Río y bosque, del artista indígena Fabián Moreno. Tinta sobre papel. 100 x 70 cm.

Palabras vivas: Brigitte Baptiste sobre el hombre y la naturaleza

La ecología pasa por reconocer la diversidad de nuestras lenguas y la manera en que nombramos el mundo. La directora del Instituto Alexander von Humboldt se pregunta por qué hemos abandonado los relatos originarios para contar quiénes somos. El hombre no debe seguir oponiéndose a la naturaleza pues es parte de ella.

2016/11/22

Por Brigitte Baptiste* Bogotá

Lo que era y habría de ser, empezó verde. Al menos, en algunos principios: en otros fue el caos, el mar, la noche, la arena, el hielo. Incluso selva, un borrón. La mente, en blanco. Si no hubiesen sido tan importantes los ojos y la luz, tal vez sí el ruido del agua, el olor de la guayaba, el frío. Pero en todo caso, fue una sola cosa que se multiplicó mientras se dividía; la naturaleza paradójica de la diversidad, lo que nos originó.

Luego vinieron las dualidades, yo y el resto, arriba y abajo, el hambre y la saciedad. La selva y el cielo. Rápidamente todo se bifurcó y en nuestro cerebro primate apareció el universo: imposible decir si la noción o la señal bioquímica que lo representaba en la caverna craneana y sus derivaciones lo crearon o lo que era se insufló. Pero los peces empezaron a nadar en nuestra mente gracias al hambre y si bien no sabemos qué hay en la mente de los peces, que no nos nombran, percibimos como sus parientes su indiferencia o su temor, según nuestras sombras les parezcan paisaje o amenaza. El tiempo, andar a pie por el planeta y las proteínas nos dieron la posibilidad de almacenar infinitas señales de las bifurcaciones que fueron apareciendo en lo que llamamos mente simplemente por el hecho de estar vivos: la carne neuronal las entrecruzó y los peces no solo nadaron y fueron comidos, tuvieron sabor, viscosidad, olor a fresco o a podrido y a gusanos, tuvieron huesos, espinas, garzas que nos los robaron, plumas en las garzas, huevos en las garzas, polluelos junto a las garzas y las serpientes que los persiguieron. Y el sabor de los peces y la textura de su carne y el olor en sus entrañas de las pepas de monte que comió y el color parecido al sol de la grasa, buena grasa que encontramos y comimos, crearon la diferencia entre los peces, los de los ríos grandes, los quebradones, los lagos, los raudales, y cuando nos movimos para buscarlos nos dimos cuenta de que ellos se movían y la subienda se convirtió en una sucesión de palabras sabrosas por el río, llenas de promesas en contracorriente. Nació el poema.

Desde el primer momento nos pusimos en el lugar de los peces, viajamos como peces porque nos intuimos peces en el tiempo de la mancha, gente-pez, y fuimos peces para saber a dónde ir, dónde poner los huevos, dónde esquivar los caimanes, tal vez incluso dónde morir. Nos vestimos de escamas, remontamos los raudales, sentimos el lodo y las arenas, el miedo al temblón el dulce sabor de las larvas de cangrejo, aprendimos sus canciones. Porque en las bifurcaciones sonoras del mundo unas cosas fueron chicharras, otras cosas ranas, otras silenciosas o que solo hablaban de noche entre los sueños, las plantas. Y atamos cabos, encadenamos sus nombres y los recitamos y en la oscuridad de la cueva, de la maloca, nos los volvimos a comer con fruición, los de ayer, los de hoy, los de mañana, los ensoñados, los imposibles. Se los arrebatamos al martín pescador con nuestra destreza, le ganamos con nuestros anzuelos, llegamos antes que él a las profundidades con nuestras lanzas, nuestras nasas. Pero cuando pensamos como martín pescador para eso, cuando nos pusimos sus plumas sabiendo que también habíamos sido gente martín pescador, para imaginarnos cómo se clavaba en el lago, cómo miraba el agua para descifrar al pez bajo sus ondas, nos maravillamos con el vuelo, fuimos y volvimos de su nido en la espesura y al compartir su manera de saborear el pez, descubrimos su conversación y hubo peces para todos. Y le invitamos a la maloca, y lo retamos con acertijos para saber qué sabía y hacer que el que nos arrebataba los peces también nos dejara algunos y él recitó sus propios cantos donde el mundo tenía otra cara y bailamos y nos aliamos con él y le dimos nuestras hijas e hijos para casarse, y así fue con la hormiga, la danta, el sapo: el banquete de la palabra creció y crecimos con ello hasta hacer manchas para representar sonidos y hacer que los cantos se pudieran ver.

