El presidente electo Donald Trump y el presidente Barack Obama. AP Photo / Pablo Martínez Monsiváis.

Un pulso

Antonio Caballero analiza la tensa primera reunión oficial entre Donald Trump y Barack Obama, en la Casa Blanca, y el futuro que presagia.

2016/11/22

Por Antonio Caballero

Dijo el todavía presidente Barack Obama que había tenido con el presidente electo Donald Trump “una conversación excelente”. No se les nota en las caras, en esta foto tomada cuando se estrechan la mano frente a los periodistas al terminar su reunión. Se diría más bien, ante esas dos manos tensamente estrechadas,

como si echaran un pulso, ante esas dos bocas de labios apretados en gesto de recíproco rechazo, que la charla fue bastante desagradable. El apretón de manos lo es más aún: están ambos esforzándose por disimular su mutua repugnancia. Trump ni siquiera mira a Obama a la cara, sino que cierra los ojos. Obama sí mantiene la mirada, pero con el párpado tieso y la pestaña quieta. Y los dos tienen en tensión la totalidad de los músculos del rostro, que según las enciclopedias son 43. Los maseteros casi encalambrados, el buccinador de Trump contraído (aunque también le sirve en las peroratas para poner los labios en forma de pico, como si fuera a soplar una trompeta), estrechado el mirtiforme de Obama, templados en un rictus los zigomáticos mayores y menores de los dos.

La tensión no se limita a las caras, sino que se transmite a todo el cuerpo. Obama consigue guardar, aunque posada y postiza, cierta soltura: pero no es su habitual elegancia natural. Tiene el cuello forzadamente encogido, tenso el tendón que baja vertical, y se le escapa el codo izquierdo mientras se le ponen rígidos los dedos de la mano. En Trump todo el lenguaje corporal es de disgusto. Los hombros contraídos y alzados a la defensiva le tensan los pliegues de la chaqueta, y su corpachón no parece estar cómodo en el asiento demasiado estrecho. Su mano izquierda, en cambio, cae casi con abandono.

El recíproco desagrado es comprensible. Es que no pueden ser más distintos los dos. No pueden ser más opuestos, como esta fotografía los muestra. Trump, aunque de abuelos alemanes, es un representante prototípico del wasp norteamericano, white anglosaxon protestant, con su flotante cabellera rubia y sus ojillos azules en la faz colorada. Y representante además, en la retórica de su campaña electoral, de los hombres blancos norteamericanos de la declinante clase media y de la desempleada clase obrera que se sienten perjudicados y arrollados por el crecimiento demográfico y laboral de los negros y de los inmigrantes pardos, representados unos y otros por Obama: negro y a medias extranjero (su padre era keniano) a quien Trump señaló durante años como un presidente espurio por no haber nacido, según él, en los Estados Unidos.

Pero no son los colores los que los enfrentan, sino lo que cada cual lleva por dentro. Hace unos meses presenté en estas páginas una foto de Trump con su entonces rival por la nominación republicana, Ben Carson, quien es de raza negra, como Obama; y decía que pese a esa diferencia Carson y Trump eran exactamente iguales: en su ultraderechismo y su interpretación excluyente del “sueño americano”, que se convertiría en pesadilla si alguno de ellos dos llegaba a la presidencia.

Llegó Trump. Y con él tendrán los Estados Unidos y el mundo lo contrario de lo que tuvo cuando llegó a la presidencia Obama: miedo en vez de esperanza. Y un contrario más extremo. Porque dos cosas. Primero Obama no es un extremista, ni mucho menos. Representa lo que podría ser el centro del Partido Demócrata norteamericano, del cual la derrotada candidata Hillary Clinton sería la derecha y el excandidato Bernie Sanders la izquierda. Y, segundo, durante la presidencia de Obama el Legislativo en sus dos cámaras estaba en manos del Partido Republicano, y ahora lo sigue estando; y el Judicial perderá su equilibrio en cuanto Trump llene la vacante en la Corte Suprema que deja abierta Obama. Así que al poder limitado de Obama lo sucede el poder sin barreras de Trump. Por lo precario del poder del uno han sido tan frustrantes sus ocho años de gobierno: la esperanza que despertaba su retórica se quedó sólo en la retórica. Por lo desaforado del poder del otro son tan aterradores los cuatro años que vienen (o tal vez ocho): el miedo que ha despertado su retórica puede convertirse en realidad.

Una sola cosa los iguala a ambos: la banderita de los Estados Unidos en la solapa.

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