Sandra Borda.

Buenas prácticas en diplomacia

Para Sandra Borda hay en nuestra Embajada en Alemania un ejemplo de buenas prácticas para la diplomacia colombiana del posconflicto.

2017/02/24

Por Sandra Borda

Ya se volvió lugar común entre analistas y estudiosos de la política exterior colombiana sugerir que tenemos uno de los servicios diplomáticos menos eficientes y profesionales de la región. Se ha estudiado hasta la saciedad el tema y siempre se llega a la conclusión de que en la medida en que las embajadas sigan siendo parte del botín político que reparte el gobierno a sus amigos y aliados, jamás lograremos un servicio exterior del nivel que exige el sistema internacional de hoy.

Pero así como hay que insistir en esta generalidad para que algún día algún gobierno decida tomarse en serio este problema, es también útil rescatar y hacer visibles las excepciones a esta regla en la medida en que nos permiten observar bajo qué condiciones las buenas prácticas sí son posibles en la diplomacia colombiana.

Hace algunas semanas participé en Berlín en una conferencia sobre el nuevo papel de Colombia en el escenario internacional y tuve la oportunidad de observar de cerca una suerte de experimento que está avanzando nuestra Embajada en Alemania y que, estoy convencida, dará grandes frutos. Además, debería ser emulado por nuestras representaciones diplomáticas, particularmente en el resto de Europa y en Estados Unidos.

Nuestra embajadora en ese país, María Lorena Gutiérrez, y su equipo se reúnen periódicamente con representantes de las más importantes organizaciones no gubernamentales defensoras de derechos humanos radicadas en Alemania. Fui invitada a una de estas reuniones y el tono y la naturaleza del intercambio me dejaron gratamente sorprendida por varias razones.

Para empezar, teniendo en cuenta que los diversos gobiernos colombianos siempre han pensado en estas organizaciones como un enemigo y algunos hasta se han atrevido a tachar a sus miembros de aliados de la insurgencia, es llamativo que se haya decidido aproximarse a esta relación de una forma más constructiva. En el informe que escribió la Misión de Política Exterior de la que hice parte, insistimos en que era necesario que el gobierno adquiriese un tono más conciliador y, sobre todo, menos agresivo con estas organizaciones. Sugerimos que era importante escucharlas, no solo por una cuestión de principio, sino también porque estas ong cuentan con información valiosa que podría contribuir a mejorar el comportamiento del país en materia del respeto a los derechos humanos. De hecho, en ese entonces dijimos que la Cancillería debería contar con una oficina dedicada a construir ese tipo de diálogo. Es bien sabido que esto jamás se hizo y que las ONG de derechos humanos internacionales no han sido ni son el interlocutor favorito de la actual canciller. Por eso, que una Embajada haya decidido iniciar este intercambio es una experiencia que debe replicarse.

Pero además, la naturaleza de la conversación me dejó también sorprendida. Iba a esta reunión con la idea de que nuestra representación diplomática se dedicaría, como lo ha hecho buena parte de nuestro servicio exterior, a atrincherarse y defenderse de las acusaciones de estas organizaciones, a utilizar la política de la negación de la que hablé en una investigación que adelanté sobre nuestra política exterior en materia de derechos humanos. Lo que pasó fue distinto: hubo un intercambio de información que creo fue de utilidad para ambas partes. De un lado, estas organizaciones compartieron acervos de información importantísimos sobre situaciones reales o potenciales de amenaza y violación a los derechos humanos, que pueden contribuir a que el gobierno construya una aproximación más preventiva y menos reactiva que le viene bien a todo el mundo en el país. De otro lado, el gobierno también tuvo la oportunidad de contarles a estas organizaciones cómo viene avanzando en el tema de protección a estos derechos, qué obstáculos encuentra y cómo puede tener lugar un trabajo colaborativo. Al final, ambos, ong internacionales y gobierno, tienen un interés mutuo en reducir las violaciones a los derechos humanos en el país.

Un grupo pequeño de gente joven en esta Embajada, estudiosa y muy profesional, provenientes unos de la carrera diplomática y otros no, todo interesados en hablar el lenguaje del lugar en el que se encuentran para de esa forma adelantar más eficientemente los intereses de Colombia en el exterior, es ingrediente importante en el proceso de adelantar esta tarea para el beneficio interno y externo del país. Y por supuesto, es clave también contar con una embajadora que no se limita a seguir las instrucciones que llegan desde la Cancillería en Bogotá, sino que abre espacios de diálogo con actores no gubernamentales para cubrir todos los frentes de nuestra gestión internacional (no solo el frente de las aburridas fiestas de coctel con otros diplomáticos). Hay en nuestra Embajada en Alemania un espacio de buenas prácticas para la diplomacia colombiana del posconflicto.

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