Las piñatas son el sello de Paulo Licona, una de ellas posa con la pata partida. Crédito: Daniel Reina.

La escuela salvaje de Paulo Licona

Un perfil de un artista colombiano que nos invita a desaprender, o revisar al menos, la estructura que sostiene el frágil tinglado del arte, que muestra en el estado de confusión de los estudiantes su punto más débil.

2018/01/23

Por José Aramburo* Bogotá

Hay una situación de muy poca rebeldía. Es chévere que todo

el mundo trabaje, haga cosas agradables y trate de estar en un

lugar tranquilo, confortable. Lo que veo es que no hay mucho

lugar de acción entre tanto pulular de cosas.

Y sí, en el fondo hay tanto, que no hay nada.

Paulo Licona.

Esfera Pública, 2014.

Conocí a Paulo Licona (Tunja, 1977) en algún mes que no recuerdo del año 2006, en una exposición del colectivo Todopipas –del que Licona hacía parte con el también artista Camilo Turbay– en Ganga International Gallery: un espacio de exhibición independiente creado por algunos miembros del colectivo El Vicio –compuesto por Diana Rico, Richard Decaillet, Simón Hernández y Simón Mejía–. Allí los jóvenes artistas exhibían un perro disecado con una pata trasera levantada, como si estuviera a punto de orinar, y unas llamas en piñata, además de una pila de calcomanías con diseños de pipas en un ambiente que simulaba una olla de vicio –o al menos eso es lo que recuerdo–.

La exposición se llamaba Todopipas in Hell. Paulo participaría en otras cuatro exposiciones con Turbay. “Con Camilo logramos algo muy difícil, porque a veces trabajar con alguien es un asunto de mediación. Yo era alguien mucho más de hacer, mientras Camilo estaba casi jugando ajedrez; como un Duchamp o un Picabia. Aprendí muchas cosas de eso: a la gente le da pena, pero el arte está en ese lugar a veces recalcitrante, donde se tiene que repetir en el oficio. De lo que se trató con Camilo fue de potenciar lo que en un principio vimos como una forma de hacer diseño, haciendo camisetas, ropa y hasta pipas”. Eso me dijo Paulo Licona la última vez que lo vi, en diciembre de 2016.

No conocí a Licona esa noche, pero se puede decir que tuve la primera bocanada de su burundanga estética. Lo vine a conocer –de verdad, verdad– más o menos un año después, cuando fui a su estudio, que quedaba en esa inmensa y fantasmagórica casa de Mapa Teatro, en la Séptima con 23 o 24. Llegué a esa especie de cita a ciegas promovida por Camilo Turbay un viernes por la tarde. Desde ese día construí con Paulo una sólida amistad de a veces, con los altibajos de cualquier relación que se pueda considerar saludable, e incluso unimos esfuerzos y desidias en algunas exposiciones y empresas casi siempre anárquicas, autodestructivas, o ambas al mismo tiempo.

Paulo Licona es lo que se podría definir como un “artista de la acción”. Cuando hablo de “la acción”, no me refiero a algún subgénero del arte contemporáneo, que es a su vez un subgénero de la tragedia, sino a la clase de artista que no para de producir obras de arte: como una especie de renacentista punk, Licona ha desarrollado todo tipo de oficios y talentos que, a diferencia de los de Da Vinci, parecerían destinados a descomponer de alguna forma la maquinaria del progreso. Es como si cada invención fuera un sofisticado palo de material reciclado que, aunque no detiene la rueda, hace que rechine con claridad la precariedad de la carroza; como tanquear un carro de carreras con vino espumoso. Rechinar de dientes. Aquí va un poema publicado en su perfil de Facebook que ejemplifica con claridad su estilo críptico y disruptivo:

Y si tiene otra piel para remover

Y si es de alfileres

Y si salen uno a uno, despacio

Y si el sabor decrece

Y luego corre entre lodo

Y si se choca

Y si cae

Y si se levanta

Y si ahora le dan una carta

Y si es un as de picas

Y con el número 5 escrito

Y con él se ríe, y ríe…

Decenas de ratas –noventa y una para ser exacto– recorren estáticas las salas de un museo en Marsella. La exposición tiene por nombre “Le bruit des choses qui tombent” (El ruido de las cosas al caer). Las ratas, que habían sido producidas en Bogotá por Licona con la ayuda de un grupo de asistentes en maratónicas jornadas de trabajo, están dispuestas caprichosamente en todos los espacios del museo –que además exhibe obras de Beatriz González, Doris Salcedo, Ever Astudillo, Miguel Ángel Rojas y Óscar Muñoz, entre otros celebrados artistas–, posando juguetonamente como un borracho colado en una fiesta de abstemios; entre la solemnidad de funeral tan propia del arte contemporáneo nacional, que ha sido tan profundamente violentado.