La diversidad del mundo son sus seres vivos, pero también e inseparablemente las palabras que de ellos se desprendieron, con las que los nombramos, y con las que nos enseñaron ellos cuando fuimos ellos, porque hablamos también con su hambre, sus cortejos, sus noches de miedo, sus desesperos. La diversidad de la vida hizo grandes nuestras historias y cuando aprendimos a contarla, la llamamos biodiversidad y cuando viajamos, nos dimos cuenta de que nuestra tierra era magnífica y que las historias que venían con ella, infinitas: llamáramos como llamáramos a las aves, al invocarlas y darles luz en nuestra memoria, miles de ellas acudieron a nuestros cantos, más que en ninguna otra parte del planeta, y así sucedió con las mariposas, las ranas, los peces, los murciélagos, profusos por todas partes, incontables como las hormigas, como las termitas, como los cucarrones y las abejas que cubrieron nuestra piel al caminar por la selva, chupando sal, confiando en esquivar nuestras manos letales, confiando en sus alas negras para pasar de un poro al otro en medio de tantas abejas. Desesperados, entendimos que hay ciertas horas del día en que no hay que caminar por la selva a menos que seamos abeja, sitios donde no hay que nadar a menos que seas tortuga, cuevas donde no hay que entrar a menos que seas un innombrable: porque en la revelación del mundo las palabras convocaron cosas de toda clase, aquellas que apenas habíamos visto de soslayo, las que salieron arrastrándose de los sueños y se fueron a vivir a las montañas.

Al norte y al occidente, hubo cordilleras y océanos, hubo otros peces, otras tortugas, otras playas. Incluso, tierras sin selva, arenas y espinas, donde el cangrejo y el escorpión eran felices y había que ser cangrejo o escorpión para saber vivir. La gente les puso nombre a esas cosas del mundo y en wayuunaiki o en natagaima se cantó ese mundo a su manera, como se recitan las kerkantas de los u’wa en las montañas, se curan las heridas del cuerpo y del alma entre los embera, se cantan las historias del yagé en el piedemonte. La multiplicidad de multiplicidades, la de la vida convertida en palabra, la del territorio compartido, la del contraste entre las selvas, los ríos, las sabanas y las montañas se convirtió por los azares en una nación, una sorprendente, una que aún no alcanza a recuperar las canciones con que fue cantada al principio de los tiempos porque la palabra, la sed y el hambre del oro de otros, cuyas historias fueron también maravillosas alguna vez, no alcanzaban para entender ni interpretar ni dar sentido a sus cuerpos en las nuevas tierras: con el arrasamiento de los pueblos, perdimos los nombres, las señales, el entramado de la existencia, perdimos también las claves que cada lugar había entregado para renombrar las cosas pues les pusimos nuevos nombres copiados y malformados, y les impusimos a nuestros peces y nuestras aves el peso de la malformación, la invalidez que no los dejó nadar una especie tras otra en la subienda, la vida recortada que no los dejó comer lo que comían, copular como copulaban, anidar donde debían.

La desaparición de las lenguas y los cuerpos de quienes las hablan impide reconocer el mundo y con ello lo que se había creado y multiplicado al dividirse en un principio, volvió a convertirse en una sola cosa, un manchón verde, un olor sin cualidad, un silencio o un solo ruido, y se hizo el caos y desaparecimos en la unidad, tal vez de la luz, tal vez de un solo dios, tal vez de un tirano, eso no importa. Desaparecimos.

Cada vez con menos palabras o con palabras fósiles, o con palabras prestadas por peces nadando descoloridos en formol, sin olor, sin sabor, venenosos, pretendemos reconocer y reencantar el mundo. Cada vez con menos palabras queremos recuperar la épica de la subienda y ponerles música a las charlas con martín pescador, también disecado en el museo, con una etiqueta garabateada y un nombre en una lengua que apenas reconocemos como la madre de la que hablamos, porque aún tenemos lengua y aún hablamos, pero con ello no podemos ser pez ni martín pescador, porque no sabemos cómo.

