El incendio del 'Hindenburg' (1937).

Aura de monje

"La luz no es un consuelo, pero si no hay luz, entonces ya nunca habrá consuelo." Andrea Mejía sobre jazz, literatura y la vida.

2017/02/24

Por Andrea Mejía

Hay dos frases sobre la luz. La primera es de Thelonious Sphere Monk: “Siempre es de noche; si no, no necesitaríamos luz”. La segunda es de Goethe, que al parecer, justo antes de morir, dijo: “Luz, más luz”. Thelonious no dijo simplemente un día que siempre es de noche; al parecer era una frase que solía repetir, día y noche, aunque si la frase es verdadera –¡y lo es!–, nunca es de día, siempre es de noche, y a lo mejor era de noche cuando este monje luminoso salía de su celda bajo la tierra para envolver las cosas en la luz de su música, en el oro de sus trajes, en el calor de su presencia y de sus palabras. No paraba nunca de hablar.

La frase de Monk es el epígrafe de la sexta novela de Thomas Pynchon, Against the day (Contra el día), traducida al español como Contraluz. Otro día, cuando la termine, si algún día la termino, porque tiene más de 1.300 páginas, podré contar la historia de los Chicos del Azar, la tripulación de una máquina de volar que cree que “subir es como ir hacia el norte”, y de Pugnax, el maravilloso perro que lee y husmea, no precisamente con cara de estar aprobando, libros de Henry James.

Pude terminar, eso sí, un pequeño cuento para niños escrito por Goethe: La serpiente verde. Aparece una serpiente linda y bondadosa que come monedas de oro y brilla en “la oscura floresta”. En el cuento hay también un viejo con una lámpara. Si esta lámpara brilla sin tener otras fuentes de luz cerca, transforma las piedras en oro y los animales muertos en piedras preciosas. Pero si brilla cerca de otras luces, “solo produce un bello y claro resplandor, y todo lo vivo se recrea a cada momento gracias a ella”. Alguien le pregunta al viejo: “¿Por qué vienes si ya tenemos luz?”. El viejo responde: “Sabes que no me es permitido iluminar lo oscuro”. Respuesta enigmática, casi teológica. Estoy segura de que Goethe se acordó de este viejo suyo y de su lámpara antes de morir. A lo mejor pensó también en todo lo que arde, afuera y adentro, iluminando el pensamiento antes de la muerte. En todo caso, anticipó con su “luz, más luz” los enjambres de zepelines incendiados en el cielo que arderían después en la imaginación de Pynchon.

La luz no es un consuelo, pero si no hay luz, entonces ya nunca habrá consuelo.

Una de las historias que más me gustan de la vida de Monk es que dio la vuelta al mundo acompañando con el piano a un predicador evangelista. Me acuerda al revés de otra historia del cruel y genial y sombrío Hans Christian Andersen, en la que un pastor puede oscurecer la luz del día con su prédica: afuera es de día, en la iglesia es de noche. El predicador en verdad va en contra del día. Monk es exactamente lo contrario. Él hubiera podido iluminar incluso la prédica de un pastor protestante danés. Pero el final de la vida de Monk es triste, porque pasó su tiempo encerrado, en lo oscuro. Aunque a lo mejor siguió brillando, aun sin su piano, como la serpiente de Goethe en su oscura floresta. El final de esta serpiente es también triste. Se sacrifica por la felicidad de otros, y estalla en miles de piedras preciosas verdes brillantes.

Me gusta tanto él, Thelonious, y sobre todo su nombre, Thelonious Monk, que a un perro al que adoraba cuando era niña y que tenía su propio nombre –Telo–, lo apodé Thelonious Monk, aunque fuera mucho más largo de decir. No sabía muy bien con el nombre de quién estaba cobijando a mi Telo. Son tantas las calles y las plazas y colegios que en un país se llaman “Goethe”, que todo un reino podría hacerse solo con su nombre. Sería espantoso. Pero puesto aparte el gris destino nominal de Goethe, él comparte la naturaleza de Thelonious: dos estrellas sueltas, errantes, liberadas de la mecanicidad de cualquier órbita. La diferencia está en que Thelonious Monk terminó siendo el nombre único de un precioso pastor alemán que, contrariamente a Pugnax, no sabía leer.

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