Phnom Penh (Camboya), 1975. Los Jemeres Rojos ordenan a la población que abandone la ciudad y dicen a los extranjeros que se agrupen en la embajada de Francia. Cientos buscan asilo con las autoridades francesas. Crédito: Roland Neveu / Lightrocket / Getty Images.

La puerta de la muerte

En 1975, cuando los Jemeres Rojos se tomaron el poder en Camboya, el arqueólogo francés François Bizot fue secuestrado y luego se convirtió en traductor y negociador en la embajada de Francia. Su libro retrata esa experiencia terrorífica, en medio de lo que se convertiría en uno de los genocidios más perversos de la historia.

2017/12/12

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

Dos millones y medio de personas evacúan una ciudad, a pie. Carretillas cargadas con corotos, carros abandonados en medio del camino, ancianos incapaces de seguir la marcha y en el suelo se arremolinan billetes que han perdido su valor en cuestión de horas. Es el 17 de abril de 1975 en Phnom Pehn, capital de Camboya. Los habitantes, por un breve momento, creen que es el fin de la guerra civil y de los bombardeos americanos. Todavía no saben que es el inicio de su propio apocalipsis, en el que morirá una cuarta parte de la población.

Hace tiempos que la Guerra de Vietnam ha desbordado las fronteras. En 1970, el general Lon Nol (con el apoyo tácito del gobierno norteamericano) derroca a Sihanouk, primer presidente de Camboya. Y mientras las tropas proamericanas de Lon Nol luchan contra vietnamitas del norte y Jemeres Rojos dentro de territorio camboyano, Richard Nixon y Henry Kissinger autorizan en secreto el lanzamiento de 257.500 toneladas de bombas en territorio camboyano. O sea, cinco Hiroshimas. Entre tanto, sobre la frontera de Vietnam y Laos llueven (también secretamente) dos millones de toneladas de bombas americanas.

Las bombas no solo aniquilan a cerca de 500.000 camboyanos. También siembran las semillas de sentimiento antiimperialista cosechadas con mucho éxito por el grupo comunista Jemeres Rojos, que, con el financiamiento de Vietnam del Norte, inicia una campaña militar contra la dictadura de Lon Nol. Así, en octubre de 1971, cuatro años antes de la toma de Phnom Penh, soldados del Khmer Rouge apresan al antropólogo François Bizot y a dos colegas camboyanos. Bizot había vivido en el magnífico complejo de templos de Angkor Wat, donde se dedicaba a estudiar las particularidades del budismo camboyano. Conocedor profundo del territorio y de su idioma, Bizot logra escapar a una muerte segura tras establecer una suerte de amistad o de entendimiento con su captor, Douch, líder del comando rebelde. Sus colegas camboyanos, Son y Lay, en cambio, no sobreviven al secuestro. A ellos está dedicado el libro autobiográfico de Bizot, El portal (RBA, 2006), publicado originalmente en francés en el año 2000, con un prólogo de John le Carré, quien afirma: “Cada tanto en la vida te encuentras un libro que, cuando lo finalizas, caes en cuenta de que sientes envidia de quienes aún no lo han leído, simplemente porque ellos, a diferencia de ti, aún tienen la posibilidad de leerlo por primera vez”.

Durante los tres meses de cautiverio, relatados en la primera parte de El portal, Bizot conoce de primera mano el pensamiento del grupo rebelde. Es testigo de las sesiones de adoctrinamiento de niños soldados y de adultos, el maltrato a enfermos, los asesinatos en el bosque, los interrogatorios bajo presión. Su cautiverio prefigura lo que ocurrirá en una escala masiva durante los tres años que dura el régimen comunista hasta ser derrocado, a principios de 1979, por el Ejército de Vietnam del Norte.

Como cuenta el camboyano Pin Yathay en su libro testimonial Stay Alive, My Son, los Jemeres Rojos establecen por todo el país campos de trabajo forzoso en los que los prisioneros trabajan en labores absurdas, sin planeación ni lógica, hasta la muerte. Durante las sesiones de educación política, los Jemeres Rojos exaltaban al “Camarada Buey” como el revolucionario ideal. “Esta comparación”, confiesa Yathay “nos habría hecho reír si no nos hubiera causado tantas lágrimas. El Camarada Buey nunca se negaba a trabajar. El Camarada Buey era obediente. El Camarada Buey no se quejaba. El Camarada Buey no se oponía cuando asesinaban a su familia”. Yathay, único sobreviviente de una familia de 17 miembros, logra sobrevivir escapando por la frontera con Tailandia.

*

Es la mañana del 17 de abril de 1975 y los Jemeres Rojos entran triunfales a la capital de Camboya. Inocentemente, los habitantes los reciben con aplausos y flores: creen que la guerra civil de los últimos años ha llegado a su fin. En vez, las tropas comunistas ordenan a todos los habitantes evacuar la ciudad inmediatamente bajo el pretexto, ficticio, de que la ciudad será bombardeada por los americanos.

Han pasado cerca de cuatro años desde su apresamiento y, de nuevo, Bizot ocupa un improbable lugar entre la vida y la muerte. Apostado en el portón de la embajada de Francia de Phnom Penh, Bizot se convierte en intermediario y traductor entre el comandante insurgente Nhem y el cónsul de Francia para tratar de proteger a los más de mil extranjeros resguardados dentro de la embajada. El portal se convierte en un escenario dramático donde camboyanos buscan, sin éxito, asilo político y muchos más son expulsados por traidores a la patria.

