Plecto, en Conquistadores. La muestra es Por aquí pasa el viento, de Luz Ángela Lizarazo. Crédito: Sergio González.
  • La sede del Proyecto NN. La exposición se llama Juegos artificiales, de Greña Cru.
  • La casa del colectivo artístico PorEstosDías.

Circuitos alternos

Cuando se habla de Medellín y de arte, se piensa en el Museo de Antioquia y en el MAMM. Pero desde hace por lo menos una década han germinado en la ciudad varios espacios independientes y colectivos que, en diálogo con distintas disciplinas, han enriquecido el mapa artístico de la capital antioqueña. ¿Cuáles son esos espacios?

2016/08/23

Por Luciano Peláez*

La tienda El Yucal, ubicada en Belén Granada (comuna 16), tiene más de 70 años y muchos clientes en su haber. Alfonso Naranjo, su propietario, habla maravillas de “esos muchachos”. Esos muchachos, los de la casa de enfrente, son el colectivo artístico PorEstosDías, que gracias a diálogos entre diferentes disciplinas, dan una pauta de lo que sucede en Medellín en el actual circuito cultural.

Se trata de un proyecto autogestionado, una idea cada vez más recurrente en el nuevo “ecosistema” de la ciudad. Todo empezó en 2012, en la sala del apartamento de un amigo, a unos pasos de allí. Entre el cineclub, exposiciones, experimentación y cenas, el espacio se fue quedando chico, y es ahí cuando los vecinos se convirtieron en una pieza clave de apropiación –palabra también de uso y aplicación frecuentes–: gracias a sus buenos oficios, y con algo de crowdfunding, se mudaron en 2015 al enorme caserón actual, el de doña Sofía, donde funcionó durante años una litografía. Ni antes ni ahora hubo algo así como una “declaración de principios”: “Salió por procesos orgánicos”, apuntan.

Con el barrio, el vínculo es sencillo: una conciencia de la presencia de cada quien, un ejercicio de reconocimiento mutuo. La inquietud por lo doméstico, sumado a la necesidad de espacios de trabajo para sus miembros, poco a poco llevó a este grupo de egresados de la Universidad Nacional a configurar lo que hoy son. “No puedo esperar a que alguien haga la exposición que a mí me gustaría ver, entonces creamos un espacio para hacerla”, es una de las razones que esgrime Sebastián Moreno, uno de los fundadores, a su vez artista. Y añade: “El arte sucede en todo tipo de espacios”.

Al igual que PorEstosDías, muchos otros grupos han ido surgiendo de manera orgánica. Según Moreno, no se embarcaron en la iniciativa a partir de una lectura de ciudad. Los mueve sí, y entre otras, el interés por hacer proyectos, y no necesariamente con una pretensión económica: “Hay otra posición frente al arte”. En ese sentido reconoce lo que “la institución” –otra de las ideas habitués– ha desencadenado con eventos que no persiguen réditos financieros. Se detiene en el encuentro MDE, plataforma del Museo de Antioquia realizada cada cuatro años y desde 2007. Es algo que “irriga sus estrategias en diferentes comunidades, no sólo la artística”. Así pues, ese tipo de apuestas, reflexiona, sí marcan una tendencia en una ciudad.

Juan Miguel Gómez, conocido como Panris, miembro de Proyecto NN, un colectivo creativo alrededor de la arquitectura, el diseño y el espacio, y cuyos integrantes son en gran medida egresados de la Universidad Pontifica Bolivariana, no cree que Medellín esté ofreciendo algo así como “una pócima mágica”. Pero sí, dice, hay una dinámica de ciudad que exige que la gente se una y plantee alternativas.

Ahora bien, no se trata de establecer, de forma maniquea, si el nuevo actor está relegando al anterior, o el alternativo a “la institución”. Conviven todos, cada uno en la medida de sus posibilidades. Además del establishment artístico, aparecen otras instancias. Son múltiples los formatos. Muchas de las iniciativas, incluso, no tienen un espacio físico, pero existen y tienen una propuesta. Se da el caso de colectivos que rentan estudios a artistas o creativos, pero no se definen como coworking spaces. Como sea, pareciera ser que lo que caracteriza la actual dinámica de ciudad son sus límites borrosos. Ser artista o gestor puede ser parte del mismo ejercicio. PorEstosDías, por ejemplo, adelanta actualmente una curaduría, una apuesta que se suele vincular con los museos. Ya muchos lo hacen, explican, pero ellos recién llegan a la pregunta por el ámbito de “curar”. “Todos estamos aprendiendo de todos”, observa Moreno.

