. En la costa venezolana, Humboldt también había constatado cómo la desenfrenada pesca de perla había completamente agotado la población de ostras. Todo era una reacción ecológica en cadena. “Todo –diría más adelante– es interacción y recíproco”.

Pero Humboldt no solo observó la naturaleza como un científico; también resaltó la importancia de las respuestas emocionales hacia el mundo natural. Gastó una fortuna en los mejores instrumentos científicos y creía en la utilidad de las observaciones meticulosas, pero no excluía la imaginación de sus investigaciones. Era un hombre que discutía con facilidad sobre registros meteorológicos, geomagnetismo y fenómenos geológicos, pero en esos mismos libros escribía sobre el ‘mágico encanto’ de la poesía, la importancia de la pintura de paisajes y de los encantos de la primavera, cuando “nuestras mentes… pueden regocijarse en la inspiración de la naturaleza”. Su naturaleza pulsaba con vida y no con un “agregado vivo –escribió–: todo anuncia un mundo de poderes activos y orgánicos”.

Humboldt regresó a Europa de sus expediciones con este nuevo concepto de la naturaleza. Publicó docenas de libros que se volvieron gigantescos bestsellers internacionales. Creó un género literario completamente nuevo cuando combinó descripciones evocativas del paisaje con observaciones científicas (el modelo de muchos naturalistas hoy). “Lo que le habla al alma –escribió– se escapa de nuestras mediciones”. Humboldt quería exaltar un “amor por la naturaleza”. Quizá poetas y artistas se habían comprometido con esto, pero ningún científico jamás había articulado algo por el estilo. Una apreciación casi visceral de la naturaleza se filtra en la escritura de Humboldt.

Él inyectó imaginación, sentimientos, arte y poesía en la ciencia, y creo que por eso es tan importante hoy. Tendemos a trazar una nítida línea entre las artes y las ciencias, entre lo objetivo y lo subjetivo, pero Humboldt fue un científico que no les temió a las emociones ni al lirismo. Lo impulsaba un profundo amor por la naturaleza –un sentimiento que hoy está ausente en los debates ambientalistas en la arena política–. Desde discusiones globales como las cumbres climáticas hasta debates nacionales sobre la deforestación, pasando por temas locales como la protección de un pequeño humedal: la mayoría de estas negociaciones están basadas en secas proyecciones de datos, estadísticas y cuidadosas redacciones jurídicas. Todo eso es claramente importante, ¿pero dónde está la realización de que solo protegemos lo que amamos?

¿Cómo podemos salvar a nuestro planeta cuando tantos de nosotros nos encontramos durante la mayoría de nuestras vidas lejos de la naturaleza? ¿Cómo hará la próxima generación para conectarse con el planeta si el olor húmedo de un bosque o los sonidos de los pájaros les resultan tan irreales como cualquier videojuego? ¿Cómo vamos a hacer para que nos importen las amenazas a nuestros océanos, aires o bosques si apenas son estadísticas o coloridas infografías?

El estudio de la naturaleza, escribió Humboldt, “no consiste en la acumulación estéril de datos aislados”. Otros científicos podrían haberse satisfecho encontrando el orden a través de la clasificación o de las leyes universales, pero Humboldt insistió en que la imaginación era igual de importante. Una mirada a los cielos, dijo, probaba su punto: las estrellas brillantes “deleitan los sentidos e inspiran a la mente”, y sin embargo al mismo tiempo se mueven con precisión matemática a lo largo de su camino.

Esta celebración del asombro, de la magnificencia, de la maravilla –como quieran llamarlo– es lo que necesitamos introducir en nuestros debates actuales sobre el cambio climático. El estudio de la naturaleza, creía Humboldt, se trataba tanto del mundo externo como del “mundo interno”. Decía que la naturaleza solo existía en la medida en que la percibimos con nuestros sentidos, y por ende el “mundo externo y nuestras ideas y sentimientos se funden el uno en el otro”. La conexión entre conocimiento, arte y poesía, entre ciencia y emociones –el “vínculo profundamente asentado”, como lo llamaba Humboldt– es hoy más importante que nunca. Un sentimiento de maravilla hacia el mundo natural impulsó a Humboldt –y un sentimiento de maravilla nos puede ayudar a darnos cuenta de que solo protegemos lo que amamos–.

Humboldt hablaba de “la travesura de la humanidad… que perturba el orden de la naturaleza”. Por momentos fue tan pesimista que pintaba un desolador futuro sobre la eventual expansión del hombre al espacio exterior, cuando los humanos esparcirían en otros planetas su mezcla letal de vicio, codicia e ignorancia. La especie humana incluso podría volver “estériles” a esas distantes estrellas y dejarlas “saqueadas”, escribió Humboldt ya en 1801, justo cuando los hombres ya estaban haciendo eso con la Tierra. Como hemos entrado en el Antropoceno, una nueva época geológica formada por la influencia de las actividades humanas y en la que tendremos que lidiar con el cambio climático, la acidificación de los océanos, el derretimiento de los glaciares y patrones climáticos extremos de sequías e inundaciones, las opiniones de Humboldt suenan alarmantemente proféticas; pero también nos pueden ayudar a encarar nuestro nuevo futuro.

*Historiadora y autora de La invención de la naturaleza, El nuevo mundo de Alexander von Humboldt.

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