La candidata demócrata Hilary Clinton nació en Chicago, en 1946.

La bestia rubia

En fin: lo que quiero decir es que Hillary Clinton, la candidata demócrata, es tan bestia como su rival republicano Donald Trump.

2016/07/28

Por Antonio Caballero

Por supuesto: todos queremos que gane Hillary Clinton las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. O, más exactamente, todos queremos que no las gane Donald Trump: la bestia rubia.

A Trump lo conocemos ya de sobra: recuerdo que alguna vez he sacado su foto en esta columna. Conocemos su peinado de hojaldre amarillo, sus simplificaciones, sus vociferaciones, sus amenazas de invasiones. Es una bestia. Entiendo aquí la palabra “bestia” en el sentido figurado que le da el Diccionario de la Real Academia Española: “Persona que hace un uso excesivo de la fuerza física, es violenta o tiene malos modos”. O, puesto que se trata de una bestia gringa, la uso en el sentido que le da a la palabra “beast” el diccionario New Webster’s de la lengua inglesa: “Beast: a brutal man; a filthy disgusting person”. Eso es Trump: un hombre brutal; una persona asquerosa y repugnante. Y también le sirve a Trump el significado que le da a La Bestia por antonomasia el libro del Apocalipsis, a la cual, según san Juan, “le fue dada potencia sobre toda tribu y pueblo y lengua y gente”. Hace dos milenios se quiso identificar a esa gran bestia apocalíptica con Nerón, emperador de Roma, que reunía las condiciones requeridas de dominio y era, de acuerdo con Suetonio, rubio y de ojos azules, como Trump. El apellido paterno de Nerón era Ahenobarbo, que quiere decir de barba color cobre. Todo coincide. ¿Acaso esa “potencia sobre toda tribu y pueblo y lengua y gente” no le cuadra más a un presidente de los Estados Unidos de hoy que a un emperador romano de hace dos mil años?

Lo malo es que estas descripciones le caen igualmente bien a la otra candidata al poder imperial: Hillary Clinton también es una bestia rubia.

O bueno, no: ninguno de los dos es genuinamente rubio, como se puede comprobar mirando en Google sus respectivas fotografías de juventud. Ambos decidieron teñirse de rubio para llamar la atención. Y habría que reflexionar acerca de la popularidad universal de la rubiedad ficticia, de frasco, desde Helena de Troya hasta Marine Le Pen, la jefa de la ultraderecha francesa, desde Nerón hasta Boris Johnson, el promotor del Brexit inglés… En fin: lo que quiero decir es que Hillary Clinton, la candidata demócrata, es tan bestia como su rival republicano Donald Trump.

Mírenla en esta foto. Que no fue escogida con malevolencia, sino más bien al revés: es la que publica la revista Semana en su carátula del 9 de julio. Mírenla bien, y digan si no es una verdadera bestia en el significado que le dan con unanimidad el DRAE, el Webster’s y el Apocalipsis del evangelista san Juan. Digan si no es una señora brutal, violenta, de muy malos modos, partidaria del uso excesivo de la fuerza, como lo ha mostrado aplaudiendo como senadora y propiciando como secretaria de Estado todas las guerras recientes de su país: contra los talibanes en Afganistán, contra Sadam Hussein en Irak, contra Muamar Gadafi en Libia, contra Bashar al Asad en Siria. Miren cómo grita en el silencio de la fotografía, vestida de llamarada, poseída por la cólera, tal como gritan en el lienzo los famosos papas aulladores pintados por Francis Bacon. Y miren cómo se le brotan los ojos en el grito, como si estuvieran a punto de escapar de las órbitas en un chorro de sangre, y cómo se le deforma la cara bajo la capa de base y maquillaje y los implantes de bótox. Cómo se le abre la boca como la boca de un horno. Cómo se le baja el labio inferior en un rictus de rabia, desnudando los dientes. Decía el escritor Cesare Pavese que a partir de los 40 años toda persona es responsable de su propia cara.

Aunque ella asegura que no grita: que lo que pasa es que hay gente que cree que cuando una mujer habla claro está gritando.

Pero es que ella nunca habla claro.

Si es aterradora así como la estamos viendo en esta foto, lo es más aún cuando se ríe con su risa ruidosa y repentina de muñeca mecánica. Entonces es escalofriante. Tal vez más adelante en la campaña electoral, cuando vengan los debates cara a cara, sea capaz de asustar al bestial Donald Trump.

Ojalá lo consiga. Porque, como digo, para el mundo Trump es peor.

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