Jorge Luis Borges.

Borges en Bogotá

El escritor argentino visitó la capital en dos ocasiones comprobadas: una en 1963 y otra en 1978.

2016/05/24

Por Manuel Hernández B.* Bogotá

En su primera visita, en 1963, Borges vino a recibir una distinción de la Universidad de los Andes, fundada en noviembre de 1948, y por lo mismo una universidad muy joven y audaz. En el 63, llevaba 15 años de vida y su rector era Ramón de Zubiría. Es bueno recordar que los estudios de humanidades eran el tronco común de todas las carreras, técnicas o no. Borges vino con su madre, y escribió un poema en el que declara que todavía no ha hecho una contribución al arte de la poesía. Era una idea plena de modestia y la razón era declarar su humildad como estrategia de enamoramiento, según narró Álvaro Castaño Castillo. Menciona a Texas, adonde había viajado un año antes, y algún otro lugar. El poema se llama “Elegía”. Bogotá era pequeña, la avenida Jiménez era de doble vía y se hospedó en el Hotel Continental. De ahí salía por las tardes a la farmacia de la carrera 5.a donde le aplicaban una inyección de vitaminas; comía muy mal. La madre lo acompañaba en ese recorrido de cien metros o menos. Se dice que el farmaceuta era de apellido Bohórquez y que el poeta le dijo que eran variaciones del mismo suyo: Borges. Es verdad, lo seducían todo tipo de parecidos y de variaciones de palabras y nombres propios.

En la segunda ocasión, venía de Medellín donde le habían entregado las llaves de la ciudad y había pasado por Cartagena. La Universidad de los Andes volvió a recibirlo. Con acceso restringido, en la sala rectoral, habría máximo unas 80 personas. La noche anterior había estado en la Biblioteca Nacional que dirigía la historiadora Pilar Moreno de Ángel. Estuve en ambas. De la segunda recuerdo la asistencia numerosísima, más de 400 personas, no había espacio, ni sillas, ni salas alternas con video, fue muy incómodo escucharlo y, además, se trenzó en una discusión inútil, pues unos filósofos colombianos discreparon de su idea del eterno retorno. Era claro que había algo de petulancia, de descortesía y de desencuentro de disciplinas. Con el grupo de amigos con los que yo estaba salimos a maldecir un poco. Al día siguiente era la sesión en otra universidad. Por mi casa, cercana a la universidad, pasaron unos amigos y tras un forcejeo cortés por la invitación entramos todos. Por gentileza de Danilo Cruz Vélez, quien me había oído leer poesía en la casa de Gonzalo Hernández de Alba.

Tras la pregunta sutil acerca de por qué en el poema Ajedrez hay un dios con minúscula que está detrás de Dios, con mayúscula que “la trama empieza”, se agotó un poco el diálogo. Yo estaba ansioso y le hice la pregunta que habíamos discutido la noche anterior. Era sobre una observación de mi amigo Roberto Araújo que aludía al cuento El Congreso. A Bogotá no había llegado el volumen de El libro de arena que incluye este cuento, el más largo de todos los escritos por el poeta y donde aparece y se destaca por su carácter de juego biográfico la rivalidad entre un testigo humanista, Alejandro Ferry, y un filántropo hacendado, Alejandro Glencoe. La trama consiste en la inutilidad de los congresos, y la futilidad de acumular impresos llevada con humor al absurdo, y que termina con una vasta hoguera para prescindir de los libros acumulados, tema de ingrata recordación. No resistí formularle la pregunta sobre el cuento. Haciendo énfasis en su longitud y en la idea de que el cosmos y la urbe se entreveraban. Le gustó la pregunta. Se quedó pensando y desde la ceguera buscó mi voz. “Yo quería refutar a Kafka –dijo–. Donde él trabaja un agobio yo buscaba un… un...” y yo desde el público le dije “un alivio”, produciéndolo en ese momento. Fue conmovedor el uso de los dos vocablos: agobio y alivio. El cuento “El Congreso” había llegado a mis manos en una edición especial de El Archibrazo Editor, total que yo había conocido el cuento recién salido y había acumulado en silencio mis inquietudes y rumores por esa pieza de prosa casi utópica; y solo faltaba el agobio de Kafka y la pregunta retórica sobre el papel en la obra de Borges de una casi nouvelle o short story. Todo fue satisfecho en esa tarde epifánica.

Dos años después viajé a entrevistarlo a Buenos Aires y dos después pasaría una tarde en Madrid, en julio de 1982, en el Hotel Palace, mientras María Kodama tomaba una fotografía del guardián de las puertas del infierno, en algún sitio que yo nunca visité. En el intervalo entre finales de 1978 y julio de 1982, inicié una carrera académica en esta universidad de Bogotá. Recuerdo que Gloria Zea al salir de la charla en la rectoría le habló del nombre de una luz de la Sabana: resolana. Él no conocía esa palabra.

*Escritor

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