Lucy Nieto de Samper comenzó su carrera periodística en 1953.

“Casi no había mujeres periodistas”

Cuando comenzó Lucy Nieto, en los años cincuenta, le encargaron la sección femenina de la revista 'Cromos'. Durante cinco décadas ha trasegado el camino de hacer valer el lugar de las mujeres en un oficio que parecía, hasta hace unas décadas, proscrito para ellas. De los días de Rojas Pinilla a hoy, ha corrido mucha agua bajo el puente.

2016/09/29

Por Carlos Castillo Cardona* Bogotá

Es una de las más notables periodistas de su generación, con más de 50 años de vida profesional. Pertenece a una familia de periodistas y educadores. Sobrina de don Agustín Nieto, fundador del Gimnasio Moderno; hija de Luis Eduardo (Lenc), crucial periodista y hombre político que tomó posiciones decisivas contra la dictadura de Rojas Pinilla; su hija, María Elvira Samper, es una influyente y conocida periodista. Lucy ha transitado por la radio y la televisión. Escribió en importantes revistas y periódicos. Su columna, “Cosas que pasan”, del periódico El Tiempo, trata los temas más actuales y con sentido crítico, y es una de las más leídas. Su labor pionera abrió el campo a las periodistas de hoy.

“Empecé en el periodismo en 1953 por la amistad de mi suegra con los Restrepo Suárez, quienes acababan de comprar la revista Cromos a los Tamayo. Jaime Restrepo me invitó a trabajar en la revista. Acepté con gusto. En Cromos tenía que escribir sobre lo que hacíamos las mujeres de entonces. Me tenía que limitar a temas de la vida social, de la belleza, la cocina y esas cositas, que era lo que esperaban de nosotras.

Pero, al subir Rojas Pinilla, pacificó los Llanos, muy activos en la Violencia en Colombia, y mi marido y su hermano Alberto resolvieron ir a trabajar allá. La finca quedaba a 30 kilómetros de Villavicencio, en dirección a Puerto López. Había selva, venados y todos los animales silvestres.

Durante el gobierno conservador y la dictadura de Rojas nos tocó la persecución. Mi casa era un hervidero de la oposición. Cuando en 1955 cerraron El Tiempo, se organizó una gran manifestación de protesta en la casa de mi mamá. Yo había venido de los Llanos para tener a mi hija Lina. Existía el antecedente de que, en 1952, habían quemado El Tiempo y El Espectador, durante el gobierno de Roberto Urdaneta. Nosotras nos organizamos y salimos a las calles. Eran mujeres muy aguerridas. Isabel Reyes, la esposa de Klim, en la plaza de Bolívar se subió a un tanque para que no nos lo echaran encima. Algo no visto.

Segunda época de Cromos

Caído Rojas, volvimos a Bogotá después de haber estado cinco años en los Llanos. Jaime Restrepo me llamó de nuevo para trabajar en Cromos. La revista era la de mayor circulación y se respiraba un ambiente bastante intelectual. Pero me tocó seguir con las páginas femeninas, contando cómo se vestían las novias, sus regalos de matrimonio y el menú de la cena. También me tocaba el trabajo endemoniado de identificar a las personas para poner sus nombres en el pie de foto.

Yo esperaba a Ernesto, mi hijo menor, y todo iba con calma, cuando Alejo, mi marido, que fumaba mucho, tuvo una crisis pulmonar. Se fue a Estados Unidos con su hermano Alberto para que lo revisaran. Me dijeron que estaba bien, pero murió poco tiempo después de volver. Quedé sola, con cinco hijos, con casa, carro y todos los gastos que eso implicaba. Ya no podía trabajar por hobby y me metí de lleno en la revista.