En el portal se parte el mundo en dos, y Bizot, como un fantasma viviente, logra ocupar ambos espacios, convirtiéndose en un testigo único del colapso de una sociedad y la lucha de un pequeño grupo de personas por mantenerse a salvo. Adentro de la embajada, cerca de 1100 extranjeros se esconden temporalmente a la espera de una orden de evacuación o de una violenta irrupción que acabe con la ficción del santuario extranjero. Ambas opciones son igualmente probables. Dentro de la embajada, los funcionarios falsifican pasaportes, forjan matrimonios y esconden personas a sabiendas de que todo camboyano que sea descubierto será expulsado y aniquilado. Conscientes de que habitan una frágil ficción legal, Bizot y los funcionarios franceses, responsables por la vida de los extranjeros, se aferran al portón como un talismán en contra de la desaparición.

En su rol de intermediario, Bizot también logra pasar al otro lado del portón y observar la ciudad fantasmal. Con un salvoconducto emitido por la comandancia Jemer, hace excursiones por la ciudad en busca de franceses atrapados en distintos lugares, así como de alimentos para los refugiados de la embajada. Bizot irrumpe en casas abandonadas prematuramente donde aún está la mesa puesta y todo a medio comer; encuentra a una monja francesa sentada sola en su cama en medio de un charco de orines exigiendo que no la mueva, que la deje sola allí, muriendo. Encuentra la Escuela de Estudios del Oriente con las bibliotecas destrozadas, mierda en los lavamanos y todos los libros que registraban la historia del budismo camboyano, quemados; encuentra cuerpos hinchados y podridos en las calles desiertas, niños soldados que le apuntan con rifles porque sí, y encuentra también intelectuales franceses disfrazados con las piyamas negras y las bufandas coloridas de los Jemeres Rojos, felices por la victoria del comunismo. “No había un solo niño, ni una sola criatura viva”, relata Bizot. “La repentina suspensión de la vida en el corazón de lo que había sido el gran centro comercial en el delta del río Mekong –esta ciudad afamada por la variedad de sus actividades, su población colorida y su estilo cosmopolita– me pareció tan increíble y, a la vez, tan impactante, que imaginé ser la única persona viva en un mundo muerto, devastado por algún tipo de cataclismo donde yo, sin haberlo planeado, era el único sobreviviente”.

*

Han pasado poco más de tres años desde la caída de Phnom Penh y cerca de dos millones de personas han perdido la vida. Es 6 de enero de 1979 y los vietnamitas han invadido Camboya poniendo fin al delirio homicida de los Jemeres Rojos. Meses después, el periodista australiano John Pilger y un grupo de doctores entran al país con algo de ayuda médica y cámaras para documentar la destrucción. Por años, la ciudad ha estado abandonada. Desde avionetas y jeeps, las cámaras del documentalista registran la soledad de la ciudad, los campos inundados por el monzón, el silencio en lo que fue uno de los países más fértiles del sureste asiático. En la estación de trenes encuentran trenes vacíos, suspendidos a mitad de marcha, la ropa de quienes fueron sus ocupantes volando entre los rieles. En la Biblioteca Nacional encuentran cenizas de libros quemados y los restos de las marraneras instaladas entre las estanterías como símbolo de un nuevo comienzo histórico. En una estación de gasolina abandonada, niños vagabundos sin nada qué comer encienden una fogata con billetes que se amontonan en las alcantarillas.

El documental, urgente con la petición de ayuda humanitaria inmediata para salvar de la hambruna a los sobrevivientes, hace un breve recorrido por el centro de tortura Tuol Sleng. Su director es Douch, el captor de Bizot. Douch, el profesor de Matemáticas, aferrado a sus convicciones revolucionarias; Douch, el carcelero que evita la ejecución de Bizot, pero que en 2007 es acusado de la muerte de 15.000 hombres, mujeres y niños en las instalaciones de Tuol Sleng. Se dice que solo siete personas sobrevivieron.

El antiguo liceo de Tuol Sleng tiene tres pisos. En el ala derecha del primer piso hay varios cuartos, quizás unos seis. Todos son iguales. En medio de un piso de tabletas de cemento blancas y naranjas hay un catre de metal oxidado, una barra de hierro corrugado con dos estribos y una caja de metal para guardar munición. En la cabecera del catre, una foto en blanco y negro, tomada por los vietnamitas cuando liberaron la ciudad, aclara de inmediato el propósito de la colección de objetos. Un cuerpo rostizado, roto, yace sobre la cama sencilla con los tobillos apresados en los estribos y la caja de munición llena de algo. ¿Excremento? ¿Alicates? En un sótano aislado todavía reposan prendas de vestir de los muertos, que ni caben en las vitrinas de exhibición de los pisos de arriba.

Han pasado más de 40 años desde la toma de Phnom Penh. En la prensa internacional, se acusa de inoperante y politizada a la corte especial de justicia creada por las Naciones Unidas y el gobierno camboyano para juzgar a las cabecillas de los Jemeres Rojos. Douch es uno de los poquísimos condenados, pero muchos líderes de los Jemeres Rojos han muerto u ocupan cargos políticos desde los cuales han impedido que se surta justicia décadas después de uno de los genocidios más atroces del siglo XX.

De nuevo, la ciudad está viva y quizá se parezca a la ciudad apacible y alegre que fue en los años setenta. La arquitectura decó francesa ha dejado como herencia edificios con balcones que adornan las esquinas del malecón principal sobre el río Mekong. Los turistas visitan el palacio real con sus techos dorados en puntita; los turistas desayunan café fresco y croissants en las terrazas; los turistas reciben el combo especial del día: recorrido por la prisión de Tuol Sleng y paseo por los campos de la muerte, incluido el placer de disparar unas rondas de AK-47 antes del atardecer.

*Literata.

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