En la ecología de las palabras, que se cocinó en las mismas ollas con la de las plantas y los animales, se adobó con ellos, el olvido es una amenaza tan grande como la extinción de la vida y si bien sus tiempos son diferentes y la memoria sus hábitats protegidos, solo su persistencia conjunta les otorga continuidad. Por eso nada existe que no pase por la palabra viva, y la palabra se extingue cuando muere quien la pronuncia y con ello a quien designa y con quien conversa. La ciencia no puede reemplazar nada, solo nombrar y contar y cantar las cosas a su manera, hermosa y terrible también por cuanto al arponear sus peces para conocerles lo hizo sin conversar con el martín pescador y con ello dejó triste al vuelo, al nido, a la palma. Al hacerlo también desconcertó al pescador, pues al hacer el pez objeto cambió su dignidad, rompió el sentido de la trama, lo transfiguró en un dato que hoy trata de nadar en otra matriz.

Hoy las ecologías, las que se hacen en el territorio, las que persisten en las comunidades o emergen en las ciudades, las que se hacen sembrando un árbol y cantando al agua y los bichos que convoca el acto tienen la tarea sagrada de recrear los mundos y evitar que todo se vuelva un borrón de nuevo y hacer que la diversidad, la multiplicidad, tal vez la más grande del planeta, prevalezca y nosotros con ella. Pero para ello debemos entender que todo depende de quién la habla y la nombra con todo su esplendor, con su capacidad de atraer con ella lo que llamamos ciencias, la etología, la cadena trófica, los hábitos alimenticios. Hay ecologías profundas que reconocieron ese punto, donde tal vez podamos recuperar la legitimidad de lo humano sobre la Tierra, la capacidad de crear otras nuevas a través de nuevas conversaciones, de disfrutar una noche sentados ante el fuego con el maloquero saboreando los peces que nos comimos y compartiendo las historias infinitas que cada uno de ellos desencadenó y nos invocó.

En Colombia sobreviven cerca de cien maneras de denominar el mundo. Cien maneras que han emergido y evolucionado con él, lentamente creciendo en el inconsciente de cada una de las colectividades que están constituidas por las lluvias, los ríos, los suelos, las montañas, los demás seres vivos y los misterios de cada región donde durante miles de años convirtieron esas manchas genéricas de realidad en universos únicos, irremplazables. Tal vez la obligación ética más grande que nos queda, más acá de los avances en el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales a la vida, sea la de salvaguardar todas y cada una de las ontologías que constituye cada cultura, a su vez contenidas y vivas en su lengua y de esta en su territorio. La diversidad del mundo es inabarcable con un solo lenguaje, es irreductible a un solo vocabulario y una manera de nombrar, de hilar los sonidos, de relatar. Y cuando eso pasa, cuando desaparece la palabra que designaba esa única y maravillosa rana que solo ha sido vista una vez por occidente, la extinción de su recuerdo es una tragedia tan grande como su propia extinción orgánica, aún si esta no se ha dado y la volvemos a descubrir. Porque su existencia como rana era parte fundamental del ecosistema de un relato, sin ella, la explicación de nosotros mismos empieza a desfallecer, y no solo nos enfrentamos a un vacío en la trama orgánica de la vida que indudablemente en millones de años podría compensarse, sino un agujero en nuestra manera de contar el mundo y de contarnos en él. Sin las palabras y las historias y las maneras de explicar la razón de ser gente de cada uno de los pueblos nativos de Colombia dentro de sus territorios nunca habrá más que una Colombia postiza, tratando de chapotear y volver a emerger –sucede (lentamente), es cierto– en ese gigantesco borrón verde o pardo o gris que hoy en día defendemos maravillados solo por algunas señales escuetas y llamamos megadiversidad, donde la ciencia ha tenido el triste deber de volver a construir todo con claves distantes, diccionarios esquivos y, sobre todo, un tiempo tan limitado que la abrumadora extinción no nos dejará más que una señal clavada con los alfileres de la nostalgia. Porque buena parte del mundo y del mundo que queda en Colombia aún está ahí y persiste por los esquivos pero vigorosos relatos de la abundancia, del vecindario lleno de peces y de seres, de las visitas de los viajeros y de la persistencia de sus pueblos originarios, no queremos que sea ese potrero sinónimo del vacío sino que contenga el olvido y pueda, alguna vez, reencarnar las palabras de quienes, por afecto, saben que la mancha es el fin, como al principio.

*Directora del Instituto Alexander von Humboldt.

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