A la redacción entraron Elvira Mendoza y Beatriz de Vieco. Las tres nos posesionamos de nuestro papel y empezamos a escribir sobre cosas nuevas, como Simone de Beauvoir, el control de la natalidad y el método psicoprofiláctico del embarazo y el parto. Esto resultó escandaloso para mucha gente, y algunos suspendieron sus suscripciones. Nos inspirábamos mucho en una revista francesa de la que Cromos tenía los derechos. Resultaban cosas totalmente modernas en el país. Por ejemplo, les pedimos a varios periodistas que escribieran sobre cada uno de los siete pecados capitales. Fue la época bulliciosa de los Beatles. Entre otras, nos tocó cubrir la venida del papa al país.

Hicimos un suplemento dentro de la revista, que se llamaba “Cromos para ellas”, con editoriales y todo lo que queríamos. Hacíamos toda clase de entrevistas. Me acuerdo de una muy interesante que resultó por sorpresa. Una juez nos había invitado a entrevistarla, fundamentalmente porque quería lucir la toga que estrenaban los jueces por primera vez. Gracias a ese caso, que parecía tonto, nos resultó uno muy dramático, contado por la juez. Un preso que ya había cumplido condena pero no le había llegado el permiso de salida tuvo una pelotera, se agarró con otro preso y lo mató. Por lo tanto, quedó encerrado otra vez.

Contrapunto femenino

Estando en esas, me llamó Jaime Soto, que tenía un radioperiódico bastante influyente llamado Contrapunto, con Eduardo y Enrique Caballero Calderón. Acepté, y con Beatriz Vieco hicimos un programa que se llamó Contrapunto femenino. Los textos escritos a máquina por nosotras los recogía un chino que los llevaba a la emisora para que los leyera una locutora profesional. Nuestro programa iba después de uno de humor de mucha audiencia, La escuelita de doña Rita, con lo cual teníamos el público asegurado. Lo divertido de entonces era que se acostumbraba incluir las cuñas dentro del texto. Por ejemplo, uno escribía: “El expresidente Mariano Ospina Pérez, luciendo un magnífico vestido Everfit…”. En ese programa nos metimos a opinar en todos los temas. Hablábamos de política, de la realidad del país, de cine, de libros, pues ya habíamos dejado los consejos de belleza para meternos en asuntos más profundos. El programa tuvo mucho éxito.

El Tiempo

Estuve siete años en Contrapunto cuando, en 1963, me llamó Enrique Santos Castillo para hacer reportajes en El Tiempo. El primero fue a un lotero al que le decían “Caretigre”, que siempre estaba en la puerta del periódico vendiendo los billetes.

La ciudad era muy distinta a la de hoy. Uno entraba al periódico como Pedro por su casa, pasaba por todas las oficinas, la sala de redacción y llegaba libremente hasta donde el director. Tenía las puertas abiertas. Como yo dejaba parqueado el carro frente al periódico, una vez me robaron del Wolkswagen mi máquina de escribir portátil, una Olivetti-Lettera, con la que había reemplazado mi vieja Remington.

Me aburría de que a veces se demoraban mucho para sacar mi entrevista. Pero todo cambió cuando me estrellaron el Wolkswagen y me vi obligada a ir a la oficina de tránsito. Me di cuenta del desastre y el desorden que allí reinaba. Le dije a Enrique que me publicara una nota sobre lo que estaba pasando allá. Aceptó y la titulé “Cosas que pasan”, nombre que subsiste desde entonces en mis columnas.

Como tuvo éxito, seguí publicando columnas en la página social comentando lo que les pasaba a las mujeres. Yo entregaba las notas directamente en la oficina de Roberto García Peña, donde podía quejarme si se demoraban en publicarlas. Los sábados uno encontraba a muchos amigos en una tertulia en la que comentaban todo lo que ocurría en el país. Me pagaban 30 pesos por las notas. Al cabo de un mes, Roberto me dijo: “Están muy buenas. Te voy a pagar 60 pesos por cada una”. Es decir, me doblaron el sueldo. Poco después, con tanta quejadera, decidió pasarme a la página editorial, lo cual era mucho más comprometedor, pues estaba con Eduardo Caballero y todos los otros grandes escritores.

Más puestos que un bus

Con la responsabilidad de mantener a cinco hijos, tenía que tener más puestos que un bus. A los que escribimos nos pagaban, y nos pagan, una miseria. No como a los de la radio y de la televisión de hoy, que ganan como reyes.

Entonces acepté escribir en una revista de Joaquín Piñeros Corpas y entrevisté a León de Greiff, al sabio Casas y a otros más. En el canal de televisión Teletigre, que tenía Consuelo de Montejo, tuve un programa semanal de entrevistas, Blanco y negro, por el que pasaron Olga de Amaral, Guillermo Angulo, escritores, artistas, gente muy interesante. Cuando le quitaron el canal a Consuelo de Montejo, le propuse al director de Inravisión hacer un programa. Se llamó Algo para recordar. Colaboraban mi mamá e Inés Gutiérrez, que les hacía los vestidos a todas las señoras de Bogotá. Yo escribía los libretos y me levantaba las cuñas para financiarlo. Nos divertimos mucho cuando hicimos un programa en el que peinamos a mis hijos para hablar de los distintos estilos de cada época. Mi hija María Elvira se quejó porque dijo que la había dejado como a Jesús Nazareno. Duramos tres meses porque las cuñas no dieron para más. También trabajé dos años en RTI con Hernando Gómez Agudelo, que parecía detestable, pero solo era tímido. Allí estaban Germán Castro y Bernardo Hoyos. Un ambiente de trabajo delicioso.

En 1973 para mejorar un poco la situación económica, me fui a Miami a trabajar en la revista Vanidades, que dirigía Elvira Mendoza. Regresé a El Tiempo en 1975, entré a trabajar por dos años en la oficina de información de la presidencia de Alfonso López Michelsen y después, en el consulado de Milán. Siempre regresaba a El Tiempo, donde me acogía Hernando Santos.

Vida diplomática y retorno

Posteriormente estuve cuatro meses en la oficina de prensa del presidente Virgilio Barco. De ahí volví al consulado de Milán hasta el gobierno de César Gaviria. Me ofrecieron un puesto de consejera en París, cuyo embajador era Álvaro Gómez. Quedé agradecida; mi francés solo llegaba al nivel de turista. Además pensé: “En ese puesto acabaré sirviendo tintos. ¿Qué puedo hacer en una embajada en donde está Álvaro Gómez? Nada”. La verdad es que uno debe ser consciente y saber hasta dónde llega.

Después de Milán, Hernando me propuso que volviera de lleno a El Tiempo, pero me sentía despistada después de cinco años por fuera. No me había tocado nada de la Constituyente; yo estaba en la luna. Preferí dedicarme a mis columnas y a hacer alguna entrevista que me interesara.

Mi amiga Yvonne Nicholls me nombró jurado del premio de periodismo Simón Bolívar, que tenía un alto prestigio. Pero el único premio que me han dado ha sido compartido con Elvira Mendoza y otras periodistas. En una lista de las 100 personas importantes quedé de 98, por encima de Turbay Ayala. Mis hijos dicen que soy muy competitiva. Pero no.

Los cambios de ayer a hoy

Cuando empecé, casi no había mujeres periodistas. Doña Sofía Ospina de Navarro, hermana del presidente, me dijo que había empezado firmando con nombre de hombre, pues una mujer no era bien vista en ese oficio. Otra pionera fue Emilia Pardo, excelente columnista con gran personalidad. Era de baja estatura, se peinaba como hombre, fumaba sin parar y no tenía ningún empacho en ir a los cafés, como el Automático, a discutir con los intelectuales de la época. Era como un señor. Ellas nos abrieron el campo.

El periodismo no gozaba de muchos avances técnicos. Nosotros escribíamos a máquina y llevábamos personalmente las notas. La oficina de prensa de la época de López era un desastre. Casi no podíamos hacer el boletín que los periodistas de todos los medios iban a recoger diariamente. Jaime García Parra, el ministro de Comunicaciones, nos ayudó un poco. Pero solo en la presidencia de Barco se modernizó la oficina. Nos pusieron a aprender sobre computadores, superando las máquinas de escribir.