En muchos casos, son los propios museos los que se adscriben a estos movimientos alternativos, en una suerte de matrimonio temporal, al comisionarles proyectos específicos. Así, entre todos, se expanden –otra de las palabras clave– los brazos del “sistema”. Se nutren unos de otros.

Además de las palabras clave sugeridas, se solapa otra idea: trabajo colaborativo. Proyecto NN, de hecho, surge a partir de inquietudes sobre la frontera de la autoría en los esquemas verticales. “En el espacio público no hay un autor”, dicen. Entonces nada mejor que llamarse NN –también en alusión a la serie homónima de televisión de los noventa–. Desde su misma naturaleza jurídica son un caso atípico, precisamente de límites borrosos: corporación de arquitectura, figura que la Cámara de Comercio de Medellín no había escuchado jamás. Y de manera colaborativa –de frontera difusa–, diseñaron en la Comuna 9 unas gradas que son estación de radio, que tienen cubierta para teatro.

Cualificar la experiencia urbana es su grito de batalla. Se refiere a la conciencia en el uso de lo público. A que se valoren sus huellas, su historia, sus cicatrices. Ellos y otros hablan de “fortalecer relaciones recíprocas”. Ellos y otros están tejiendo una red. En sus inicios, Proyecto NN se “tomaba” la quebrada La Presidenta, en el barrio El Poblado. Por cuenta de eso, de asados colaborativos y demás, los empezaron a llamar activistas del espacio público. A lo mejor no es el nombre con el que ellos mismos se autodefinan (dicen no tener una problemática “dura” como sí la mayoría de activistas), pero en últimas, sirvió para agrupar acciones cooperativas en relación con el espacio. “Y de repente se multiplicaba la comida”, señala Gómez. Algo así sucede en muchos de los procesos de estos nuevos actores de la ciudad cultural. De repente, se multiplican los intereses compartidos. ‘Lo doy porque quiero’, un formato de conferencias informales en el bar Calle 9 es muestra de ello.

Proyecto NN no desdice de la institución (trabajan de la mano en muchos casos). Su lucha, más bien, es por experimentar nuevas maneras de hacer. “Estamos pasando del culto al individuo (o al autor) al culto al proceso”. Y eso permite que otros se unan. Y ese, como otros frentes de lo que ocurre en la ciudad, es una causa en curso, que no se detiene, que a menudo no tiene nombre propio.

Se cruzan entonces inquietudes de unos y otros, y se van sumando, y sumando, como en un palimpsesto. “Nosotros mismos nos vamos reconociendo, y respaldando, y nos vamos haciendo preguntas todo el tiempo”, apunta Moreno de PorEstosDías. Así, a los consolidados museos de Antioquia y de Arte Moderno de Medellín, se incorporan nuevas propuestas, como la del Museo Casa de la Memoria. Isabel Dapena, su curadora, sabe que hay un reto por desinstalar el prejuicio de que la institución solo alberga “los relatos del dolor”, y que, por lo mismo, solo recoge ciertas manifestaciones. Al contrario, a partir de la MEMORIA apuntan a “relaciones con los otros; a posibilidades de construir con la ciudad”. Más voces para el relato colectivo.

*

Llámense independientes o no –así lo hace el Ministerio de Cultura: de hecho, tiene convocatorias concretas para ese tipo de espacios–, el “ecosistema” va más allá de la naturaleza o figura de su composición. (…) “Detrás de todo esto hay una cosa muy bonita y es la microescala… casi que todos estos proyectos alternativos estamos hablando de una visión pequeña; lo que uno pueda hacer con las manos”, revela Juan Miguel Gómez de NN.

Por años, se ha hablado en la ciudad de formación de públicos, muchas veces en términos estrictamente cuantitativos. Salas abiertas, visitas masivas. Sin embargo, las cifras (números de espectadores o visitantes) no son más que una capa del entramado. De cierta forma, así lo entienden en PorEstosDías: no se desvían del curso de sus ideas por dar con el molde de un público determinado. Cuando los visita gente no habitual, maravilloso, como sucede a veces por cuenta del cineclub. Lo cierto es que los museos están migrando la pregunta por la formación de públicos al trabajo con el público. El relacionamiento también discurre de otra manera en este remozado circuito.