Sobre esta exposición, Paulo diría: “…Fue una chimba [sic]. Me invitó una curadora que se llama Albertine de Galbert y su asistente. Supieron de mí en el Salón Nacional de Pereira. Creo que les parecí rarito. Al principio iba a hacer lo mismo, ir a piñatear. Estaba casi obligado a hacer, dentro de la moda que me inventé para mí –que es piñatear– unas vainas que había querido hacer sobre la peste. Me di cuenta de que había ratas como un hijueputa en Arles: ratas a la lata. Bogotá, comparado con eso, es una delicia. Aquí hay una limpieza social demasiado exquisita. Mientras andaba conociendo el museo y la ciudad, enterándome de cosas, supe que se hizo un muro en Marsella, donde con catapultas botaban a la gente porque creían que las personas eran las que portaban la peste. Pero el problema estaba en una pulga que traían las ratas. Mientras conocía todo eso, también estaba paseando y pasándola bueno con Juan Obando. Por esa misma época empezó a llegar mucho turista y pensé que la plaga ya no eran las ratas, sino los turistas. Pensé que lo que hay que hacer ahora son ratas a la lata. Pensé más en la rata que se ve en San Victorino. El ladrón, el carterista o uno: la rata. De hecho me he dado cuenta de que por entrar en los sistemas del arte he ido perdiendo la rata que hay en mí. Se puede decir que de rata pasé a hámster. El caso es que estamos cundidos de ratas”.

Esta “moda piñatera”, como la llama Paulo, ha sido una constante en el trabajo del artista, que como un metacarranguero ha encontrado, con su sentido del humor y su lenguaje provocador, una manera de limpiar las heridas del espectacularismo histórico (e histriónico) dominante en la mirada del ombligo nacional: como un chorrito de mertiolate vertido sobre una fosa común y corriente. Un ejemplo vibrante de este modus operandi fue la obra que presentó en el 44 Salón Nacional de Artistas: una instalación donde papeles de colores colgados del techo compartían habitación con cabezas, torsos, piernas y brazos elaborados en piñata; como si Licona invitara a reventar a palo los clichés sobre los actores de esa violencia tan pobremente televisada. Incluso había una piñata que se parecía a Uribe manco y con muleta. Habría que inventar un nuevo emoticón para hacer una crítica sólida que hable con profundidad sobre este portento formal/conceptual, o habría que leer el texto descriptivo del propio Licona sobre esta instalación, que a todas estas se llama HH. Hermoso Horror”: “Un penetrable de papel seda que más parece una maraña de pelos que descuelga 5 metros, y de ella como flotantes cabezas, piernas, brazos, manos, una serie de palos que simulan armas, metralletas, machetes, motosierras para romperlas, un niño con una de sus piernas mutilada, una apología al horror y su hermosura”.

Para desmadejar ese ovillo que resulta de los más de veinte años de carrera artística del maestro Licona, tendríamos que pasar por una gran cantidad de exposiciones e iniciativas, entre las cuales se puede destacar Profesor hijueputa: además de unas cajas con patrones geométricos hechos con tiza “que adapta como ataúdes diminutos”, como los describiría el crítico Guillermo Vanegas, había un video donde sus alumnos lo asediaban con una lluvia de tiza. También se destaca La escuelita del mal, en la que, además de construir unas rampas para patineta –que fueron juiciosamente utilizadas por los aficionados a este deporte–, dio vía libre para que los visitantes del Museo de Antioquia intervinieran sus paredes con marcadores, siendo el resultado un sinfín de mensajes obscenos y no tan obscenos, como de baño de fonda.

Aquí es importante observar el carácter pedagógico en la obra de Paulo, quien tal vez influenciado por sus padres –también docentes–, y provisto con la rebeldía de quien educa no solo a sus alumnos sino también al que se cruce en su camino, nos invita a desaprender o revisar al menos la estructura que sostiene el frágil tinglado del arte que muestra en el estado de confusión de los estudiantes su punto más débil.

