Un fotograma del largometraje.

Regreso a casa

El 24 de noviembre se estrena en el país 'Camino a Estambul', un complejo retrato sobre las relaciones familiares y las tentaciones de los mundos desconocidos.

2016/11/22

Por Tatiana Andrade Bogotá

El director de cine francés de ascendencia argelina Rachid Bouchareb estrenó La route d’Istanbul (Camino a Estambul) en la sección Panorama de la edición n.º 66 del Festival Internacional de Cine de Berlín en febrero. Bouchareb ya había competido tres veces en la Berlinale con Little Senegal (2001), London River (2009) y La voie de l’ennemi (2014). Y fue justo con London River que Rachid abrió un camino de exploración de los sentimientos que afloran en los niños radicalizados por un conflicto que tiene sus raíces en un contexto político internacional que parece ser la metáfora contemporánea del siglo XXI. Allí, una madre inglesa conservadora y un africano musulmán, que representan la diferencia entre clases y razas en una misma ciudad, buscan a sus respectivos hijos, desaparecidos en los atentados terroristas de Londres en 2005. Siete años más tarde, Bouchareb continúa su exploración y la temática de la búsqueda de los hijos perdidos en Camino a Estambul, una coproducción entre Francia-Bélgica-Argelia, que llega a los teatros de Colombia en un contexto propicio, donde las preguntas sobre la guerra, la conversión de ideologías, el perdón, las víctimas y la búsqueda de la verdad dentro del núcleo familiar son los ingredientes que hacen de este drama un escenario perfecto para completar el difícil rompecabezas que propone la guerra y que constituye un escenario poco explorado en nuestra cinematografía: la psiquis íntima de una mujer que se debate entre el desespero y el silencio mientras busca a su hija.

Elisabeth, la madre, vive con su hija Elodie, de 18 años, en una gran casa campestre en una pequeña ciudad de Bélgica. Están instaladas hace poco allí, después de un evento desafortunado que dejaron atrás, y que las obligó a despedirse de Bruselas, su ciudad. Su relación se resuelve en pocas palabras y en medio de un silencio frío e inquietante. Esta densidad, incluso en la fotografía y en los planos pasados por los colores blancos y azulados de invierno, instala la primera secuencia de la película que pone al espectador de inmediato en un estado de alerta inminente: Elodie graba un video en las redes, a través de carteles con su propia letra y con un fondo de música árabe, donde explica que después de ser matoneada en el colegio y pasar duros momentos de conflicto existencial, ha encontrado su camino en Allah y anuncia su posible conversión al islamismo. Su madre no sospecha nada. Incluso parece no conocer los vericuetos interiores de su hija quien, finalmente, se fuga un fin de semana sin avisar a nadie. Tras varios días de incertidumbre, Elisabeth se entera de que Elodie ha tenido una vida oculta, y que tras convertirse al islamismo, ha decidido emprender un viaje a Siria para unirse a las fuerzas extremistas que dicta Yihad, el decreto religioso de guerra que se extiende en un llamado del Corán para propagar la religión del Estado Islámico. Elisabeth emprende los mismos pasos de su hija, para traerla de vuelta al hogar. Es en este periplo que Bouchareb explora de una manera muy pausada y sencilla el desespero de una madre por encontrar a su hija y rescatarla de la guerra, de la ingenuidad que produce el arrebato de las decisiones de una adolescente y el peligro de un extremismo y un mundo árabe que ni ella misma conoce. Sin embargo, la radicalización de Elodie, así como la de muchos jóvenes franceses que deciden unirse a ISIS, no tiene respuestas y es allí donde radica la belleza de la película: no hay respuestas posibles para decidir emprender el camino a la guerra.

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