'A Syrian Love Story', (2015), de Sean McAllister.

El paisaje después de la batalla

Este año, el FICCI presenta una antología que da cuenta de los principales conflictos del mundo contemporáneo y la manera en que han surgido sus procesos de reconciliación, un ejercicio necesario en la coyuntura actual en la que se encuentra Colombia. ¿De qué manera puede el cine dialogar con procesos tan intensos como el nuestro? Del 1 al 6 de marzo, en la ciudad amurallada.

2017/02/24

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Durante muchos años se habló, casi como un género, de “los documentales de guerra”. La imagen en movimiento necesitaba de la acción para dar testimonio de acontecimientos reales, los cuales comenzaron a ser registrados desde la Gran Guerra de 1914, pasando por los testimonios/reconstrucciones de la revolución bolchevique, hasta consolidarse, con su lenguaje de las armas, los heridos y las ciudades devastadas, en la Segunda Guerra Mundial. La Paz no era un tema filmable. Carecía de acción. La guerra, en cambio, daba con toda suerte de emociones. Para el cine argumental, las películas “de acción” se convirtieron en una categoría popularizada por todos aquellos que buscaban la violencia como paliativo de sus vidas sin gracia. La televisión continuó con el registro de la destrucción y los noticieros o programas de opinión necesitaron de la muerte para darles vida e interés a sus productos.

En realidad, el cine no ha estado muy lejos de su principal antecedente narrativo. Es decir, del cuento, de la novela o, por qué no, de la epopeya. Desde La Ilíada se están contando las grandes batallas y estrategias de héroes y guerreros, convirtiéndose, con el correr de los siglos, en puntos de retorno para los péplum o films de dioses y gladiadores de la antigüedad. De allí en adelante, La cartuja de Parma, Por quién doblan las campanas o Sin novedad en el frente han sido, en el fondo, elegías de lo peor de los seres humanos y, al mismo tiempo, el alimento principal que justifica la reflexión sobre nuestras más temibles degradaciones. En los 13 capítulos de El arte de la guerra, Sun Tzu puso a disposición de sus primitivos lectores no solo las estrategias para ganar una batalla, sino también para triunfar en la vida. Es decir, la existencia entendida como una confrontación. Pero los grandes manuales para que el ser humano se mantenga en paz están aún por inventarse. Quizás hacia allá apunta una sección que presenta el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, en su edición número 57: cómo pasar de la confrontación a la tolerancia sin morir en el intento.

La novela La guerra y la paz no estaba muy lejos de tal propósito. Se publicó por fascículos entre 1865 y 1869. Para su autor, León Tolstói, se convertiría en su primer proyecto de novela total. Con los años es reconocida como un clásico imprescindible y su trama, centrada en la invasión napoleónica a Rusia, ha servido de punto de partida para el cine, la ópera o las series de televisión. De alguna manera, está inmersa en lo que Balzac llamaría “la historia privada de las naciones” y, de hecho, los mejores pasajes del libro se encuentran en los acontecimientos familiares antes que en el retrato de los personajes históricos reconocibles. Ciento cincuenta largos años después, el FICCI ha decidido tomar prestado el nombre de la obra de Tolstói para un ciclo necesario en la coyuntura en la que se encuentra Colombia. “La guerra y la paz” es una sección que da cuenta de grandes conflictos en el mundo contemporáneo y de qué manera han surgido los procesos de reconciliación social.

Ya no se trata de escarbar en las dimensiones catárticas de la violencia sino de encontrar en el cine los momentos en los cuales el horror ha llegado a sus límites más profundos y los países se encuentran en la necesidad de poner frente a frente a sus adversarios atávicos. A veces, el documental es el mejor instrumento para tal propósito (para el ciclo del FICCI hay diez documentales y dos argumentales, sin contar la película inaugural). De repente, el cine de ficción (o, mejor, las películas argumentales) se encuentran en un replanteamiento para aprender a competir con la realidad sin instrumentos oportunistas. Muchos de los films realizados con actores, locaciones, balas de salva y reconstrucciones de puesta en escena terminaron denominándose, mitad en serio y mitad en broma, películas del “porno-conflicto”, parafraseando la ya célebre boutade de Luis Ospina y Carlos Mayolo frente a la “porno-miseria”. En 2017, Cartagena presenta una antología que da cuenta de las diversas tensiones sudafricanas o guatemaltecas, balcánicas o irlandesas, vascas o sirias, en las que salta a la palestra la idea de la ya reconocida “posverdad”. Es decir, qué sucede cuando la violencia ciega termina y los combatientes deben mirarse a los ojos.