Como un hecho –además de prueba de su compulsión por la acción que mencioné anteriormente– , Licona puso en marcha en el año 2012 el Salón Tollota que, como escribió Lucas Ospina en el portal crítico Esfera Pública, “no perteneció a un curso, fue solo una acción decidida que partió de un experimento de un profesor de cátedra de dos universidades, quien aprovechó el interés que vio en cada lado para generar esta experiencia. Tal vez eso es lo que necesita un programa de arte: menos clases, más experiencias, menos universidad, más vida universitaria”. En otra parte de ese texto, escrito en el mismo año del primer Salón concebido por Licona, se pregunta Ospina: “Por lo visto, el Salón Tollota dejó muchas inquietudes. Al final de este semestre el evento se repite. ¿Se repetirá todo lo demás?”. Pues bien, no sé si se repitió todo lo demás –refiriéndose Ospina claramente a los vacíos en los trabajos de estudiantes que responden a un pénsum–: lo que sí sé es que Licona ha organizado –casi siempre con las uñas– este salón universitario ininterrumpidamente desde entonces.

Mercadito en el Mercado de las pulgas de los domingos, en el parqueadero contiguo al MamBo. Cortesía Paulo Licona.

Otro de los hitos de Licona es su famoso ¡Mercadito y Mentidero! Para ello instaló en el mercado de las pulgas que queda a espaldas del Museo de Arte Moderno de Bogotá, junto al artista y también profesor Juan Obando, una especie de galería-miscelánea que vendía todo tipo de cachivaches y baratijas, además de obras de artistas amigos que en el mercado costarían una pequeña fortuna, pero que ahí eran vendidas “a precio de huevo”. Habría que pensar, entonces, en ese juego siniestro de Licona, cuya regla, como de manual anarquista, parece consistir en conquistar los espacios propios de la academia o las instituciones –con sus modelos acartonados, sus convocatorias kafkianas y el hedor a naftalina– para destruirlas desde adentro, pero no tanto como para que no pueda ser invitado de nuevo a planear la nueva pequeña demolición: aquí podemos encontrarnos de nuevo con el rechinar de los piñones gastados y rostros incrédulos de los aficionados a las carretas de época. Esta instalación se replicaría bajo la curaduría de Sebastián Ramírez en el Museo La Tertulia en Cali; pero es en este tipo de relecturas que la obra de Paulo pierde fuerza, pues funciona mucho mejor en un ambiente salvaje: su mundo. Mejor dicho: para mí el mejor Licona es el que lleva su arte sin pretensiones filosóficas o silencios abismales a la gente que poco tiene que ver con la minoría, que disfruta este tipo de jugarretas conceptuales, a cualquier gente. Prueba de esto fue la vez que fabricó unas piñatas gigantes con formas de bolsa de cocaína, botella de pegante y todo tipo de parafernalia asociada a la fiesta de las calles, para ser reventadas en el centro de Bogotá, muy cerca a la zona donde prostitutas, indigentes y jíbaros tuvieron posiblemente su primera experiencia artística de verdad, o sus piñatas en forma de pistola, celular robado, cadena y cuchillo que fueron reventadas por prostitutas, ladrones y jíbaros cerca al parque Berrío en Medellín, ante la indiferente –¿o celosa?– mirada de las megaesculturas que Botero donó con su infinito mal gusto de nuevo megarrico.

Y es que razón no le falta a Licona cuando me dijo, hace un par de meses, que “el arte se volvió una cosa muy mainstream. Se volvió como una fábrica de lanzar globos: unos fanfarronean y se van mientras otros se estrellan o se desinflan, y aunque suene pirobo, yo nunca he estado en un globo”. A esto agregaría que Licona, a pesar de no haber estado en ningún globo, parece haber dado a su obra ese toque de helio que logra que el dolor de la guerra hable con ese tono de caricatura capaz de aliviar un poco, con su mordacidad evasiva, los hematomas de esta triste locura que es haber nacido en Colombia, donde si no nos gusta el trago extranjero es porque no hemos podido salir de este gran ombligo que habitamos. Licona en este asunto parece gustar también del trago extranjero, a pesar de que sea caro y no sepa a bueno.

* Artista plástico. Fundador de la Galería Nacional de Colombia, escritor ocasional y creador del cóctel que lleva su nombre.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación