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Carolina Sanín sobre las mujeres en la literatura.

2017/12/12

Por Carolina Sanín

No puedo decir –como casi nadie– que haya leído más obras literarias escritas por mujeres que escritas por hombres, ni que en general prefiera a las autoras que a los autores. Hay una razón obvia para ello: ha habido menos escritoras que escritores, y mucho menos escritoras publicadas que escritores publicados, por una causa sistémica que todo el mundo conoce y que no voy a resumir aquí.

Las obras literarias que más me han llevado a pensar en casi todo lo que he pensado –también en las mujeres y en la condición femenina– han sido escritas, con pocas excepciones, por hombres. Hay para ello otra razón obvia: me he dedicado más a leer y a enseñar a los clásicos, a los medievales y a los autores de la modernidad temprana que a los contemporáneos. Y creo que aquellos viejos –y también algunos nuevos– al escribir se hacían mujeres. Tampoco voy a resumir una explicación de eso, para lo que hablaría de las representaciones renacentistas de la anunciación de la Virgen como alegorías de la inspiración, y hablaría de la posición del artista en la sociedad patriarcal, y de otras cosas que el lector podrá –o no– imaginar.

Durante los años en que dicté en la universidad la clase de literatura del Siglo de Oro español, la única autora cuya obra leí con los estudiantes fue Santa Teresa. Si el semestre hubiera durado un año, probablemente habría incluido a María de Zayas. Pero duraba cuatro meses, y no me parecía justo que mis alumnos dejaran de leer lo más que pudieran de Lope de Vega para incluir a Zayas, cuyos textos me parecían menos ricos. Si el semestre académico hubiera durado seis meses, habría usado los otros dos para leer a Fray Luis de León o a Baltasar Gracián. Si hubiera sido un curso sobre el barroco en el Nuevo Mundo, en cambio, en cuatro meses tal vez habría leído solamente a Sor Juana Inés de la Cruz.

Soy escéptica con respecto a la modificación del canon básico universitario previo al siglo XIX en aras de la inclusión: el daño del pasado está hecho en el pasado, por una parte y, por otra parte, soy capaz de encontrar el “punto de vista femenino” en Cervantes y en Boccaccio de manera mejor y más compleja que en muchas autoras incluso muy posteriores a ellos. En el siglo XX, no veo en Virginia Woolf al genio que hospeda James Joyce, al tiempo que encuentro incomparables a Clarice Lispector y a Marguerite Duras, y conozco a pocos ensayistas tan iluminados como Natalia Ginzburg. En la literatura nacional, no me interesa Soledad Acosta de Samper por mujer más que el gran Tomás Carrasquilla por grande. Y no cambio la obra del par de célebres autoras colombianas vivas por la del delicado Tomás González o la del misógino Fernando Vallejo.

Tomás González. Archivo Semana.

Si hiciera un libro de ensayos sobre las obras que han formado mi intelecto y han articulado mis preguntas, me temo honestamente –y aquí hablo de mi vida– que en él no contemplaría la obra de ninguna autora. Las contemplaría si hiciera dos. Habría en ambos volúmenes, sin embargo, una mujer lectora de todos los textos a los que se hiciera referencia, convertida en autora por esos textos leídos: sería una inclusión más significativa, me parece, que la inclusión cataloguista, en la que no quisiera incurrir por el mero ánimo de complacer las expectativas políticas de otros ni una imagen superficialmente feminista de mí misma.

Dicho lo anterior, diré que, en el campo de la literatura latinoamericana del siglo XXI, por ejemplo (y preveo que también en cuanto a la del futuro), escribiría antes sobre libros escritos por mujeres que sobre libros escritos por hombres. De los autores latinoamericanos que publican sus primeros libros (y sus segundos, y algunos sus séptimos) me interesan (con pocas e importantes excepciones) más las mujeres que los hombres: no porque sean mujeres, sino porque son mejores, aunque sospecho que en buena medida son mejores porque son mujeres: porque, al estar cautivas en él y al haber sido rechazadas por él, han visto con urgencia la necesidad de salir de un sistema gastado de convenciones y expectativas. Porque se han dado cuenta de que no están hechas para ellas las recetas y las poses que en cambio hacen sentir cómodos a los escritores. Ellas han necesitado verse afuera, y afuera han encontrado que hay mucho más y que no tienen nada que perder con la experiencia de salir.

Hay también por último, en la escritura contemporánea colombiana y latinoamericana –y de todas partes–, obras poco inteligentes y poco originales, pobres y paupérrimas, algunas celebradas y otras no, escritas por mujeres. Que las escritoras jóvenes sientan la confianza suficiente para sentirlo y verlo y hablar de ello sin miedo a que las condenen por ser insolidarias es tan necesario –tan liberador y tan feminista– como que sientan la inquietud suficiente para escribir sus propias obras.

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