El 'Solar Impulse 2' sobrevuela la planta Gemasolar, el 11 de julio. Crédito: Masdar.

Las alas del sol

Las tecnologías de punta no solo son bellas, sino que además son necesarias si es que se va a salvar Gea, la Madre Tierra, de ser devorada por sus hijos los hombres, que sacamos de ella las energías que usamos.

2016/08/23

Por Antonio Caballero

La tecnología de punta siempre ha sido muy bella, cualquiera que haya sido el momento que se tome como la punta: hace tres mil años, cuando los griegos les pintaban un ojo en la proa a sus cóncavas naves, o ahora mismo (exactamente el día 11 de julio pasado), cuando se tomó esta foto de un avión solar suizo sobrevolando una planta de energía solar en España. Vean el avión solar: ligera libélula que, como todas las libélulas, se alimenta de los rayos del sol. Y vean la planta solar que sobrevuela como las libélulas sobrevuelan un estanque, a ras del agua. Se nota que es un amanecer de verano: apenas despiertan y empiezan a cabrillear los paneles solares de la planta, y por su parte ya el avión recibe del sol fuerzas suficientes para alzar el vuelo. Un vuelo que, en contra de lo que puede sugerir la aparente fragilidad del aparato, no es ninguna tontería. Aquí lo vemos despegar desde Sevilla, en donde aterrizó procedente de Nueva York, y va rumbo al Cairo para finalmente completar en Abu Dabi su vuelta alrededor del globo, y demostrar así las fabulosas posibilidades de la energía solar. La misma que alimenta la planta que ocupa la mayor parte de esta foto. (Y, de pasada, también todas las plantas del reino vegetal sobre la tierra).

Miren esa inmensa flor de plata. Esa espiral que no es exactamente una espiral: cada curva tiene su propio comienzo (y aunque en la foto no se vea, tal vez tenga también su final). Y en el centro del círculo –si es que ese óvalo es un círculo– esa torre de luz resplandeciente, y esas hileras ininterrumpidas de luces apagadas todavía, esa curiosa línea recta entre tantas curvas repetidas, y esa breve ristra de minúsculas chapas blancas –¿otra vez de luz?– a la extrema derecha. Y toda la instalación, como un enorme rollo de alambre reluciente tirado en el campo y rodeado por la cuadrícula de verdes y de ocres agrícolas de la provincia de Sevilla.

Arriba a la derecha se ven unas manchitas negras que deben de ser árboles, eucaliptos tal vez, que rompen la claridad geométrica de la composición.

Ah, bueno: y, claro (se me olvidaba, pues la verdad es que casi no se ve: en el ángulo izquierdo, arriba, casi en el filo de la foto), la libélula de la que vengo hablando: el avión Solar Impulse 2, que acaba de darle la vuelta al mundo sostenido en el aire por la luz del sol. La misma luz que riela abajo sobre los óvalos concéntricos de la planta Gemasolar, como si alguien hubiera tirado una piedra a la mitad del estanque.

Instalación. Esta sí es una. Me río yo de los celebrados arrecifes rosados de Cristo, de los ambiciosos movimientos de tierras del Land Art en el desierto de Arizona, obras llamativas e inútiles dictadas por el tedio. Las instalaciones con que en los últimos años nos abruman los artistas conceptuales deberían ser, pienso yo, así como esta; o, si no, como los jardines colgantes de Babilonia que estaba reconstruyendo en Irak Sadam Hussein hasta que llegó Bush a pisoteárselos. O como la soberbia Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. O como la cueva de Altamira. O como esa otra, tan invulnerablemente conceptual ella sí que ni siquiera está a la vista, que es el colisionador de partículas elementales enterrado en un túnel de 27 kilómetros en la frontera de Francia y Suiza.

Esas sí son instalaciones de verdad. Y no las pretenciosas pero mezquinas construcciones con seis televisores y un balde que nos muestran reiterativamente todas las galerías de arte contemporáneo.

Vuelvo a lo del principio: las tecnologías de punta. No solo son bellas, sino que además son necesarias si es que se va a salvar Gea, la Madre Tierra, de ser devorada por sus hijos los hombres, que sacamos de ella las energías que usamos. Hasta ahora hemos estado viviendo del crudo geocentrismo destructor: arrancando y quemando los combustibles fósiles del fondo de la tierra, el carbón y el petróleo, sucios y dañinos, para mantener a flote la civilización. El avión solar y la planta de paneles solares de la foto muestran que ya es tecnológicamente posible pasar al estado superior del heliocentrismo: empezar a alimentarnos de la luz del sol. Es un inmenso progreso.

Pero todavía falta para que lleguemos al ideal del Dante (¿un ideal dantesco?), que consiste en que seamos movidos directamente por la fuerza del amor. Esa que, según él, “mueve el sol y las demás estrellas”.

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