En cierta medida, esa combinación de grandes eventos y trabajo de redes, más bien de carácter alternativo, produce un resultado favorable. “Estar al margen da un punto privilegiado”, retoma Moreno sobre muchas de las acciones de ciudad, no siempre visibles. Y es que hay una lógica cultural que se agota en el resultado, complementa. “Lo de aquí (Medellín) es más de proceso” –y otra palabra clave para el abracadabra–. No obstante lo anterior, las galerías también tienen presencia, y renovada. Incluso hay ferias comerciales, como ArtMedellín, a estrenarse en septiembre.

De las nuevas galerías en la ciudad, algunas incluso se definen como “espacios de arte contemporáneo”. Es el caso de Plecto, ubicada en el sector de Conquistadores, barrio residencial tradicionalmente ajeno a este tipo de formatos. El nombre alude a lo que se reúne, y por eso busca una “sincronía de momentos”. Liliana Hernández, su directora, se asume más como plataforma –una más para el grupo de ideas acusadas– de gestión para las artes plásticas y visuales a través de proyectos que se desarrollan en su recinto. En ese sentido, resalta la validez del cubo blanco; al fin y al cabo, los artistas le apuntan a “navegar de manera intermitente en diferentes medios”. Y hay que responder a esa necesidad. Pero no es la misma ciudad de antes, lo sabe Hernández. “No estamos en un siglo de oro, pero sí en un nuevo despertar”. Todos pueden estar cerca del arte. No obstante, cree que este nuevo ímpetu de ciudad precisa decantarse. “Lo que emerge es aquello que cambia paradigmas, pero al privilegiarlo se va desconociendo una tradición… “Cada capa de la historia es la base de toda transformación”. Ella, como otros más, hace parte del Circuito Otra Banda, iniciativa que reúne los grupos culturales de Laureles, Estadio, La América, Belén. Es decir, un grupo de grupos. Una suerte de polifonía que cobija, entre otros, a Ciudad Café, Cisc + Laboratorio de Ideas, Surco Records, El lápiz azul, o Casa Toroide.

Víctor Muñoz ha tenido la fortuna, repara, de ser actor cultural en diferentes modelos. Artista y activista, desde principios del año 2000, aún como estudiante en la universidad, pensaba en la idea de un colectivo, que nadie llamaba así a la sazón. Y también se fue dando “de manera automática”. La urgencia, como otros tantos, era hacerse a un sitio de trabajo. Después de ires y venires, su proyecto colaborativo tuvo por nombre Centro Plazarte, en el barrio Prado. Menciona como referente a Taller7, laboratorio de artistas que desde 2003 explora posibilidades por fuera del ámbito institucional formal. Siente que durante toda la primera década del siglo XXI se incubó en Medellín “una necesidad de hacer arte”. Las becas de creación impulsadas por lo público, para él, son fundamentales en este ramalazo de autogestión. Entonces se configuran así, dice, “unos espejos más allá de las galerías y los museos”.

Pero también es enfático al decir que la ciudad no estaba dormida. Pasaban cosas, solo que ahora la dinámica “está en expansión”. En esencia, cree que los artistas “han logrado detectar sus otras naturalezas como artistas”. Y da un especial crédito al MDE07: “La potencia no fueron las intervenciones de ciudad, sino el concepto de prácticas”. De ahí se desprendieron una serie de inquietudes por el hacer: el grafiti o el sonido. Resalta la idea de red, expresada como gran modelo en la Red de Escuelas de Música de la Alcaldía. O el formato de las residencias, útiles para entender “otros espacios de interacción”.

El fenómeno viene madurándose desde hace años, indica. Incluso en hitos anteriores como las Bienales de Arte de Coltejer (1968, 1970, 1972). Y gracias también a los artistas de atrás.

Y la palabra que sugiere completar la trama es territorio. La mayoría de actores hablan de ello, cada uno a su manera. Esto dice Muñoz sobre el hecho de relacionarse con el afuera, con la comunidad: “Lo que refleja es que el artista tiene una comprensión de la apropiación y la validación de su territorio como lugar donde tienen que suceder esas acciones”.

Múltiples actores, diversos lenguajes y formatos, puntos de encuentro físicos, líquidos, expandidos, tradicionales o disruptivos, en fin, una suerte de descentralización en las prácticas artísticas la que experimenta Medellín de un tiempo para acá. “El arte sigue siendo un testigo de su época”, recuerda Víctor Muñoz.

*Periodista.

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