Lucas Ospina.

Museo sin Ángel y arte sin demonios

"Es lamentable que haya que patalear para hacer obvio lo evidente, y que a artistas de trayectoria, como el mismo Nadín Ospina, sean las galerías comerciales las que les patrocinen la exposición y publicación retrospectiva que las instituciones, por omisión o malquerencia, prefieren no otorgarles."

2016/06/28

Por Lucas Ospina

El artista Ángel Loochkartt llevaba casi tres años preparando por su cuenta y riesgo una exposición retrospectiva para el Museo de Arte Moderno de Bogotá, por petición del mismo museo, cuando recibió, a finales de abril de este año, un sucinto mensaje: “Lamento informarle que su exposición queda cancelada de la programación. Le pido excusas en nombre del museo y en el mío propio por el esfuerzo que usted ha hecho para preparar las obras y la documentación”. El remitente era María Elvira Ardila, curadora de esa institución.

En 2013, la pasada directora, Gloria Zea, le había escrito: “Ángel querido: Me dirijo a ti con el fin de invitarte a realizar una exposición retrospectiva de tus pinturas en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, muestra que se llevará a cabo el primer semestre de 2015. Esta exhibición constituirá un honor para nosotros y para nuestro público y una gran oportunidad de conocer una parte significativa de tu gran trayectoria”.

Luego, en julio de 2014, Zea le comentaba a Loochkartt que por algunas dificultades del museo la muestra se aplazaba para 2016. Este año, para recordar el compromiso, el artista le dirigió una carta a la nueva directora del museo, Claudia Hakim: “He preparado con rigor todo lo pertinente a la muestra. El Museo de Arte Moderno es la casa que anhelo para hacer un recorrido con mi obra y entregarle una vez más al país mi contribución a la plástica colombiana; 50 años de trabajo aportando a las bases del arte moderno en Colombia”.

Esta situación la hizo pública Óscar Cerón en el portal Con-fabulación, y el artista Nadín Ospina hizo una entrada en esferapublica.org y generó una petición en línea donde se pedía al Museo de Arte Moderno que cumpliera lo prometido. Las más de mil firmas recogidas y la difusión del caso en redes sociales surtieron efecto: a mitad de junio hubo una reunión entre Hakim y Loochkartt.

El museo decidió enmendar el error, se comprometió a fijar una fecha y a nombrar un curador externo que apoye al artista en su exposición retrospectiva. Todo un triunfo de la comprensión y la solidaridad en un gremio paradójico, una comunidad donde lo que prima es el individualismo.

Es lamentable que haya que patalear para hacer obvio lo evidente, y que a artistas de trayectoria, como el mismo Nadín Ospina, sean las galerías comerciales las que les patrocinen la exposición y publicación retrospectiva que las instituciones, por omisión o malquerencia, prefieren no otorgarles.

Al parecer, nuestros grandes museos e instituciones solo les bailan a algunas iniciativas si detrás de ellas está el cabildeo de una importante y bien conectada galería o si los curadores de las muestras hacen parte o le caen en gracia a la endogamia cultural criolla.

El problema es que este afán por la novedad, por el vanguardismo y el éxito, vuelve pueriles todos los esfuerzos y frivoliza nuestra historia al negarse a reconocer la materia compleja de la que estamos hechos. En nuestro afán por lucir un atuendo “contemporáneo”, la pulsión expresiva de Loochkartt –que pinta hampones, desplazados, fratricidas, travestis y ángeles– es vista como un lastre “moderno”, una tara estética del pasado que ya no tiene cabida en los dominios actuales de lo sensible (Loochkartt gusta de pintar alla prima: una pintura directa, con un solo toque de pincel, sin retoques ni insistencias, y sobrepone la expresión al contorno, la espontaneidad a la planeación).

“El arte viejo ofrece una crítica tan buena al arte nuevo como la que lo nuevo hace de lo viejo”, dijo en algún lugar Jasper Johns, el artista estadounidense que cumplió hace poco 90 años. Todo arte sucede en el presente de quien lo contempla, admirar con desmesura el pasado o desconocerlo por completo son muestra del mismo tipo de ignorancia.

La retrospectiva de Loochkartt no solo permitirá revisar su obra, sino leerla a la luz de una vida por donde se han cruzado tantas otras, desde sus aventuras con el grupo del bar La Cueva en Barranquilla –lugar de juergas y competencias de pulso con Obregón– hasta sus experiencias como profesor donde privilegió hacer derivas por la ciudad y por el campo antes que acomodarse a mantener la jerarquía y la administración de la rutina ejercida con tanto celo por el profesorado que pasta en la hacienda universitaria.

Loochkartt tiene 83 años. A esa edad muchos artistas solo son recordados por razones históricas; olvidados por los galeristas, son objetos no identificados en el radar curatorial. Son artistas sin presente ni futuro. Su reconocimiento es el homenaje póstumo. En una escena del arte que confunde vitalidad con juventud estos artistas son convidados de piedra entre camadas de impúberes, materia dúctil, maleable y mangoneable para la gestión cultural.

“Autorreconocerse es lo importante”, dice Loochkartt en una entrevista, “perseguir el prestigio pues la fama es un tránsito idiota. La imaginación no debe ser encadenada. El arte no puede ser servil, por eso todos los reconocimientos de los artistas verdaderos son tardíos”.

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