Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, México.

Burocracia cultural

¿De quién es la memoria de los artistas? ¿De quiénes osaron registrar sus nombres en un mundo capitalista en donde el apellido es marca? ¿Del poder estatal? ¿O de quienes se atreven a leer y a escribir, a seguir creando a partir de la tradición o en contra de ella? El editorial de la edición 139 de 'Arcadia' ahonda en la memoria y su relación con la burocracia.

2017/04/22

Por Revista Arcadia

La misión del escritor es convertir la mortalidad aislada en vida eterna, conducir lo causal a lo forzoso, el escritor tiene una misión profética”, le decía Franz Kafka a su amigo Gustav Janouch, camino a casa desde el Instituto de Seguros para Accidentes de Trabajo, en Praga. Hace apenas diez días, Cristina Rivera Garza, autora de Había mucho humo o neblina o no sé qué, Exploración sobre la obra literaria de Juan Rulfo, escribía: “... uno piensa que va en busca del pasado, y encuentra a cada rato es esa cara irresuelta y esperanzada, precaria y atroz del presente…”. Lo hizo a propósito de una polémica suscitada por su más reciente libro que gira alrededor, o a través, literalmente, de la figura del autor de Pedro Páramo. Fue su respuesta a una protesta realizada por Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, quien se sintió inconforme con el libro y se retiró, en consecuencia, de la Fiesta del Libro y la Rosa, que se realizaba en la Universidad Autónoma de México, en donde participaría Rivera Garza. Jiménez instó a la Unam a no usar ninguna foto o mención del escritor, a consecuencia de tomar acciones legales. El asunto tornó en una gravedad distinta porque este 2017 corresponde la celebración de los 100 años de uno de los más grandes escritores de la lengua española, venerado tanto en su país como en la geografía de la literatura universal. Por ello, el director de la Fiesta, el también escritor Jorge Volpi, lamentó el retiro de la fundación pero insistió en que los fastos y homenajes al creador de El llano en llamas continuarían con o sin su permiso. No es la primera vez que Jiménez, y la fundación, dueña de la marca Juan Rulfo —registrada como propiedad industrial en 2006— boicotean una actividad por considerar que se mancilla el nombre de Rulfo. Lo hicieron en 2005 cuando el escritor Tomás Segovia ganó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe —en ese entonces “Juan Rulfo”— de la FIL, de Guadalajara, exigiendo que se quitara el nombre del escritor pues Segovia, según ellos, alguna vez había hablado mal de Rulfo. A Rivera Garza, por su parte, la acusan de haber equivocado algunos datos biográficos y de citar de manera prejuiciosa una tesis de la profesora Paulina Millán Vargas.

Es indudable que la polémica por la memoria de Rulfo nos habla a los lectores de esa relación inalienable que tenemos entre nosotros y un texto. No es la memoria de Rulfo, como pretende asumir la fundación, la que está en riesgo, sino la de una serie de burócratas culturales que han vivido demasiado tiempo en desmedro de “cuidar” la imagen de artistas y escritores, como adalides de una tradición que, de no releerse, reescribirse y actualizarse críticamente, desparecerá sin remedio. Es lo que pasa cuando la cultura se institucionaliza y burocratiza: termina por convertirse en un territorio con dueños y censores que dan o quitan; que ofrecen estímulos a sus amigos y desestimulan a sus enemigos; que castigan a quien se atreve a contradecirlos. ¿De quién es la memoria de los artistas? ¿De quiénes osaron registrar sus nombres en un mundo capitalista en donde el apellido es marca? ¿Del poder estatal? ¿Del ministro de turno? ¿O de quienes, como Cristina Rivera Garza, se atreven a leer y a escribir, a seguir creando a partir de la tradición o en contra de ella?

Rivera Garza quiso deslindarse del debate y no le respondió a la fundación, sino a sus lectores. “Es necesario leer más, y no leer menos, a Rulfo, ciertamente, y a tantas otras también. En momentos en que la diseminación de pensamiento crítico se paga a menudo con la vida, como es el caso de tantos periodistas asesinados en México; en momentos en que las políticas neoliberales continúan arrasando con cualquier forma de existencia y pensamiento libertario, es más importante que nunca alzar la voz cada vez que la fuerza del autoritarismo y la ley de la ganancia máxima trata de promulgar e imponer una versión —su versión— por sobre las múltiples versiones de las cosas. En Había mucha neblina o humo o no sé qué ofrecí —tal vez debería decir: me atreví a ofrecer— a mi Rulfo mío de mí: uno entre los muchos otros que ya existen y entre los otros tantos que seguirán existiendo si continuamos con su lectura. Mi Rulfo mío de mí que no intenta ni sustituir al tuyo ni eliminarlo, sino más bien multiplicarlo, expandirlo. La lectura como ejercicio de producción y práctica creativa (y no como un mero acto de consumo). La lectura como esto que me acerca a ti, ahora mismo, para seguir platicando hasta la madrugada”.

Rulfo fue, qué duda cabe, un profeta, alguien que encontró un sentido, un horizonte, una posibilidad que nadie más entrevió y eso es lo que define la literatura, la gran literatura que no depende de fundaciones o de ministerios, ni de la burocracia cultural para que la afirme. Los clásicos solo dependen del paso inapelable del tiempo. La polémica que pretendió atizar, una vez más, la Fundación Juan Rulfo contribuye a que se lea más a un hombre que (nos) escribió: “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana”.

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El pasado 25 de marzo falleció el médico psiquiatra Ember Estefenn, un pedagogo que adelantó una discreta y notable labor al frente del bachillerato del Gimnasio Moderno, y luego, durante siete años, del Gimnasio Sabio Caldas, en Ciudad Bolívar. Arcadia lamenta la muerte de un hombre bueno, de esos que de verdad hacen falta a un país con demasiada soberbia y ansias de figuración.

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