RevistaArcadia.com

De color de rosa

Antonio Caballero sobre lo que puede estar detrás de los coloridos macromurales de Bogotá.

2017/12/12

Por Antonio Caballero

Así como se ve en la foto quedó en estos días, recién pintado de todos los colores, el barrio Buenavista en los cerros de Usaquén. Como un pueblo isleño del Caribe británico, o uno italiano de la Costa Amalfitana: es decir, como lo opuesto a lo que han sido tradicionalmente (en la tradición de la precariedad y la miseria) los barrios de invasión bogotanos. De invasión fue en su origen este de la fotografía, cuya historia particular no conozco pero puedo intuir por semejante a la de tantas otras barriadas de la expansión de las ciudades colombianas en el último medio siglo: familias desplazadas de todo el país por la violencia y el despojo y venidas a Barranquilla, a Medellín, a Cali, a Neiva, o en este caso a Bogotá, en busca del rebusque; y caídas en las manos de algún politiquero urbanizador pirata, un concejal, un senador, que les extorsionó sus últimos centavos vendiéndoles un lote que no era suyo y prometiéndoles luz y alcantarillado. Finalmente –dice en el reportaje que acompaña la foto en El Tiempo una de las fundadoras del asentamiento ilegal–, “en 1992 nos legalizaron el barrio”.

Cortesía HabitArte.

La imagen es muy bonita, por lo menos vista así, de lejos. Ya digo: Positano o Sorrento en el Mediterráneo, o Saint Kitts en las Antillas. Sin mar, por supuesto, pero muy cerca del alto cielo bogotano que a veces es azul con blancas nubes volanderas, como lo vemos en esta foto. El horizonte lo dibuja la línea inclinada del cerro, monte bajo nativo coronado por unos cuantos eucaliptos. A la izquierda, hacia el norte, empieza de un tajo una masa verde y negra de grandes árboles. Y de ahí el barrio se extiende hacia la derecha de la foto y desciende hacia occidente, hacia el fotógrafo (¿que está en un helicóptero? ¿en un dron?), en una sinfonía de amarillos, naranjas, algún rojo, unos cuantos grises y unos azules rechinantes interrumpidos por las manchas verdes de los pocos árboles respetados por los invasores. “Un pesebre navideño”, para usar la comparación usual, también tradicional, como son tradicionales los pesebres en Navidad.

No sé si el barrio esté a la altura de la foto. No he ido a verlo, y la foto es –dice el periódico– “cortesía de HabitArte”, que es la entidad que pintó las casas de colores, así que tiene interés en que la imagen publicitaria sea bonita: no es imparcial. En mi opinión personal hay demasiado anaranjado, que es un color muy feo para pintar paredes. Visto el barrio de lejos, como paisaje para los que no viven ahí, vaya y venga. No sé cómo sea tener pintada así la propia casa. El azul es, ya dije, demasiado rechinante, aunque tal vez lo apacigüen las lluvias bogotanas. Pero todo va en gustos. Y el cronista del periódico informa que los colores del macromural, como lo llaman, fueron decididos democráticamente por la comunidad de los habitantes. Ellos sabrán. Cuenta un muchacho del barrio que participó en los trabajos que, además de la obra, “se le dictó un curso de belleza, y se le abrieron las puertas para estudiar danza aérea”. No sé en qué consiste la danza aérea, y más aún me intriga en qué puede consistir un “curso de belleza”. Pero en todo caso el resultado constituye un innegable progreso estético con respecto a la habitual fealdad sin atenuantes de los barrios de invasión bogotanos: tejados de lata corrugada y paredes de ladrillo hueco desnudo con espumarajos de cemento entre hilada e hilada; ramos de varillas de hierro que se oxidan y se tuercen a la espera de un segundo piso; escombros, basuras, charcos. No sé cómo sea de cerca este embellificado barrio Buenavista: pero visto de lejos, como en la fotografía, por lo menos no se distinguen los cadáveres pintados de amarillo o de anaranjado o de azul eléctrico.

La iniciativa estetizante y embellificadora, sin embargo, no vino de los habitantes del barrio, ni de los de las otras 32 zonas de Bogotá en donde están siendo pintadas de colores las fachadas. Sino de la Fundación Orbis en alianza público-privada con el Distrito a través de HabitArte (ay, qué fatiga la de estos repetitivos juegos de palabras con “arte” siempre en la punta: sentArte, parArte, comprArte, suicidArte). La Fundación Orbis pertenece al grupo del mismo nombre, que se presenta en su sitio electrónico como “un grupo empresarial multinegocios” en torno a la empresa de pinturas Pintuco. Dice la crónica de El Tiempo que “la Secretaría de Hábitat de la Alcaldía de Bogotá invirtió este año 18.000 millones de pesos para llenar los barrios marginados de color”. Ojalá no resulte, en fin de cuentas, que esta empresa de embellificación del hábitat de los pobres sea simplemente uno más de los grandes multinegocios público-privados que se hacen en Bogotá a costillas del Distrito.

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