Antes no era in ser periodista. No había tanta vedette como ahora. Los periodistas éramos comunes y corrientes, sin estar tan metidos con el poder. Uno estaba siempre en el oficio. A mí me interesaba contar cosas que le sirvieran a la gente. Todos éramos así. La sociedad era más sencilla, incluidos los ricos. No había superricos. Creo que los directores no estaban metidos en cosas del gobierno como ahora. Tan amigos del poder. Claro que no se puede negar que El Tiempo tenía bastante influencia. Hernando Santos siempre declaraba ser gobiernista. Cuando critiqué tanto a Serpa, Hernando me decía: “No más, no exagere”. Pero nunca me censuró.

Ahora tampoco me censuran. Cuando el grupo Planeta compró El Tiempo para poder licitar un nuevo canal de televisión, cerró la revista Cambio. Echaron como a perros a Rodrigo Pardo y a María Elvira. Dijeron que cerraban la revista por motivos económicos, pero creo que había presión porque atacaba mucho al gobierno. Escribí una nota violenta, muy crítica. En El Tiempo la publicaron y no me botaron.

El Tiempo era partidista. Solo escribían liberales. Los conservadores tenían El Siglo y La República. Hoy uno ve comentaristas de tendencias diversas. En cierta manera han perdido carácter. Antes había mucha más reportería; ahora basta con entrar a internet. Ya no existe una unidad investigativa como la de Samper, Donadío y Reyes, que destapó tantas cosas. La compra de los periódicos por grupos económicos ha aumentado desmesuradamente el interés por explotar a los medios. La publicidad es desbordante. Eso no ocurría antes.

No me interesan las redes sociales. La tecnología ha banalizado tanto las cosas que los presidentes mandan mensajes de Estado por Twitter. Debe ser porque no soy muy ducha en tecnología. Mi teléfono es una flecha. Claro que uso el computador, que me sirve para entrar a internet y escribir. Me aterra pensar que tuviera que volver a hacerlo con la Remington.

Sigo a algunos columnistas que me gustan, como Perry, Hommes, Manuel Rodríguez y a Cecilia López, muy inteligente y con posiciones radicales. Daniel Samper Ospina ha encontrado una veta periodística, con muchos seguidores, pero a veces exagera con ataques personales.

Me parece que la radio es mucho más informativa que los periódicos. En televisión miro más el canal del Senado, pues me interesan los debates. Los noticieros son penosos, una vergüenza. La televisión es fatal. Hay un total desprecio por el televidente. Con Martha Bossio, libretista estrella, inteligentísima y queridísima, llevamos tres años conversando e intercambiando ideas, porque se le metió que tenemos que hacer un libro sobre la televisión colombiana.

No he vuelto al periódico desde hace diez años. Ya no es posible hacer lo de antes cuando uno entraba directamente a la oficina del director. La última vez fui por una misa para Hernando. Como estaba Julio Mario Santo Domingo me tocó mostrar la cédula y pasar por revisiones. Ahora mando mi columna por internet y tengo el apoyo de Luis Noé Ochoa, Carlos Bonilla o Francisco Celis. Son muy corteses y eficientes.

Pasar la posta

Para que María Elvira empezara en el periodismo le metí su empujón. Se la presenté a Galán cuando estaba en El Tiempo, a Castro Caicedo y a Yamid Amat, que no me prestó ninguna atención. Le hablé de ella a Jaime Soto y la contrató. Hicimos juntas una entrevista al psiquiatra Mauro Torres, pero ella decidió que no quería que la vieran como la nieta de Luis Eduardo Nieto ni como la hija de Lucy. Pero fui quien la ayudó al comienzo. Eso sí, son pendejadas. Claro que ella es mucho más importante, más preparada. Ha hecho mucho más. Ha sido directora y subdirectora. Se ganó el premio Simón Bolívar de periodismo en la categoría de Vida y Obra. Ya Roberto Posada lo decía: “Las cosas han cambiado. Antes uno le decía Lucy. Ahora la llamamos la mamá de María Elvira”. Me someto, no me dan celos, me enorgullece, la importante es María Elvira”.

*Escritor.

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