En La Orestíada, la única trilogía que se conserva de la antigua tragedia griega, se ve, en las dos primeras partes, la espiral de las venganzas irreconciliables. Hasta que, en Las Euménides, la tercera pieza de la saga, los dioses bajan a la Tierra y deciden hacer un juicio, cuestionar los acontecimientos y darles una solución definitiva. Este Deus ex machina, en el fondo, es el denominador común de las películas que recoge el FICCI en el ciclo “La guerra y la paz”. Son documentos que tocan el fondo e intentan regresar a la superficie. Cuando los protagonistas anónimos deben decidirse entre la idea del perdón o de las retaliaciones indefinidas. En otras palabras, la idea del conflicto se desplaza: las fuerzas en pugna, de acuerdo con los viejos parámetros aristotélicos, ya no se presentan entre combatientes sino que se trasladan al territorio de las ideas. Es este, al parecer, el propósito de la selección del ficci: un mosaico de films donde el objetivo está puesto en “el paisaje después de la batalla”. Aunque, para mostrar el reposo del guerrero muchas veces es necesario encontrárselo en las fronteras del horror. Son documentos de reflexión, a veces muy escuetos (Long Night’s Journey Into Day), a veces vibrantes (El fin de ETA), a veces desopilantes (Guerra y pa), a veces intimidantes (Resistencia en paz), a veces de impecable reconstrucción (Bloody Sunday). Si se observan los films en conjunto se tiene la impresión de que, en el fondo, tanto en Sudáfrica como en Siria, en Colombia o en el País Vasco, en Guatemala o en Serbia, lo que está en tela de juicio es la condición humana en su conjunto, la lucha incesante por no fracasar en el intento de conseguir un mundo que respete las diferencias y que entre en el a veces imposible territorio de la tolerancia.

El mejor ejemplo de esta apuesta es, a no dudarlo, el documental El silencio de los fusiles, de Natalia Orozco, con el cual se estrenará el FICCI. No recuerdo que el Festival de Cine de Cartagena, en 57 años, se haya inaugurado con un documental. Y con un documental, por lo demás, que tiene servidos todos los elementos para la polémica. El principal, creo yo, es que se trata de una película sobre una realidad en proceso. La película termina, pero su referente, el conflicto colombiano, sigue latente. Quizás por ello la mirada del espectador, inmerso en estos cuatro años agotadores, será tan estricta como implacable. La directora ha optado por contar la historia del proceso de paz colombiano desde la primera persona, con la voz en off y su propia imagen que reflexiona frente a las pantallas de edición. No conozco muchos detalles sobre las razones secretas que rondan la trasescena de este ambicioso documento pero, lo que primero sorprende y podría poner a ciertos espectadores en guardia es el crédito inicial: “ARTE (Francia) y RCN (Colombia) presentan”. Sin embargo, Orozco ha sabido vender su punto de vista y salir muy bien librada. Ya habíamos vivido una experiencia similar cuando, seis años atrás, el Centro de Convenciones de Cartagena se sobrecogió con el documental La toma, de Angus Gibson y Miguel Salazar, una mirada muy crítica sobre los acontecimientos del Palacio de Justicia que hizo suponer una doble mirada entre sus realizadores y sus productores. Tanto Bedoya, como Gibson, como Salazar, supieron materializar sus proyectos, aunque no sabemos, a ciencia cierta, más allá de los festivales, cuál es el destino de tan arriesgadas aventuras de opinión.

El gran riesgo de El silencio de los fusiles es el que corren productos audiovisuales como el documental del director español Fernando León de Aranoa titulado Política, manual de instrucciones sobre el fenómeno electoral de Podemos. Son películas hechas en caliente, en mitad de los acontecimientos, donde aún no existe la posibilidad de un desenlace. De alguna manera, el público podría ponerse a la defensiva, porque quisiera que todo estuviera allí, incluso hasta la resolución del conflicto. Pero El silencio de los fusiles apunta hacia otro lado. Su gran atractivo radica en ver la trasescena de El Proceso, hasta donde la realidad lo permite: la casa del facilitador Henry Acosta, el paso implacable del tiempo (hasta en los formatos de los materiales de archivo), la vida de los negociadores en La Habana, los cambuches guerrilleros y, sobre todo, se oyen sus voces. Muchísimas voces. A veces, se siente como un documental de suspenso, en el que no se sabe si se va a llegar a feliz puerto (de hecho, en la vida real, tampoco se sabe). Vemos lo que hacían los guerrilleros mientras el resto de los mortales mirábamos el Mundial de Fútbol por televisión, en una irónica coincidencia con la película Golpe de estadio, de Sergio Cabrera. Reflexionamos sobre la evidencia de la vejez de toda una generación, tanto en el poder como en la insurgencia. Es un documento largo y exhaustivo, como el mismo proceso de paz que termina cuando la historia real no termina. Y allí está su reto: su lucha por convertirse en un documento autónomo, que no dependa de la realidad.

Aquí está el desafío del ciclo “La guerra y la paz”: películas cuyas realidades que les sirven de soporte se antojan demasiado apabullantes, hasta el punto de poner en tela de juicio la eficacia de cada uno de sus resultados audiovisuales. Todas las películas nos permiten puntos de comparación o, mejor, puntos de apoyo para tratar de entender la complejidad de lo que ha sucedido en Colombia y de qué manera el cine puede dialogar con procesos tan intensos como los nuestros. Si Buñuel filmó con ironía, al final de su existencia, El fantasma de la libertad (parafraseando a Marx), pareciera que el conjunto de realizadores del ciclo se concentrasen en la búsqueda del fantasma de la paz. Esa paz esquiva que, como en la comedia de Aristófanes, parece escondida por los dioses en una cueva de donde nadie puede sacarla. Cada uno de los títulos seleccionados presenta una faceta que, en el fondo, intenta sumergirse en las tinieblas del horror, para luego salir al otro lado, con las esperanzas abiertas.

*Escritor y dramaturgo.

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