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Resistencia pacífica

Antonio Caballero resalta la resistencia civil de los catalanes frente a la agresión de la Guardia Civil.

2017/10/20

Por Antonio Caballero

Esta fotografía tomada en Barcelona el 1 de octubre pasado ilustra elocuentemente un principio fundamental de la vida política de las naciones: que la policía es una sola, en tanto que la gente es mucha y muy variada. De espaldas, la policía española: una hilera horizontal de negros cascos opacos con cubrenucas y viseras blindadas, de las cuales solo una está levantada para mostrar el rostro de su ocupante (que nosotros no vemos). En las espaldas de los hombres cambian los números –15, 133, 122–: pero solo los números. Siempre se han llamado así en España: no agentes, sino “números”, los integrantes de la policía o de la Guardia Civil. El resto es negro, negro, negro, de un negro mate y uniforme. Recuerda uno el Romance de la Guardia Civil, de Federico García Lorca: “Los caballos negros son. / Las herraduras son negras. / Tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras”. La policía es siempre eso. No está hecha para llorar. Sino para reprimir. No está hecha para juzgar ni para distinguir. Poco le importa si la causa que reprime es justa o injusta –en este caso está reprimiendo a la vez la pretensión independentista de más o menos la mitad de los catalanes, y también la contraria, la pretensión de unión con España de la otra mitad. Está reprimiendo la votación colectiva al respecto de los unos y de los otros. La foto muestra pues, sin más, la represión violenta de la policía.

Policías y ciudadanos en Barcelona. Crédito: EFE.

Pero muestra también de frente, al otro lado de la barrera casi invisible de escudos transparentes de plástico irrompible, la resistencia pacífica de la ciudadanía de Cataluña. No hay nadie que agreda ni que amenace en esa masa compacta de civiles que resiste casi sin resistencia, salvo la de su número, la embestida de los policías. Solo un joven, a la izquierda en la primera fila, parece discutir con uno de los uniformados: se nota que razona sin acritud, sin levantar la voz. Y a su lado dos calvitos de gafas escuchan con atención y sin interrumpir. Una mujer también joven, arriba, en el centro, también quiere decir algo con la boca abierta y las cejas levantadas de protesta: pero más que contra la policía parece estar mostrando su desacuerdo con su vecina más vieja, de pelo corto y gris, que tal vez la ha pisado sin querer. O al revés: puede ser ella quien ha pisado a la otra. En la primera fila de los civiles se queja una joven rubia de firme cuello: la empujan, o tal vez la pellizcan. Y sin embargo nadie parece furioso, y casi ni siquiera incomodado por el apretujamiento. Una pelicastaña medio solloza en el brazo de su novio: tal vez llora por la suerte de Cataluña.

Nadie pelea, nadie grita. Todos protestan en paz, simplemente estando ahí, presentes en la protesta. Unas caras se ven serias, pensativas, y distraídas otras, como las de la gente que va en un bus (un bus, por supuesto, de Barcelona). No se ven casi manos: apenas dos o tres. La de la bella rubia de la primera fila, la del joven discutidor que parece estar enumerando argumentos con los dedos, una de otra mujer que lleva un papel escrito que seguramente pensaba leer, una arenga patriótica, y no ha podido hacerlo en el tumulto (y dos manos de policías, enguantadas de negro). Y hay en la muchedumbre toda clase de gente, toda pacífica, tranquila: jóvenes de barba y uno o dos de cachucha, pero no encapuchados, viejos calvos o de pelo gris, unos cuantos de gafas, mujeres castañas, pelinegras, una que mira al cielo, otra que se examina las uñas por ver si en el alboroto se le ha astillado alguna. Ningún niño (aunque alguno se pudo ver, a hombros de algún adulto, en las imágenes saltarinas de la televisión). Calvos naturales unos, de cabeza rapada otros. Una pelirroja de frasco con las raíces muy negras, como suelen ser las pelirrojas, salvo en Irlanda. No se ven negros, ni moros, ni gitanos, ni mestizos con cara de sudacas, y eso que en Cataluña todos se cuentan por centenares de miles: se ve que a la policía le tienen ellos más miedo que los otros. La conocen mejor. Tampoco se ven ricos: pero es que están de su lado.

Y toda la imagen se centra en el rostro de la rubia de la primera fila, con su pañuelo de seda azul al cuello. Puede parecer injusto, porque no es que las rubias sean más bellas: pero son más vistosas. “Más aparentes”, dicen en España. Es una rubia pálida, inconfundiblemente catalana, de pelo escaso, boca bien hecha y hombro semidesnudo y tentador. Un hombro que se adelanta hacia quien lo mira como la proa de un barco y rompe la negra barrera de arrecifes de los cascos policiales. Detrás, un muchachón adolescente, o dos, o incluso tal vez tres, estrechos de sienes, ansiosos de respiración y con los ojos perdidos, se esfuerzan por pegarse a ella al amparo de la confusión. En cambio otro señor la ignora escrupulosamente, un calvo de barbita en punta con cara de galerista de arte: la perspectiva de género parece tenerlo sin cuidado.

Qué cantidad de cabezas. Yo conté cincuenta y seis hasta que me aburrí. Más ocho cascos mates, negros y redondos: las calaveras de plomo de la Guardia Civil. No en la foto, sino en el conjunto de las cargas policiales en Cataluña, el resultado fue de novecientos resistentes pacíficos heridos.

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