Carolina Sanín.

Toros, argumentos y arte

"El argumento de quienes queremos que acaben las corridas de toros no es que se toree mal, y la complejidad, la organización y el refinamiento no son cualidades suficientes para legitimar una actividad." Carolina Sanín habla de la tauromaquia.

2017/02/24

Por Carolina Sanín

Todos los argumentos que los aficionados a la tauromaquia esgrimen para defender las corridas de toros son fácilmente rebatibles y todos han sido rebatidos fácilmente por quienes están a favor de que terminen las corridas de toros. Que los toros no sienten dolor y no sufren es el más pedestre, y su falsedad está tan demostrada por la biología, por la observación simple y por el sentido común que da pudor desperdiciar este espacio citando la evidencia. Dicen los taurófilos, si aceptan la existencia del sufrimiento de los animales, que peor que la tauromaquia es la industria cárnica y que sin embargo no se protesta por ella. Es otra falsedad: sí se protesta por ella, muchos contrarios a la tauromaquia son también vegetarianos, y la oposición a las corridas de toros y el vegetarianismo forman parte de un mismo movimiento por la liberación de los animales. Por otra parte, la argucia que lleva a recordar la existencia de la industria cárnica como argumento a favor de la tauromaquia incurre en la misma falacia que una que llevara a defender el trabajo infantil en maquilas con el argumento de que peor es la trata sexual de niños, por ejemplo.

Dicen los aficionados que el toreo debe preservarse porque es una tradición, y con ello desconocen el significado del término que usan. La condición de las tradiciones es el cambio. Otra cosa es la costumbre: el vendaje de los pies de las mujeres chinas era una costumbre, como lo eran las luchas de gladiadores, y las sociedades han podido dejar atrás ambas costumbres, como parte de su tradición, y pueden dejar atrás muchas más debido al desarrollo de su conciencia o a la intensificación de su sentido de responsabilidad. Otro argumento dice que los toros bravos se extinguirían si no existiera el toreo. La de los toros bravos no es una especie, sino una raza de toros diseñada para el toreo. Los últimos toros de lidia podrían cruzarse con vacas de otras razas, o bien, no reproducirse. Tampoco es lamentable, por ejemplo, que se extingan los perros Cavalier King Charles Spaniel, que padecen terribles dolores pues su cráneo es demasiado pequeño para su cerebro, aunque sean bonitos de ver.

Equiparándose cínicamente a las minorías étnicas o sexuales, los taurófilos afirman que son una “minoría” cuyo derecho a gozar de un entretenimiento determinado debe protegerse. Con esto no solo tergiversan el significado político del término “minoría”, y no solo son desproporcionados e insultantes con las minorías históricamente aplastadas, sino que dicen que su libertad, su igualdad, su identidad y el desarrollo de su personalidad dependen del disfrute de cierto tipo de espectáculo, dando con ello una versión bastante limitada de la dignidad humana.

Los aficionados dicen que los contrarios a la tauromaquia no sabemos de qué hablamos, y que por eso condenamos su pasatiempo. No solo hay muchos contrarios que saben bien de qué se trata la tauromaquia (quizás tantos como aficionados que lo saben), sino que no hace falta conocer las reglas de un juego para rechazar el juego por sus efectos. El argumento de quienes queremos que acaben las corridas de toros no es que se toree mal, y la complejidad, la organización y el refinamiento no son cualidades suficientes para legitimar una actividad. Oponer a la compasión de quienes rechazan la tauromaquia el argumento de su ignorancia con respecto a las convenciones de la tauromaquia equivaldría a decir que los vegetarianos no comen carne porque no saben prepararla bien.

Hay, por último, quienes dicen que las corridas de toros deben continuar porque son un arte, como si dijeran “porque es la verdad” o “porque es divino”. Por una parte, este argumento omite la pregunta de si algo es intocable por llamarse arte. Por otra parte, podría revisarse la vieja discusión de qué distingue un arte de otra actividad humana. Si nos atenemos a la definición más amplia y consensual, una obra de arte sensibiliza (no simplemente emociona o entretiene) con respecto a algo distinto de lo que concierne directamente a su propia técnica. Los taurófilos han aducido que el toreo hace pensar en las dicotomías de las tinieblas y la luz, la vida y la muerte, lo humano y lo bestial, lo femenino y lo masculino. A pesar de que son generalidades baratas y grandilocuentes, tendrían razón si el toreo fuera una representación. Pero el toreo no es representación sino presentación; en él no se señala sino que se efectúa la muerte de un animal. En ese sentido, tendrían más éxito los argumentos de los aficionados si defendieran su actividad como sacrificio. Pero, en ese caso, tendrían que atenerse al sentido y la finalidad del sacrificio, que es la de propiciar o aplacar a un dios, y la de establecer una comunicación con otro plano de la realidad. Tendrían que inventarse, entonces, una religión que exigiera el sacrificio de toros, o revivirla.

Pero hagamos de cuenta que concedemos que el toreo es un arte. Entonces el toreo debe atenerse a lo que es propio de un arte: por una parte, la transmisión o la suscitación de algo, y, por otra, la superación de sí misma —y la problematización de sí misma— a través del conocimiento de sus propios elementos. Como parte de una tradición artística que se remontaría a los dibujos de toros de las cuevas de Altamira, Chauvet y Lascaux, el toreo podría sensibilizarnos con respecto a la relación entre el hombre y el animal. En esa tradición, el espectáculo del encierro y la muerte del animal a manos del hombre sensibilizaría, en primer lugar, con respecto a eso mismo que muestra: al encierro y la muerte del animal y el alcance del ser humano con respecto a eso. La consciencia de la vida, la presencia y la otredad del toro sería el primer efecto artístico de una corrida de toros.

La prueba de que el toreo es un arte —y que, como arte, dice algo y hace algo— y la demostración de que es una tradición —y que, como tradición, se transforma— sería el final del toreo y la consiguiente preservación de sus representaciones, descripciones y análisis en las otras artes (plásticas, escénicas, literarias), cambiantes y hospitalarias con todos los temas.

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