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La mujer del animal (II)

"A través del desbaratamiento y la descomposición de su víctima, el torturador pregunta “¿Quién soy?”". Carolina Sanín concluye su columna sobre la película de Víctor Gaviría, y por ende la violencia contra la mujer en Colombia.

2017/04/22

Por Carolina Sanín

Haga clic aquí para leer La mujer del animal (I)

Pienso que en el centro de la violencia contra otro está la intención de preguntarle al otro quién es, impulsada por la fe ciega en que él puede dar una respuesta última e irreductible sobre su propia naturaleza. Tal vez toda violencia es un interrogatorio, o parte de un interrogatorio, al cabo del cual se busca ver el grano del otro, su médula, su átomo. O, en otras palabras, a través de la violencia se busca conocer la pureza del otro. Como el objeto simple que se busca no existe en la vida de los animales, y como el pleno desollamiento no es posible sin que la vida cese, en medio del interrogatorio acontece la muerte. Después de la muerte la tortura sigue, pues la impulsa un deseo insaciable; sigue con la violencia contra otros que son como el otro, o contra los otros del otro, o contra su imagen, o contra su cadáver.

La violencia contra la mujer, que es el gran otro de nuestra sociedad —incluso el otro de la mujer—, busca satisfacer el deseo de saber quién es ella; quién es de verdad; qué sabe y qué esconde; por qué es así; por qué es. El mes pasado, en la primera parte de esta columna, yo recordaba que la mujer es quien sabe de quién se es hijo y de quién se es padre, y que por eso es la depositaria del secreto de la identidad de los hombres. En la tortura a la que se somete a la mujer —es decir, a cualquiera, si creemos que el torturado siempre se feminiza en la tortura, o que en cualquier torturado se tortura a una mujer— se formula, junto con la pregunta sobre la vida ajena, la pregunta sobre la propia vida. A través del desbaratamiento y la descomposición de su víctima, el torturador pregunta “¿Quién soy?”.

La actriz natural Natalia Polo protagoniza la película La mujer del animal.

La mujer del animal, la última película de Víctor Gaviria, es un estudio sobre la violencia contra la mujer, como origen e ilustración de todas las violencias. La película no cuenta una historia; presenta un prolongado interrogatorio. No tiene la estructura en tres actos a la que el cine sigue acostumbrando al público; tiene un solo acto, porque todo interrogatorio tiene un solo acto en el que se reitera una misma pregunta. Un hombre elige a una virgen para deshacerla. La droga, la viola, se la lleva al campo, la vuelve a traer, la somete al hambre, la aísla, la insulta, la golpea, la hunde en la miseria. Como si la destrucción fuera una modalidad del análisis, el torturador destruye en busca de una verdad, en busca de la entereza original que él mismo ha presumido.

No importa lo que la mujer —o el hombre, en fin, la víctima del interrogatorio— haga. La tortura, en general y en la película de Gaviria, no corresponde ni a un celo punitivo ni a un afán preventivo; solamente persigue silenciar a la víctima. Es allí donde está la contradicción irresoluble de la violencia. A la interrogada se le pide una respuesta, pero al mismo tiempo no se puede correr el riesgo de que ella responda. Si la torturada habla, puede mentirle al torturador, diciéndole que él es quien no es, o puede, de otro modo, revelarle que es otro distinto de quien él cree ser. Lo que con la tortura se busca es que en últimas el torturado demuestre que no es nadie, que no existe —y que con ello demuestre que el torturador tampoco existe.

Gaviria filma despiadadamente el proceso de la violencia aniquiladora. Con su estética consecuente tiene un poder terrible, no porque construya escenas crudas, ni tampoco porque use palabras crudas, sino porque, para componer su pieza de un solo acto sobre el acto único de la violencia, usa actores naturales y con ello elimina la distancia redentora que, en cualquier obra dramática, hace que los espectadores creamos que no somos lo que hacemos, al igual que el actor no es su personaje. Lo que parece decir esta película es que la naturaleza sí son los actos (es decir, que en la pregunta que el torturador hace sobre su propia naturaleza —en el ejercicio de la violencia— está su respuesta). Y eso es un contenido insólito. A diferencia de lo que los comentadores afirman, La mujer del animal no forma parte del realismo. Ni tampoco del neorrealismo. Es una hija del melodrama y la entrevista; es un invento latinoamericano, verdaderamente un arte nuevo.

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