Carolina Sanín.

El aplauso

Alguien que quiere ganarles a todos los demás en lo que hace ¿quiere en el fondo una soledad total? ¿Querer ser el mejor no implica siempre algo de autodestrucción?

2016/10/26

Por Carolina Sanín

Qué raro es que, para mostrar que nos complace algo que hemos oído, aplaudamos. Asistimos a una obra de teatro, o a un concierto, y, para manifestar nuestra aprobación y nuestra gratitud, entrechocamos las palmas sin sincronía, sin ritmo. A lo que nos pareció que tenía sentido y articulación, respondemos con el gesto sonoro más burdo que podemos hacer, sin sentido y desarticulado. Quizás expresamos con ello nuestra humildad y el reconocimiento de la grandeza ajena. Pero, por otra parte, no golpeamos con la palma una superficie cualquiera, ni zapateamos. Aplaudimos: juntamos sobre el corazón los dos lados del cuerpo, las dos manos, para manifestar también la concurrencia y la completud. Y decimos que, afuera, envolviendo la obra que aplaudimos, está el ruido, que somos nosotros, que somos todos. Decimos, quizá, que la obra forma parte de ese ruido y de nuestro cuerpo, y que está envuelta en ellos.

El sonido del aplauso se me parece al de la ola sobre la arena, cuando, después de reventar, comienza a retraerse. Será que el aplauso es un rezago, el rastro de un estallido, de un clímax. Y se me parece al sonido de la lluvia cuando aguacerea. (Por cierto, el otro día me pareció también rara la lluvia, raro que nos caiga agua encima; que el agua caiga del cielo, que sabemos que no es cielo, y nos dé una ilusión de verticalidad, aunque sepamos que el mundo es redondo. El agua que cae nos recuerda que hay arriba y abajo. Y cae en rayas. Qué raras esas rayas, como flechas que nos señalan y señalan el suelo, y que en realidad no son rayas sino puntos, glóbulos, gotas. Qué raras esas flechas que no nos hieren sino que nos salvan, pero en fin).

Pensé en el aplauso por dos películas que estuvieron hace poco en la cartelera nacional, una seguida de la otra. Ambas son de Stephen Frears, y ambas son muy buenas, y mejores si se las lee juntas. Una es The Program (2015), y la otra, Florence Foster Jenkins (2016). La dos son estudios sobre el éxito. La primera cuenta la historia de Lance Armstrong, que se dopó durante años para ganar, una y otra vez, el Tour de Francia y ser, sin cumplir las reglas, el mejor ciclista del mundo. La segunda cuenta sobre una mujer que, aunque cantaba espantosamente, llegó a presentarse en el Carnegie Hall y creía en la ovación que le ofrecían sus seguidores, que la aplaudían por su amabilidad (la de ella y la de ellos) y su benevolencia, o bien, por su comicidad, pero no por su voz ni por su virtud para el canto lírico.

Las dos películas me hicieron pensar en el éxito y en la aclamación. ¿Qué significa querer ser el mejor, como en el caso de Armstrong? Alguien que quiere ganarles a todos los demás en lo que hace ¿quiere en el fondo una soledad total? ¿Querer ser el mejor no implica siempre algo de autodestrucción? La ambición de llegar primero, de ser el más rápido, ¿refleja el deseo de no ser humano —de dejar de ser— o la aspiración de entender qué puede ser un humano? ¿La trampa en un juego —y son juegos los deportes, y quizá todo lo demás también sea juego— implica un desmerecimiento, o es simplemente un recurso más —y en el caso del dopaje, un recurso recurriendo al cual se juega la vida?

Al ver la película sobre Florence Foster Jenkins, me pregunté si alguna vez podemos saber por qué se nos aclama. Si acaso el éxito no es siempre un desdoblamiento, la disolución de la identidad, la multiplicación de las imágenes del exitoso y su tergiversación. Me pregunté también si toda aclamación no se siente íntimamente, por parte del aclamado, como un fraude y como un abandono. Como un fraude, porque no es posible que nadie crea que se le aplaude por quien es, pues nadie sabe quién es; como un abandono, pues quien deja al juicio del sonido inarticulado del aplauso la articulación de su identidad sabe que en ese aplauso su espíritu se diluye, y él se hace irreconocible para sí mismo.

Pensé que el éxito es una droga, y que nuestra sociedad tan aficionada a las drogas es también nuestra sociedad pendiente del éxito y el fracaso, que nos exige que hagamos imágenes de nosotros, que les pidamos a los demás (o a las drogas) que nos devuelvan esas imágenes, para nosotros consumirlas luego, para acompañarnos y consumirnos en ellas.

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