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Colombian pop

Antonio Caballero comparte una foto que además de ser una obra de arte, es una obra de historia. Es la ilustración de una etapa trágica de la historia colombiana de la que por fin estamos empezando a emerger.

2017/08/25

Por Antonio Caballero

American Gothic, Gótico americano, es el más famoso cuadro de un pintor norteamericano de antes de que Andy Warhol viniera a arrasar con todo. No es famoso porque sea particularmente bueno, sino porque es inequívocamente norteamericano. Es el retrato frontal de una pareja de granjeros de Iowa frente a su casa de madera de estructura neogótica, pintado en los años treinta del siglo XX por Grant Wood a la manera hierática de los retratos de pareja de los pintores flamencos del siglo XV: los pintores todavía góticos del norte de Europa de cuando los de Italia estaban inventando el Renacimiento. Wood era un artista de la escuela que se llamó “American Regionalism”: una especie de proto-pop art cuasi hiperrealista de los tiempos de penuria de la Gran Depresión, que antecedió en 30 años el posrealismo publicitario de los tiempos de consumismo del verdadero pop de Warhol y demás.

Esta foto del fotógrafo León Darío Peláez que aquí vemos, con su solemne seriedad gótica, podría titularse Colombian Gothic. O Colombian Pop. O, más bien, Colombian Pos-Pop, pues es posterior al auténtico pop colombiano que inauguró Beatriz González con sus célebres Suicidas del Sisga, y también al, digamos, Antioquian Regionalism de la tercera manera de Fernando Botero.

Libia Estrada y José Martínez, padres de Libio José Martínez Estrada, militar secuestrado hace 20 años en la toma de Patascoy (Nariño). Crédito: León Darío Peláez

Pero volvamos a la foto. A diferencia de los personajes de Wood, que no eran auténticos granjeros de Iowa sino, disfrazados, la hermana del pintor y su dentista, los de Peláez sí son campesinos reales: el matrimonio formado por Libia Estrada y José Martínez, en su paisaje familiar de los montes ondulados de Nariño que se extienden al fondo. Son una pareja, como en el Gótico americano. Pero a la vez son tres personas, y eso le da a este retrato, pese a la rígida inmovilidad de los retratados, una dimensión de profundidad de la que el otro carece. Porque la mujer sostiene, exhibe, expone con respetuosa ceremonia, como un ícono sagrado, la fotografía ampliada y enmarcada de su hijo difunto: el sargento primero Libio José Martínez Estrada, secuestrado por las Farc con 17 de sus compañeros en el asalto guerrillero a la base militar del cerro de Patascoy, en diciembre de l997, y muerto 14 años después en cautiverio. A los colores plácidos del fondo y de la ruana del hombre y al amarillo brillante del suéter de la madre se añade el verde seco del uniforme militar y el azul también brillante de la foto de cédula del hijo muerto. Los tres rostros son igualmente inexpresivos, deliberadamente herméticos. La expresión está en el encuadre. Además de ser una obra de arte, esta foto es una obra de historia.

Es la ilustración de una etapa trágica de historia de la que por fin estamos empezando a emerger los colombianos, como del vórtice de un remolino. Una etapa de la cual por fin el círculo vicioso de la represión y la subversión se está rompiendo. Pues la terrible suerte del sargento primero Libio José Martínez Estrada fue consecuencia de aquel cínico tire y afloje entre el gobierno y las guerrillas, aquel “canje humanitario” que ni era humanitario ni llegó nunca a ser canje y que durante años tuvo como rehenes a los soldados capturados y a los guerrilleros presos en la época de lo que los violentólogos llamaban del empate militar.

Aquel siniestro empate se resolvió finalmente en las negociaciones de La Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc. Queda la memoria de las víctimas, tanto las que cayeron en la guerra como las supervivientes: el sargento primero y sus padres. Pero ahora, y a pesar de que la comparación es hoy militarmente insostenible, sus efectos se prolongan en el empecinamiento de la guerrilla del ELN en su propio tire y afloje con la delegación del gobierno en las conversaciones de Quito. La guerra no ha terminado.

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